Bienaventurados los insignificantes

Clara M. de Montes

“En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños.  un ángel del señor se les apareció y la gloria de dios los envolvió con su luz.” Lc.2, 8

La firma con la que Dios marca sus obras mas excelsas y extraordinarias, es con la envoltura de la pequeñez, la humildad y la sencillez… y he aquí que la llegada al mundo de nuestro Salvador y redentor tiene esa asombrosa característica:

“A Dios le gusta lo insignificante”

Insignificantes para el mundo eran los pastores,  insignificantes para el mundo y los habitantes de Belén eran San José y la Santísima Virgen María. Insignificantes para el mundo y para nosotros la inmensa  cantidad de santos hombres y mujeres de Dios que pasan desapercibidos para los que creen que valen y que son admirados,  estimados, halagados   entre los poderosos.

La “insignificancia” es el sello de Dios, si queremos disfrutar a plenitud de la presencia del pequeño Jesús recién nacido, pidamos la gracia de amar, desear, aceptar, nuestra insignificancia, requisito indispensable para que el pequeño Jesús, habite y crezca en nuestro corazón.

“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en su presencia, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”( lc.1,48 ) Solo en María Santísima encontró el Dios el cielo sobre la tierra.

¿Por qué escogió a una niña de 15 años, desconocida, ignorada, sin títulos, riquezas y poder en lugar de una reina rodeada de comodidades, lujos y cuidados?

¿Por qué quiso nacer en un pesebre y no en un castillo rodeado de guardias y servidores? ¿Por qué escogió como padre nutricio a un sencillo carpintero, poca cosa e insignificante ante los ricos y poderosos?

¿Por qué se manifestó a los pastores, aquellos que dormían en el campo, pobres, incapaces de ofrecerle regalos dignos de un rey?

¡¡¡Alabado seas Padre….porque has revelado estas cosas a los pequeños y a los sencillos!!! ¡porque así te ha parecido bien, Padre! (Mt.11 25-26)

Concédeme Señor esta Navidad, el don de la pequeñez, de la simplicidad, de la insignificancia, de la confianza  de los niños y de los humildes, que todo lo esperan de tí Padre Eterno.

Que el pequeño Jesús que nace, encuentre en mi corazón el calor, la ternura, la dulzura, la mirada materna de María Santísima, a quien de manera especial me consagro en esta Navidad y por medio de su Inmaculado Corazón me consagro a tu sacratísimo corazón, ¡oh Jesucristo, tú, único Dios verdadero, el Emmanuel, Dios con nosotros!

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, que la ternura del pequeño Jesús les colme de bendiciones, de  paz, de alegría, y que  esta gracia perdure en sus corazones por toda la eternidad.

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