Mons. J. Guadalupe Torres Campos/ Obispo de Ciudad Juárez

Les saludo con afecto y amor de padre y pastor, siempre buscando comunicarme con ustedes a través de esta pequeña reflexión de cada domingo.

Hoy es cuarto domingo de Adviento, pero también esta noche estaremos prácticamente ya en Nochebuena, ya es Navidad. Esta noche y mañana 25, Navidad, haremos una reflexión que abarque estos dos momentos litúrgicos.

En cuanto al cuarto domingo de Adviento quiero comentar solamente el Santo Evangelio de san Lucas: la anunciación. En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David llamado José. La virgen se llamaba María.

 

Un anuncio a María

Gabriel, el arcángel fue enviado por Dios para darle el anuncio a María: ‘¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!”. ¡qué hermoso saludo le da el ángel a María!, la alegría, el gozo, que es para nosotros también, es para ti y para mí, es para todos los hombres de buena voluntad. ¡Alégrate en María, la llena de gracia e inmaculada, la plena, la sin pecado, la elegida por Dios.

Dios está contigo, le dice el ángel y obviamente también le dice ‘no temas María’ pues jovencita María tenía un cierto temor, pero el ángel la tranquiliza, le dice no temas porque has hallado gracia ante Dios.

Y la gran noticia: ‘vas a concebir y a dar a luz un hijo le pondrás por nombre Jesús, salvador. Es el anuncio de la concepción: serás madre, concebirás un hijo, Jesús, Él será grande, será llamado hijo del Altísimo.

María todavía pregunta ¿cómo va a ser esto posible? yo permanezco virgen…el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, el poder del Espíritu Santo. Por eso María es llamada esposa del Espíritu Santo, hija predilecta del Padre, madre del Hijo de Dios y esposa del Espíritu Santo.

María responde ante el llamado y la noticia “sí”. El sí de María fue “hágase, yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mi lo que me has dicho”.

 

Corazón abierto

Hermanos, quiero invitarlos en este cuarto domingo de Adviento a estar abiertos con el corazón, la mente, el alma, todo nuestro ser, a la llegada inminente del Señor. Ya está aquí, ya va a nacer. Y también alegrémonos. Que deveras nos alegremos en el Señor.

Si el domingo pasado ya hablábamos del gaudette, de la alegría, hoy con mayor razón ¡alégrate, ya va a nacer, ya está aquí el Señor’.

María, nuestra madre ha dicho que sí. Aprendamos a decir sí a Dios, recibir a Jesús como lo recibió María y pide recibirlo en la oración, en los sacramentos, en la Comunión, pero también recibe a Jesús en tu esposo, en tu esposa, en tus hijos, en tus papás, en tus hermanos, en el pobre, en el triste, en el necesitado. Recibe a Jesús con amor en tu hermano, en tu prójimo, en aquel que espera de ti un abrazo, un alivio, una ayuda, una solidaridad fraterna.

 

Bien preparados

Vivamos estas últimas horas de domingo preparándonos con gran espiritualidad, con oración y esta noche la misa los que puedan asistir a la misa de la vigilia de Navidad y mañana 25 de diciembre, el nacimiento de nuestro Salvador.

Y por eso también mi reflexión es estar muy en familia. Esta noche se enciende la vela blanca del centro de la corona de Advienbto porque ha nacido el Salvador, el Emanuel, el Dios con nosotros, el Dios de la alegría, de la felicidad.

Es importante escuchar aquella narración de san Juan que escuchamos en el evangelio de la misa de noche, donde nace Jesús en Belén, acompañado siempre de María y José y los pastores que le adoran, que le llevan de comer y de vestir, el misterio y las voces de los ángeles, la multitud de los ejércitos celestiales cantando, diciendo ‘gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad’. Es la alegría de la Navidad, una noche de paz donde en todo el mundo se cantan villancicos, cánticos de Navidad y donde todo mundo hace tregua en cualquier sentido, para que haya paz que y unidad en la humanidad.

Pero el compromiso no es nada mas una tregua de unos segundos, minutos, horas o de una noche. El Príncipe de la Paz que nos nace, debe ser permanente, toda la vida, algo constante entre nosotros.

 

¡Feliz Navidad!

Queridos hermanos: todo este tiempo de Adviento que hemos vivido nos han preparado el espíritu, nuestro corazón y nuestra persona para celebrar la Navidad. Hay que encarnar la Navidad, hacerla viva entre nosotros, no nada más de adorno o celebración externa. Que sea una noche cálida, una noche de fe y amor misericordioso de Dios, una noche de esperanza activa que nos lleve a ser mejores, a transmitir paz y a comunicar alegría en el amor fraterno a todos y cada uno de nuestros hermanos.

Aprovecho para mandarles un abrazo muy cálido con todo mi amor de padre y pastor a mi amada Diócesis de Ciudad Juárez. Les deseo una hermosa Navidad llena de amor, paz y alegría. Reciban a Cristo en su corazón, en su vida, en su familia, en su parroquia, en toda la diócesis. Y como siempre me despido dándoles la bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca en ustedes. ¡Feliz Navidad!