8 santos que tuvieron depresión, pero nunca se rindieron ante ella

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Incluso los santos de la estatura moral de Madre Teresa de Calcuta, admirada por creyentes y no creyentes, dan testimonio de haber sufrido algo que suena sorprendente y tal vez chocante para quien piensa que los santos vivieron en una burbuja de perfección aparte de la cotidianidad que afecta a los seres humanos “comunes”: el concepto de “la noche oscura del alma”.

Ni la vocación a la vida religiosa libra a un cristiano de la prueba espiritual.

Está claro que no siempre esa prueba es propiamente la enfermedad física y psíquica que hoy conocemos como depresión. Sin embargo, hay santos que, por los síntomas descritos por ellos mismos o por otros biógrafos, muy probablemente enfrentaron ese cuadro que actualmente es visto como “el mal del siglo”.

 

Algunos de los santos que posiblemente padecieran depresión son:

 


  1. San Agustín/ Siglo IV.

¡Sí! Una de las más icónicas y sublimes figuras representativas de la intensidad de la conversión cristiana y del poder extraordinario de la gracia santificadora; una de las personalidades más admiradas de la historia de la civilización occidental, incluso por no católicos y hasta por no cristianos: hasta él enfrentó, muy probablemente, los altos y bajos de los neurotransmisores y la inestabilidad psíquica y física que hoy la medicina denomina depresión.

Su mamá, santa Mónica, soportó con paciencia casi increíble la imprevisibilidad del hijo brillante, pero de temperamento terrible.

 

Agustín buscaba con intensa sinceridad la verdad y el sentido de la existencia, pero, en sus andanzas sin norte y según sus propios términos, él la buscaba en la apariencia de las cosas creadas, en los deleites y placeres de los sentidos, lejos de Dios y cada vez más lejos de sí mismo.

“Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste”, declaraba en Confesiones, obra maestra de la espiritualidad no sólo cristiana, sino universal.

La terquedad de la gracia, sin embargo, fue más irreductible aún que la de él mismo y, encontrar el canal de las “indesanimables” oraciones de su madre y la admirable influencia del gran obispo san Ambrosio, llevó al rebelde y angustiado Agustín a finalmente rendirse a Dios y acoger el bautismo. Más aún: se consagró a Dios y llegó también a ser obispo.

Después de morir la mamá, sin embargo, y durante los más de cuarenta años que siguieron, su personalidad poderosa aún se manifestaría con frecuencia en la propensión a la rabia implacable y a la … depresión severa.

San Agustín se levantaba de esos abismos por medio de la oración, del sacrificio y el trabajo.

Ocuparse fue un gran remedio, tanto en las muchas responsabilidades de obispo como en las muchas horas de reflexión, estudio y oración que lo transformaron en gran defensor de la doctrina de la Iglesia.


  1. Santa Flora de Beaulieu/ Siglo XIV.

Ella tuvo una infancia normal, pero cuando sus papás empezaron a buscarle marido, lo rehusó y anun

ció que iba a dedicar la vida a Dios entrando en un convento.

Sin embargo, esa decisión, tomada en un contexto turbulento, desencadenó una fase intensa y prolongada de depresión que afectaba de tal modo su comportamiento que incluso para las otras hermanas era una prueba conv

ivir con ella.

Con la gracia de Dios, el tiempo y la ayuda de un confesor comprensivo, Flor

 

a hizo gran progreso espiritual precisamente a causa del desafío de la depresión que ella enfrentó con empeño.


  1. San Ignacio de Loyola/ Siglo XVI.

La personalidad poderosa del gran santo fundador de los padres jesuitas también era dada a sentimientos de profunda inquietud y sufrimiento.

El sentido de certeza y convicción que él demuestra en su autobiografía (escrita en tercera persona) no vinieron con facilidad.

Después de convertirse, Ignacio tuvo que luchar contra un feroz período de escrupulosidad, término que, en la ascesis cristiana, se refiere a la tentación de sentirse siempre en grave pecado por cada mínima falla personal en el cumplimiento de deberes y en la vivencia de las virtudes.

Esa prueba vino seguida de una depresión tan seria que él llegó a pensar en el suicidio. Dios lo sacó del abismo de tinieblas y sufrimiento interior inspirándolo a realizar grandes cosas en la vida en nombre de Cristo y su Iglesia.

El propio Ignacio define como “desolación” la experiencia que enfrentó en sus ejercicios espirituales: un estado de gran inquietud, irritabilidad, desconsuelo, inseguridad respecto a sí mismo y a sus decisiones, dudas atemorizantes, gran dificultad de perseverar en las buenas intenciones…

De acuerdo con Ignacio, Dios no causa desolación, sino que la permite para “sacudirnos” como pecadores y llamarnos a la conversión.

Consejos

A partir de su experiencia, san Ignacio da consejos para reaccionar a la desolación: no desistir ni alterar una buena resolución anterior; intensificar la conversación con Dios, que dará el alivio en el momento oportuno.

Él descubrió, en resumen, que la depresión puede ser un gran desafío espiritual y una excelente oportunidad de crecimiento.

Estos consejos siguen perfectamente válidos, pero hoy, es de importancia crucial añadir un consejo más: buscar ayuda médica adecuada.

