A nadie tengas envidia

La envidia dentro de nuestras comunidades parroquiales es uno de los obstáculos más serios que impiden a los nuevos conversos integrarse en el servicio de la comunidad.

Un día un joven salido de la cárcel daba su testimonio de conversión a un grupo de personas en una parroquia; lo hizo con mucha convicción y con mucha humildad. Al final, una señora se acercó al párroco y le dijo: “¿Cómo es que ahora un delincuente viene a darnos lecciones a nosotros?” El sacerdote, recordando la parábola del publicano y el fariseo, le contestó: “Señora, usted olvida que en el cielo hay fiesta por un pecador que se arrepiente; usted olvida de que aquellos que están en la Iglesia tienen el deber de buscar y de acoger a aquellos que desean entrar movidos por la gracia de Dios”.

 

Lo mismo suele ocurrir cuando una mujer tocada por el amor divino, pero que ha sido madre en su soltería o divorciada, y que ahora quiere integrarse a algún ministerio parroquial, recibe los dardos venenosos de la crítica de sus compañeros de grupo. O bien aquellas personas que llevan años y años anquilosadas en grupos y movimientos, y que no permiten que nuevos miembros introduzcan la frescura de nuevas ideas porque ‘no saben hacer las cosas’; personas de la vieja guardia de la parroquia que se sienten los custodios de la tradición y la costumbre, y disparan saetas incendiarias contra el nuevo párroco que se atreve a mover algunas piezas de la organización parroquial. Tristes personas son estas, que ni entran al reino de Dios y que impiden el acceso a otros. Creen que las parroquias son museos de santos cuando, en realidad, deben de ser gimnasios de pecadores que luchan por su santidad.

 

Los sacerdotes también solemos enfermar del gusano de la envidia, sobre todo con nuestros mismos hermanos en el sacerdocio. Se manifiesta, sobre todo, cuando hay cambios de párroco. Llega el nuevo sacerdote y la comunidad lo recibe con entusiasmo y alegría. Y aquel que se fue de la parroquia vive muy pendiente de lo que sucede en su antigua comunidad. Que si el nuevo párroco hizo, deshizo, cambió o no cambió las cosas… sus ojos están muy fijos en él. Esto se agrava cuando personas de la comunidad, con grado de maestría y doctorado en ‘chismeología’, se encargan de llevarle las últimas noticias de su sucesor, calentándole la cabeza y dejándolo hecho un manojo de preocupaciones. ¡Oh cuánto daño espiritual hacen a los sacerdotes y a las parroquias estos emisarios pregoneros del desastre!

 

Nuestras envidias pueden extenderse más allá de las fronteras de la Iglesia. Muchas religiones hacen el bien. Grupos cristianos no católicos tienen grandes obras de caridad, y aunque la Iglesia Católica despliega, ciertamente, enormes obras de misericordia por todo el mundo, podemos ser tentados a mantenernos en el orgullo de nuestras seguridades, envidiosos y despectivos con aquellos que no piensan como nosotros. El apóstol san Juan vio a un hombre que no pertenecía al grupo de los discípulos de Jesús, que oraba en el nombre de Jesús y que hacía milagros. Juan se escandalizó de este hecho y fue a presentar su queja con Jesús. Bella respuesta le dio el Señor: “No, Juan, no te escandalices. Haz de saber que Dios ama a cada persona, y si tu amas a Dios, debes tener un gran corazón como el suyo”.

 

A quienes tenemos la costumbre de juzgar las obras humanitarias y la filantropía como sólo laicas y, por lo tanto, inútiles para la salvación, Dios nos dice que bajemos de nuestra arrogancia. Más que juzgar a estas obras hechas por personas no creyentes, aprendamos a descubrir en ellas al Dios invisible que se vale también de los incrédulos, para hacerse presente en el mundo. Y alegrémonos por ello. En la cultura secular existen muchas personas buenas de corazón, generosas y dispuestas a la caridad que no frecuentan la Iglesia. ¿No será que somos nosotros quienes no les hablamos de Jesucristo? ¿O será que ellos no frecuentan la Iglesia porque les hemos dado un mal ejemplo que los llevó a vivir en la lejanía de la fe?

 

Que nuestras parroquias sean verdaderos gimnasios de caridad y de humildad, donde se viva la vida cristiana y donde no permitamos que el cáncer del chisme, del cotilleo y la crítica carcoman la obra de Dios.

 

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