Cuatro actitudes para vivir el Adviento

  • En esta refleixón, el padre Jaime Melchor nos guía para poder vivir la esperanza, vibración, alegría y celebración en este tiempo con el esperamos la llegada de nuestro Salvador…

 

Pbro. Jaime Melchor/ formador del Seminario

 

Iniciamos un ciclo en el Calendario litúrgico, con el tiempo del Adviento. Esta palabra es de origen latino “Adventus”: Venida, llegada. Señala un período de gozosa espera al nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo: La Navidad. Nos va marcando el sendero, durante cuatro domingos: Escuchando la palabra de Dios; meditando, en recogimiento interior, y alegría, para prepararnos, convenientemente, a celebrar la llegada de nuestro Salvador. De igual manera, indica una disposición permanente para la llegada definitiva del Señor, al fin de los tiempos. De hecho, el primer domingo de Adviento, se caracteriza, en las lecturas de la liturgia, por un lenguaje exhortativo a permanecer atentos, en vela, a la llegada del Señor (Cfr. Mt 24,42).

El Adviento nos descubre tres especiales dimensiones de la llegada del Señor: Histórica, la cual celebramos en memoria de su nacimiento entre nosotros, habiéndose encarnado en María (Lc 1,35-38). Presente: En cada persona que acepta a Cristo como Señor, y que lo deja entrar y nacer en su corazón (Ap 3, 20). Escatológica (al fin de los tiempos): Cuando Cristo venga como juez universal de todas las naciones e instaure su reino definitivamente (Mt 25,31-45).

Sugiero algunas actitudes para poder vivir el Adviento con un espíritu cristiano, y no distraernos con todo lo que en esta época la mercadotecnia nos propone y nos confunde, sin permitir que se viva una verdadera preparación a la Navidad. Hagámoslo revisando las palabras y el testimonio de cuatro grandes personajes que nos enseñan a vivir la fe en las promesas del Señor.

 

  1. Esperanza

Dios siempre manifestó su poder, su grandeza, su misericordia y fidelidad al pueblo de Israel. Sin embargo, también abre el camino para que todos los pueblos del mundo le conozcan. En más de una ocasión da a conocer su voluntad, por medio de los profetas (hombres que hablan en nombre de Dios) y mostrar su salvación. A pesar de las infidelidades del pueblo, Dios mantiene su promesa de salvación. Habrá situaciones difíciles, dolorosas y tristes. Muchas veces consecuencia del pecado: guerras, invasión de otros pueblos, exilio. Uno de los profetas modélicos de esperanza, en este contexto, es Isaías. En el siglo VIII, predice los cataclismos que se desencadenarán en el día de Yahvé (Is 2, 1-17). Ese día será para Israel el día del juicio.

Para Isaías, la venida del Señor lleva consigo el triunfo de la justicia. Por otra parte, los capítulos 7 al 11 nos van a describir al Príncipe que gobernará en la paz y la justicia (ls 7, 10-17). Es en estos textos que se vislumbra el cumplimiento de las promesas de un Mesías: “…la virgen está embarazada y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”- Dios con nosotros- (Is 7,14). El Señor quiere hacer las cosas nuevas: “Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen la victoria; ábranse la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia: yo, el Señor, lo he creado” (Is 45,8).

 

  1. Vibrar

El “silencio” de Dios de siglos, se rompe con la predicación del más grande nacido de mujer: Juan Bautista. Este gran profeta conecta en su predicación la antigua alianza y los nuevos tiempos, los del Mesías. El Reino de Dios ya llega. Juan hace sonar su voz en el desierto, al modo de los profetas celosos del culto al verdadero y único Dios (Lc 1,76-77). Hace vibrar los corazones para que éstos reciban al Señor, que vendrá a hacer justicia (Mt 3, 1-6). Es necesario que el pueblo se disponga: la justicia inicia también en el interior del corazón que anhela el amor (Mt 3,8), que espera su liberación del yugo opresor del pecado.

Vibrar significa conmoverse, emocionarse… porque el Señor, el Dios vivo viene a salvarnos. Juan Bautista presentará al Cordero de Dios, que quita el pecado (Jn 1,29). Es así, que, preparando el camino (Is 40,3-4; Lc 3,4-6), este gran profeta nos dice cuál ha de ser nuestra actitud: Vivir emocionados, no estáticos, y conmover el corazón porque la misericordia y el perdón de Dios están más cerca. Es necesario despertar la conciencia. Por ello, la predicación del Bautista insistirá en la conversión: cambio de vida, del egoísmo al amor. Allanar el camino…así podremos recibir al enviado de Dios, al Salvador. “Juan recorrió toda la región del río Jordán, predicando un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados…” (Lc 3,3).

