Mons. J. Guadalupe Torres Campos/ Obispo de Ciudad Juárez

Les saludo con mucho cariño. Son días hermosos los que hemos vivido. Hemos sido bendecidos por Dios con tantos regalos: los diáconos nuevos, los consagrados en su día este pasado 2 de febrero y estamos próximos a celebrar la Jornada Mundial del Enfermo que se celebrará Dios mediante, este 11 de febrero.

Todos hemos sufrido la enfermedad, todos tenemos un enfermo en casa. Hay muchos enfermos en los hospitales, existe la realidad de la enfermedad y ante este fenómeno, Cristo aparece como el que viene a sanarnos, el que viene a darnos plena salud, a rescatarnos de la enfermedad siempre.

Cuando Jesús salía a las plazas, a las montañas, al desierto, en todas partes, nos narran los evangelios que acudían a él muchos enfermos, muchos por su propio pie, otros los llevaban, otros simplemente estaban en el camino y Jesús llegaba.

Muchos enfermos, muchos enfermos y Jesús se muestra con ellos con mucho amor, con mucha compasión. Un Jesús médico, un Jesús salvador. Hablamos de la realidad de la enfermedad física, tantas enfermedades que hay, enfermedades también de carácter moral, espiritual, mental, de carácter afectivo, es decir, enfermedades de cuerpo y alma, y Jesús médico viene a nuestro encuentro.

Por eso, queridos hermanos, al celebrar esta Jornada Mundial de Oración por los Enfermos, en primer lugar contemplemos a Jesús. En Él encontramos una palabra, un gesto, una mano que nos aliente, que nos sane; por eso acudamos a él. Claro, hay que acudir a médicos especialistas, pero siempre de la mano de Dios, siempre poniendo nuestra confianza en Dios.

 

Crecer en la fe

Esta es una Jornada para pedirle a Dios el don de la fe: ‘yo estoy enfermo, necesito de Dios y con fe me presento a Él’ “Señor, tú puedes curarme”, y Él, que puede y quiere, nos cura. Necesitamos fe en todos los milagros. Es una constancia: le dice Jesús al enfermo: ‘por tu fe quedas curado’, ‘por tu fe sana’… al acercarnos con Dios, acerquémonos con mucha fe. El enfermo  que crezca en su fe, que ofrezca sus sufrimientos, su enfermedad a Cristo, unidos a Cristo, ahí, a su Pasión, a su Cruz. ‘Yo estoy enfermo, y por la fe y el amor que le tengo a Cristo uno mi enfermedad, mi dolor, mi preocupación, o uno el dolor y la preocupación de mi hermano o familiar enfermo a Cristo en la cruz, para que Cristo, desde la cruz, nos toque, toque a nuestros enfermos, sane de cualquier enfermedad. Pero también, insisto, están aquellas enfermedades del corazón, del espíritu, de la mente.

Por otra parte, esta Jornada de los Enfermos nos invita a tener una actitud de misericordia por los enfermos, imitar a Cristo, solícito para con los enfermos. Una tentación, un pecado muy grave es la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, y es algo en lo que caemos lamentablemente con mucha frecuencia, me olvido del enfermo, no atiendo a mi enfermo, lo ignoro, no le doy el tiempo necesario, la atención que requiere, el amor suficiente. Considero que con darle medicina o llevarlo al médico ya cumplí, pero va más allá un verdadero amor por los enfermos, una mirada de compasión, de cercanía, de misericordia por los enfermos a ejemplo de Cristo, que a toda hora, en cualquier lugar siempre acogió, atendió, miró con amor a todos los enfermos. Que nosotros también lo hagamos.

En esta jornada de oración nos pide el Papa Francisco orar por los enfermos, ofrecer nuestros trabajos y tareas por los enfermos, pero también nos pide el papa Francisco tener una actitud de misericordia, de cercanía, de atención, de amor para con ellos más allá de darles un espacio o tiempo o cosas materiales para su salud, darnos nosotros tiempo de estar con los enfermos, dedicarnos a ellos.

Confiar en Dios

Queridos hermanos, en cualquier circunstancia, sea que esté enfermo o no, acerquémonos a Dios, confiemos en Dios, pongamos  nuestra confianza en el Señor. Y los enfermos pídanle con fe al Señor, ofrezcan sus sufrimientos, su enfermedad a Cristo y pídanle con fe que los sane, que los conforte en su enfermedad. Y a todos a los que estemos sanos nos dé un corazón generoso, lleno de amor como el suyo para atender, cuidar, abrazar a todos nuestros hermanos, y repito, no sólo aquellos enfermos postrados o en el hospital o alguna enfermedad física que los limita, sino aquellos que también estamos enfermos del corazón, de la mente y del espíritu, y que también necesitamos sanar con el abrazo misericordioso del perdón de la reconciliación de Dios nuestro Padre, a través de la caridad fraterna, a través sobre todo de los sacramentos, del hermoso sacramento que nos da una salud plena, que es la Reconciliación.

A todos mis hermanos enfermos los saludo con gran cariño, los aprecio, los valoro, les animo, les acompaño y para todos, pero hoy particularmente para ustedes queridos hermanos enfermos, les envío mi bendición: la bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo esté siempre con ustedes. Amén.

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