“Dios no se complace en la muerte del pecador, sino en su conversión” Ezequiel 33,11.

 

Agencias/ Pbro. Víctor Fernández, párroco de Santa Rosa de Lima

El papa Francisco tomó hace unas semanas una decisión inédita en la historia de la Iglesia católica. El pontífice catalogó el castigo de la pena de muerte como inaceptable, bajo cualquier circunstancia.

En declaraciones a la prensa luego del anuncio (el pasado 2 de agosto), el Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, indicó que “la pregunta clave aquí es la dignidad humana”.

Señaló que lo que el Papa está diciendo es que sin importar la gravedad del delito, la persona no pierde su dignidad humana. Además, “la Iglesia siempre enseña acerca de la redención y algunas esperanzas de redención”.

En ese sentido, el vocero vaticano dijo que este “es un mensaje para todos los católicos”. “Volvamos a lo que significa respetar la vida en todo momento y en todos los casos”, señaló.

Asimismo, recordó que ya San Juan Pablo II pedía la abolición de la pena de muerte. Entonces, indicó, lo que sucede es que esta abolición “se está convirtiendo en oficial” luego de “un desarrollo en la enseñanza (de la Iglesia) a lo largo de más de veinte años”.

Por su parte el vaticanista brasileño Filipe Domingues explicó que “A partir de ahora, quien esté a favor de la pena de muerte está claramente en contra de lo que la Iglesia enseña”,

Sacerdote experto explica

Ante la noticia, el padre Víctor Fernández, licenciado en bioética expuso:

El papa Francisco aprobó la modificación del Catecismo para declarar “inadmisible” la pena de muerte y mostró  el compromiso de la Iglesia en animar a su abolición en todo el mundo.

Hasta 1992, la doctrina católica no excluía la pena de muerte en casos extremos. En la modificación se señala que “durante mucho tiempo fue considerado el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, como una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y una media admisible, aunque extrema, para la tutela del bien común”.

El nuevo texto, siguiendo los pasos de la enseñanza de Juan Pablo II en Evangelium vitae, afirma que la supresión de la vida de un criminal como castigo por un delito es inadmisible porque atenta contra la dignidad de la persona, dignidad que no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves.

A esta conclusión se llega también teniendo en cuenta la nueva comprensión de las sanciones penales aplicadas por el Estado moderno, que deben estar orientadas ante todo a la rehabilitación y la reinserción social del criminal.

Finalmente, dado que la sociedad actual tiene sistemas de detención más eficaces, la pena de muerte es innecesaria para la protección de la vida de personas inocentes. Ciertamente, queda en pie el deber de la autoridad pública de defender la vida de los ciudadanos, como ha sido siempre enseñado por el Magisterio y como lo confirma el Catecismo de la Iglesia Católica en los números 2265 y 2266.

Con este cambio que el Papa Francisco hace en el Catecismo, una vez mas se pone de manifiesto que nuestro querido Papa esta a favor de la vida, cree firmemente en la misericordia de Dios y en la redención del ser humano.

Hasta el peor de los criminales esta llamado a enmendar su vida y dejarse tocar y transformar por la misericordia de Dios.

 

El cambio al Catecismo

 

Redacción anterior

2267 La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo «suceden muy […] rara vez […], si es que ya en realidad se dan algunos» (EV 56)

 

Nueva redacción

  1. Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común.

Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.

Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona», y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo.