Consumo, medio ambiente y pobreza.

Ing. Oscar F. Ibañez

Recientemente se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente con el lema: “Siete millones de sueños. Un solo planeta. Consume con moderación.” El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) responsable de promover la celebración en todo el mundo, propuso profundizar sobre los temas de agua, energía y alimentos, para realizar acciones concretas que beneficien a todos y protejan el planeta a través de un consumo responsable.

La próxima semana el Papa Francisco publicará su muy esperada encíclica sobre el medio ambiente, y seguramente abordará el consumo, como uno de los temas centrales a considerar en un contexto con más de mil millones de personas en el mundo que no tienen acceso al agua potable y padecen hambre, mientras que casi otros mil millones sufren desnutrición.

Muchos pensadores coinciden en que la época actual nos plantea retos de indiferencia y alienación que hacen cada vez más difícil conectar actos personales con efectos globales, uno de ellos es Zygmunt Bauman quien escribió:

“Las responsabilidades que estamos dispuestos a asumir no van tan lejos como la influencia que nuestro comportamiento cotidiano ejerce sobre las vidas de personas cada vez más distantes de nosotros”

¿Será posible que nuestras pequeñas acciones puedan tener efectos globales? Los esfuerzos ascéticos que de suyo tienen efectos personales ¿Pueden tener también efectos concretos que beneficien a otras personas? La realidad es que algunos de esos miles de millones de seres humanos que padecen falta de agua potable y alimentos o desnutrición, viven en nuestras comunidades.

En materia de agua, los ciudadanos podemos ayudar cuidando la que recibimos. Quizá consumiendo lo mismo pero evitando fugas y desperdicios, podemos hacer que quienes tienen poca presión en la tubería o a quienes hoy solo les llega en pipa, puedan tener agua  siempre; también se puede ayudar pagando lo que corresponde por el líquido, ya que aún existen personas que pudiendo pagar no lo hacen.

En el caso de la energía, se puede ahorrar gas y electricidad a través de aislar del frio y el calor a las viviendas, o reducir consumos en casa con pequeñas acciones, como prender el calentador de agua sólo a la hora de bañarse, o apagar interruptores que no están en uso; utilizar el transporte público para reducir consumo de combustible y caminar o utilizar bicicleta cuando sea posible.

En algunas ciudades los alimentos que van a desperdiciarse en las centrales de abastos o bodegas, se utilizan para hacer despensas que se entregan a personas pobres. El problema no es de disponibilidad sino de distribución de alimentos, algo que se puede resolver con voluntad y organización ciudadana en cada ciudad.

Mi experiencia es que siempre hay maneras de ayudar al medio ambiente y a los demás con pequeños gestos; no importa lo lejos que los percibamos de nuestro entorno. Podemos realizar acciones sencillas que cambiarán la realidad de millones de personas, que dependen involuntariamente de nuestros hábitos de desperdicio  o de nuestros hábitos de consumo responsable.

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