Mons. J. Guadalupe Torres Campos

Muy buen domingo tengan todos ustedes. Les saludo con grande amor de padre y pastor, les bendigo y agradezco su atención a estas líneas de reflexión que cada domingo les hago llegar para que nos ayuden a crecer en esta fe, en nuestro caminar cristiano.

Este domingo 20 del tiempo ordinario las lecturas nos invitan a admirar la universalidad de la obra salvadora de Dios en Cristo. Es decir, Cristo Dios nos salva, no sólo a un grupito, no sólo a unas personas, sino a todos los hombres.

Ciertamente elige un pueblo, el pueblo de Israel, un pueblo predilecto del cual nace Jesús, pero de este pueblo la salvación se abre a todos los hombres. Cristo nos salva a todos, por eso empieza este texto de san Mateo diciendo que Cristo se retira a las regiones de Tiro y Sidón, tierra de paganos.

Jesús también va con los paganos, con los alejados a llevarles la Buena Nueva, a que sientan su presencia, su cercanía y a manifestarles de alguna manera el amor de Dios, que Dios está presente para salvarnos. Va a aquella región y hay un encuentro. Siempre hablamos de encuentros. Jesús se encuentra con la samaritana, con los niños, con mucha gente.

 

Un encuentro especial

En este texto hay un encuentro: Jesús con una mujer cananea, que no es del pueblo de Israel y con eso Jesús nos enseña que se encuentra con todos, sale al encuentro de todos. En ese sentido la primera aplicación que quiero que reflexionemos es: “Dios se encuentra conmigo”, Dios sale a mi encuentro, Dios viene a mí, no importa la condición social, edad… no. Él me ve, me habla, sale a mi encuentro, me manifiesta su amor.

Claro, el texto es duro en un primer momento, dado que la mujer seguramente habiendo escuchado que Jesús era un hombre poderoso, con autoridad, y que hacía milagros, que tenía un poder, le hace una súplica: “Jesús, hijo de David, Señor, ten compasión de mi hija, está endemoniada”.

Qué extraño que una cananea se refiera con Jesús, se atreva a interrogarlo, pero es el clamor. Esta mujer representa el clamor de la humanidad que sufre, que siente necesidad de recurrir a Dios, que se atreve a pedirle a Jesús compasión, no por ella, sobre todo por su hija que está endemoniada, tiene un mal.

Todos tenemos necesidades, todos sufrimos, todos pecamos, todos tenemos necesidad de compasión, de misericordia, de ayuda, de solidaridad, de perdón. Y qué mejor ejemplo de esta mujer que nos invita a tener el atrevimiento, diría así, la confianza de dirigirnos a Cristo: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.

 

Atreverse a pedir

¡Atrévete a dirigirte a Jesús!,  a pedirle lo que quieras, tus necesidades, tus enfermedades, tus dolencias, tus dudas, tus males, tus pecados. En Él encontrarás compasión. Decía que el texto es duro, porque al principio como que hay un cierto desprecio, cierta indiferencia de Jesús hacia aquella mujer, pues dice ‘como tú eres extranjera, yo he venido para los hijos del pueblo de David’. Pero la mujer insiste, persevera en su petición, no se desanima.

A veces nosotros nos desanimamos: ‘Dios no me escucha, no me hace caso’, etcétera. ¡No!, tú persevera, sigue orando, sigue insistiendo como esta mujer cananea , pues su petición finalmente es escuchada. Al final Jesús le dice: ‘mujer, qué grande es tu fe’, es lo único que nos pide Dios, es la condición que nos pone cuando nos acercamos a Él, que tengamos fe. Creer en Dios, en Jesús , en su poder, El es el que me puede sanar a mí, a mi hijo, a mi madre, a mi hermano. ¡Creo!… y hay que trabajar mucho en la fe, pedir a Dios el don de la fe para que cuando nos dirijamos  a Cristo lo hagamos con una profunda confianza, porque Jesús viene para todos.

 

Ejemplo de san Pablo

Y en ese sentido san Pablo es ejemplo. Sabemos los dos grandes apóstoles pilares de la Iglesia: a Pedro lo pone al frente de la Iglesia como su sucesor, y se dedica él más de lleno al pueblo de Israel, a los cristianos. En cambio Pablo, que se convierte, va y entiende que su misión va dirigida hacia los gentiles, hacia los paganos. Por eso en este trozo de la Carta a los Romanos nos dice Pablo que los dones y la llamada de Dios son irreversibles. Él nos da en abundancia a todos, porque nos ama, somos sus hijos y no se arrepiente de darnos su amor y misericordia. Y Pablo, como apóstol, va y lleva el Evangelio sobre todo entre los paganos, y de esta manera se nos dice en la primera lectura de Isaías, que todos estamos llamados a guardar y practicar el derecho y la justicia, y dice, incluso los extranjeros que se han acercado a Dios. Lo único que Dios pide es perseverar en la alianza con Dios.

Así, queridos hermanos, ante la Palabra de Dios que hoy nos invita a abrirnos todos a la obra salvadora de Cristo, murió por mí, por todos sin excepción, que respondamos con la vida, con la fe, guardando y cumpliendo el derecho y la justicia con la frase del salmo responsorial de este domingo: “Oh Dios, que te alaben todos los pueblos” …es una misión de la Iglesia, así nos lo dijo Cristo antes de ascender: Vayan, prediquen el evangelio a toda creatura y bauticen a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Invitación

Por eso hoy, en este domingo, se nos invita a darle gracias a Dios, al hijo de David, porque tu salvación es para todos, tu amor es para todos y todos estamos llamados a experimentar y vivir ese momento salvífico de conocerte, de amarte y de seguirte con esa confianza que nos da esta mujer cananea del evangelio.

Que nos atrevamos a dirigirnos en ese encuentro amoroso con Cristo también para pedirle nosotros ‘Señor ten compasión de mí, manifiéstame tu amor, tu cercanía’ para que abiertos a esa presencia amorosa de Cristo, luego lo anunciemos, demos testimonio de Él con las obras, con el anuncio, con la Palabra, con el amor a Dios mismo, a Cristo Señor y a cada uno de nuestros hermanos.