 

  1. Alegría

Si encontramos desde siglos antes del nacimiento de Nuestro Salvador signos de grande y gozosa esperanza, que preparan el corazón al pueblo de Dios, aún más en quien recibió el anuncio del ángel Gabriel. ¡Han llegado los tiempos de la salvación! ¡El Verbo de Dios se encarnará en el vientre de una jovencita, amadísima del Padre! Una mujer fiel que, aunque desposada, quiso guardar íntegra su virginidad y ser esclava del Señor. Aceptó con plenitud el designio divino, para contribuir a la salvación del mundo, no sólo del pueblo judío (Lc 1,26-38).

El cántico de María (“Magnificat”) cuando visita a su prima Isabel, nos muestra el gozo y la humildad de su alma (Lc 1,46-55). No sólo canta la grandeza del Señor y lo que Él ha hecho en su persona, sino también el auxilio y el cumplimiento de las promesas hechas desde antiguo a Abraham y a sus descendientes (Lc 1,55). Es María, la Madre del Señor, el modelo perfecto de esperanza y alegría. Su fe y amor a Dios se manifiestan con madurez, más aún, es llamada bienaventurada por haber creído en todo lo que el Señor le prometió (Lc 1,45). María es la mujer del Adviento, por excelencia.

Así también, su esposo, José de Nazaret, participaría plenamente del misterio del Hijo de Dios hecho hombre. ¡Cuánto le debemos a José en su cuidado y silenciosa entrega generosa en bien del Niño Dios! José, varón justo y obediente, nos deja una valiosa estela de lo que significa poner por obra la palabra de Dios. Éste le pide llevar a su esposa María a su casa. José accede aún contra todo lo que ello pudiera implicar (críticas, chismes en torno a María o a él mismo, etc.), pues sabe que los caminos de Dios no son los nuestros (Mt 1,18-25; Is 55,8) … seguramente conocía la historia del patriarca Abraham. Ahora a él se le concederá ser el patriarca del nuevo pueblo de Dios. Si a Abraham se le cumplió la promesa de ver a su descendiente, su hijo Isaac, a José se le concederá custodiar a la Promesa viva: al Mesías del Señor.

El Señor convertirá, por vocación, a José en un verdadero padre: “Tú le pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,21). Acompañando, cuidando y protegiendo a María y al Niño, será pilar de los que ven con sus ojos al que muchos justos y profetas de siglos atrás esperaron.

 

  1. Celebrar

La actitud del creyente al esperar implica velar continuamente, celebrando desde el interior la llegada del Señor. Del mismo modo, tenemos signos que manifiestan esa actitud celebrativa. En la familia, por ejemplo, es bueno tener la corona de Adviento, y la Sagrada Escritura, para escuchar, meditar, vivir la palabra de Dios, como la vivieron Isaías, Juan Bautista, María Santísima y San José. Los textos bíblicos de los domingos que corresponden al ciclo (este año el “A”) y alientan, respectivamente, nuestro gozo, porque llega el Señor. Cada vela de la corona, acompañada de una oración sencilla, es a la vez una oportunidad para pedirle al Señor las virtudes necesarias para lograr prepararnos convenientemente a la celebración del Nacimiento de Nuestro Salvador. Sin duda que la virtud propia de este tiempo de preparación es la esperanza, que mantiene al cristiano activo en el servicio a Dios y a los hermanos. Es impulsado por las promesas del Señor, que es fiel, y lleva a cumplimiento todo. Se suele decir: “los tiempos de Dios son perfectos”. Y así es.

Otra virtud es la paciencia. En esta época vemos a mucha gente angustiada por muchos detalles que no son prioritarios. Parece que nos gusta estresarnos, correr de un lado a otro… estamos acostumbrados a pulsar un botón, a deslizar un dedo para de inmediato “dar una ojeada” al mundo. Todo lo queremos “express” … Sin embargo, desde la fe, el Señor nos enseña que el Reino de Dios crece en lo discreto, lo escondido, como la semilla de mostaza, que aún en su pequeñez, sembrada, que se convierte en árbol frondoso.