Los avances de la medicina dejan claro que, en la mayoría de los cuadros verdaderamente depresivos, la medicación psiquiátrica es indispensable para volver a equilibrar los neurotransmisores, pues se trata de una enfermedad propiamente dicha y no sólo de una “fase de tristeza”.


  1. Juana Francisca Frémyot de Chantal/ Siglo XVI.

Durante ocho años, ella vivió feliz su matrimonio con el barón de Chantal. Pero, cuando el marido murió, su suegro, vanidoso y obstinado, forzó a Juana y a sus tres hijos a ir a vivir con él, provocando una rutina de continuos sinsabores, duras pruebas de paciencia y… depresión.

En lugar de anclarse en el victimismo, como desgraciadamente es común desde siempre hasta hoy, santa Juana escogió mantener la alegría y responder a las crueldades del suegro con caridad y comprensión.

Incluso después de establecer una cordial y santa amistad con el gran obispo san Francisco de Sales y trabajar con él en la creación de una orden religiosa para mujeres de más edad, Juana seguía viviendo momentos de gran sufrimiento e injusto juicio – y seguía, también, respondiendo con alegría, trabajo esforzado y espíritu orientado a Dios.

A ese propósito, san Francisco de Sales tiene un consejo revelador para quien sufre esa prueba:

“Refrésquese con música espiritual, que muchas veces ha provocado al demonio a cesar sus artimañas, como en el caso de Saul, cuyo espíritu maligno se apartó de él cuando David tocó su arpa delante del rey. También es útil trabajar activamente, y con toda la variedad posible, para desviar la mente de la causa de su tristeza”.


5 – San Noel Chabanel/ Siglo XVII.

Sacerdote jesuita, mártir norteamericano, trabajó entre los indios hurón con san Charles Garnier. Los misioneros, en general, desarrollaron gran empatía por aquellos a quienes evangelizaban; sin embargo, no fue el caso del cura Noel: él sentía repugnancia por los indios y por sus costumbres, además de inmensa dificultad para aprender su lengua, completamente diferente a la de cualquier idioma europeo, sin hablar de los brutales desafíos que la vida en un ambiente casi salvaje comportaban.

Todo ese conjunto de pruebas generó en él un sentimiento duradero de ahogo espiritual. ¿Cómo respondió? Haciendo un voto solemne de jamás desistir ni abandonar su misión. Y ese voto lo mantuvo hasta el día de su martirio.


  1. Santa Isabel Ana Bayley/ Siglo XVIII.

La primera santa nacida en suelo estadounidense sufría con la continua sensación de soledad y melancolía, tan profunda que pensó varias veces en matarse.

Ella tuvo muchos problemas en su vida, especialmente relacionados con su familia. La lectura, la música y el mar la ayudaron a ser más alegre. Cuando se convirtió, la Eucaristía y la caridad comenzaron a ser su gran fuerza diaria.


  1. San Juan María Vianney/ Siglo XIX.

Conocido como el Cura de Ars, él es uno de los sacerdotes más queridos de la historia de la Iglesia, modelo de párroco devoto y de pastor que superó las muchas y graves limitaciones intelectuales propias para guiar a las almas con maestría por el camino de la vida de gracia.

A pesar de todo el bien que hacía, él no lograba mirar su propia relevancia frente a Dios y convivía persistentemente con un fuerte complejo de inutilidad personal, síntoma de la depresión que lo acompañó durante toda la vida.

En los momentos más difíciles, él recurría al Señor y, a pesar del sufrimiento, renovaba la determinación de perseverar en su trabajo con confianza, fe y amor a Dios y al prójimo.


  1. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)/ Siglo XX.

La santa carmelita descalza que había nacido judía y crecido atea sufrió con la depresión durante un largo periodo. Llegó a escribir:

“Me encontré gradualmente en profunda desesperación… No podía atravesar la calle sin querer que un carro me atropellara y no saliera viva de ahí”.

Desde antes de convertirse, principalmente en las muchas ocasiones en que fue despreciada y humillada por ser mujer y de origen judío, Edith sufrió intensamente la depresión.

Intelectual, filósofa, discípula y hasta asistente de Edmund Husserl, el fundador de la fenomenología, ella finalmente encontró en Dios la Verdad que tanto buscaba, a partir de la lectura de la obra de santa Teresa de Jesús.

Abrazó entonces la gracia con tanta sed que de ella sacaba las fuerzas para lidiar no sólo con sus dolorosos sufrimientos interiores, sino también con las tinieblas mortíferas del nazismo.

Edith Stein, que adoptó en el convento carmelita el nombre religioso de Teresa Benedicta de la Cruz tras convertirse y consagrarse a Dios radicalmente, fue capaz de perseverar hasta el martirio, manteniendo la lucidez, la fe, la esperanza y el amor incluso en la prisión y en la ejecución a la que fue sometida cobardemente en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

¿Ese final de vida terrena parece particularmente deprimente? Pues lo es realmente. Sin embargo, como todo en esta vida hay otro lado, ella enfrentó ese escenario extremo con la serenidad y la paz de espíritu de quien aprendió a lidiar con los altos y bajos de la depresión, mirando más allá de lo inmediato y abrazando una vida que no acaba porque es eterna – y que es capaz de brillar hasta en las tinieblas más densas de la muerte en un campo de concentración.

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