Mons. J. Guadalupe Torres Campos/ Obispo de Ciudad Juárez

Queridos hermanos, feliz domingo. Los saludo con gran afecto en este domingo, luego de vivir varios eventos importantes. La verdad que nuestra diócesis es hermosa porque hay mucha actividad, mucho entusiasmo, muchos congresos, muchos encuentros, mucha actividad pastoral con los jóvenes, con liturgia, exposiciones en todos lados. Los felicito con mucha alegría, sigamos así, con mucho empeño, con esa dedicación.

En este domingo 32 del tiempo ordinario, 12 de noviembre, ya entramos más de lleno a lo que hace 8 días les anunciaba. A partir de hoy la Palabra de Dios nos cuestiona sobre el fin, no el fin del mundo, sino el fin del Año  Litúrgico con esa parábola que hoy nos propone el evangelio de san Mateo: el Reino de los Cielos es semejante a aquellas 10 vírgenes que toman sus lámparas saliendo al encuentro del esposo. Son por una parte las vírgenes, las jóvenes, y por otra parte, la lámpara con su aceite, y el otro momento importante es el encuentro del esposo.

Todos somos como aquellas jóvenes, todos tenemos nuestra lámpara. Se nos dio a ti y a mí el día que fuimos bautizados, se nos dio una lámpara, una vela encendida y todos estamos llamados a ir al encuentro de Cristo. Cristo es el esposo.

Nos dice la parábola que cinco eran previsoras y cinco eran descuidadas. Aquí me pregunto y te invito a preguntarte en este momento ¿cómo andas? Ya al fin del Año Litúrgico ¿cómo está tu lámpara encendida? ¿eres como aquellas jóvenes previsoras con su lámpara encendida y sobre todo con su frasco de aceite junto con su lámpara para alimentarla y que nunca se apague? Ese es el ideal, así debe ser la vida del cristiano, porque el Señor viene, el esposo viene, siempre viene y ¿cómo me va a encontrar sin aceites, con mi lámpara apagada? como las otras cinco jóvenes que llevaban su lámpara, como todo mundo lleva su lámpara, pero poquito aceite. Se les acabó el aceite y no pudieron, cuando llego el esposo, cuando llego Cristo, no pudieron reponer el aceite y la llegada del esposo las sorprendió de manera negativa.

 

Una reflexión personal

¿Cómo estoy? ¿cómo estamos?  ¿cómo esta nuestra vida de fe? ¿estamos preparados? ¿estamos preparados con nuestra lámpara encendida? es decir en la oración, en la caridad, con la gracia de Dios, con la gracia santificante, con buenas obras, con una actitud positiva, unidos a nuestros hermanos, familia, iglesia, trabajando por el reino de Dios. Eso significa ser como aquellas jóvenes con la lámpara encendida, esa lámpara que se te dio el día que fuiste bautizado.

Papás, entreguen esta lámpara, reciban la luz de Cristo, la luz que nos guía cuando nos descuidamos, cuando somos como aquellas jóvenes descuidadas a las que el aceite se les acaba y la lámpara se apaga… y ¿por qué se apaga? por el egoísmo, por la flojera, por la desidia, por la apatía, por la indiferencia, por el pecado que sofoca, que apaga y no alimento la lámpara con el aceite, con la oración. Descuido mi oración, descuido mi confesión frecuente, descuido la Eucaristía, o sí voy, pero no la vivo y descuido la caridad fraterna. Ese es el aceite a través del cual podemos alimentar nuestra lámpara: oración, haz mucha oración, sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía, la caridad. Haz buenas obras. El amor al prójimo, como se los decía hace dos domingos.

Esas jóvenes que estaban esperando oyen el grito a medianoche  ¡ya viene el esposo! ¡salgan a su encuentro! Hoy se nos anuncia para el fin de mes que va a venir, ya viene el esposo, salgan a su encuentro.

 

Estar preparados

Hermanos, yo también les digo con Cristo en el evangelio: ¡ya viene el esposo! ¡ya viene Cristo! salgamos al encuentro del Señor, levantémonos, encendamos, mantengamos encendidas nuestras lámparas, tengamos el aceite suficiente de la gracia para alimentarlo, seamos de Cristo totalmente.

Esto requiere sabiduría, por eso la primera lectura es del libro de la sabiduría, radiante e incorruptible es la sabiduría. Con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan, así de que busca la sabiduría, pide sabiduría, pide el don de la sabiduría y cuando Dios te dé este don incorruptible de la sabiduría, que es el mismo amor de Dios, la misma gracia de Dios, el Espíritu Santo ilumine tu vida, tus palabras, tus pensamientos, y se traduzca esa presencia de Dios en amor, en caridad.

Que esa luz de la gracia resplandezca en tu corazón, resplandezca en tu vida a través de las buenas obras.

Queridos hermanos, seguimos pidiendo estos últimos días para concluir nuestro Año Litúrgico y  empecemos a echar una mirada hacia atrás ¿cómo hemos vivido este año litúrgico? ¿cómo hemos superado nuestros errores debilidades? ¿cómo hemos crecido? ¿nos hemos convertido? ¿ hemos crecido en gracia, en amor, en buenas obras? Y también, si fuera el caso, reconocer que a lo mejor no he dado todo, que a lo mejor he fallado, que he sido en ocasiones descuidado, me he enfriado en la fe y que necesito reforzar mi fe, necesito retroalimentar mi fe: Eso viene de Dios solamente. Acerquémonos a Dios, acércate a Dios, pide perdón, recibe su gracia, recibe su sabiduría, su espíritu y comprométete a llenar la vasija de aceite para que tengas el suficiente aceite para seguir alimentando la lámpara de la fe, la lámpara de la gracia del amor de Dios en tu vida. El Señor los bendiga, los cuide y los proteja siempre. La bendición de Dios Padre Todopoderoso, Padre Hijo y Espíritu Santo. Amén