El Adviento es esa oportunidad de crecer en la virtud de la fe. El Señor llegará para darnos luz, vida, enseñarnos el camino del amor, haciéndose pequeño, para mostrarnos que su mayor gloria es vernos engrandecidos, levantados por su gracia. Dijo San Ireneo: “Gloria Dei, vivens homo”: “La gloria de Dios es el hombre que vive”. Es decir, que la gloria de Dios se manifiesta en el hombre que tiene plenitud, por conocer a Jesucristo. Somos felices amando a Dios, y este es el mayor gozo del Padre. De hecho, la Encarnación del Hijo de Dios, viene a traernos gozo porque él quiso ser uno de nosotros. Sobre todo, viene a hacernos partícipes de su naturaleza divina. Contemplar a Dios hecho hombre… nuestro hermano… pequeño… humilde…que nos mueve al amor perfecto…el dar la vida, como Él.

A todo ello nos va encaminando el Adviento. Preparar el corazón es importante, como nos enseña San Juan Bautista. Otra virtud para pedir es la humildad, para reconocer los pecados, y celebrar la misericordia y el amor de Dios, en el sacramento de la Confesión.


La corona de Adviento

El Adviento goza de símbolos muy propios que a pequeños y grandes les ayuda a entender lo que significa prepararse a la fiesta de la Navidad, como los colores de la corona: el verde, signo de la esperanza y la vida. El círculo, signo de la eternidad de Dios. Las velas, signos de la luz de Cristo. Y cada una de las velas hace alusión a los domingos del Adviento. \

Además, según otras catequesis sobre ello, señala que cada vela nos ayuda a pensar en la historia de la humanidad, que está impregnada del misterio de Cristo, Señor y Salvador.

La primera vela simboliza la esperanza anhelante de los justos de la Antigua Alianza; la segunda vela hace alusión a la llegada de Cristo entre nosotros, es la luz de las naciones; la tercera indica el tiempo actual, tiempo de la Iglesia, donde cada uno ha de llevar la luz de Cristo a los demás; la cuarta es símbolo de la Jerusalén celestial, tiempo de la gloria, a la cual se llega imitando a Cristo, humilde, pobre y obediente.

Celebraciones marianas

Es de vital importancia tener en cuenta que durante el Adviento celebramos dos solemnidades muy importantes que hacen alusión a la obra de Dios en Nuestra Madre: La Inmaculada Concepción y la de Nuestra Señor de Guadalupe. En la primera alabamos a Dios porque en María ha hecho maravillas, preservándola de todo pecado y llena de gracia, será quien conciba al Redentor en su seno. Ella, creatura humilde, alaba las maravillas de Dios, lo alaba y lo glorifica en su persona. Y en ella, y a través de ella, el Padre ha querido darnos a su Hijo. Las fiestas guadalupanas nos llenan de gozo porque María ha querido visitar nuestra patria, para mostrarnos su amor maternal, su ternura y compasión. Viene a decirnos que quiere una casita en cada corazón de los mexicanos. Allí quiere nacer el Hijo de Dios, el verdaderísimo Dios por quien se vive, a quien lleva en su seno inmaculado, como se lo dio a conocer a San Juan Diego.

Preparemos el corazón a la celebración de la Navidad, pidiendo a María que nos ayude a perseverar como en ella en oración, viviendo la esperanza, con un corazón vibrante de amor por el Señor y el prójimo. Comuniquemos la alegría de la llegada de Nuestro Señor y celebremos estos domingos más conscientes, sin distraernos en las preocupaciones, sino velando confiadamente, con esperanza. Es bueno buscar en dónde y a quién podemos dar palabras de consuelo, de la fe y la esperanza que vivimos como creyentes en Cristo, el Emmanuel. Hay personas que en estas fechas pre-navideñas pasan por situaciones dolorosas, tristes y difíciles. Cada uno de nosotros puede ser también un signo del Adviento para ellas.


frase…

Preparemos el corazón a la celebración de la Navidad, pidiendo a María que nos ayude a perseverar como en ella en oración, viviendo la esperanza, con un corazón vibrante de amor por el Señor y el prójimo. Comuniquemos la alegría de la llegada de Nuestro Señor y celebremos estos domingos más conscientes, sin distraernos en las preocupaciones,

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