Mons. J. Guadalupe Torres Campos/ Obispo de Ciudad Juárez

Les saludo con todo cariño, con todo amor de padre y pastor esperando se encuentren bien, viviendo con alegría, con fe y esperanza este tiempo de Cuaresma.

Estamos ya en el segundo domingo de Cuaresma. Vamos en camino, nos hemos adentrado en este camino del desierto que nos conduce cada día al encuentro con Cristo que murió y resucitó.

La meta es el encuentro con Cristo, con ese Cristo que hoy en el evangelio se nos presenta transfigurado. ¡qué hermosa escena! donde Jesús lleva a tres de sus discípulos al Monte Tabor y en presencia de ellos se transfigura su rostro, resplandece como el sol.

Con ese Jesús transfigurado triunfante, lleno de luz estamos llamados a encontrarnos. Hay que subir la montaña hoy somos tu y yo, hoy somos todos nosotros los discípulos a quienes Cristo nos invita “vengan conmigo a un encuentro maravilloso de luz de paz y de amor”.

Él se transfigura, su rostro resplandeciente, sus vestiduras blancas brillantes y sobre todo en ese momento la voz del Padre hermosísima, fuerte, determinante, la voz del Padre que dice “Este es mi Hijo muy amado, ¡escúchenlo!”.

Queridos hermanos, este tiempo de Cuaresma por eso se nos invita a la oración, al silencio, al ayuno, para que libre de todo ruido, de todo aquello que nos distraiga, podamos ser capaces con fe, con alegría, con esperanza, seguir a Jesús, escuchar a Jesús, a este Cristo el Hijo de Dios que hoy el Padre nos lo presenta: “Este es mi Hijo, ¡escúchenlo!”

Por eso hay que quitar todo ruido, todo aquello que nos aparta, que nos distrae, para enfocarnos con el corazón, la mente y los sentidos con todo nuestro ser a la escucha de Jesús y subir al monte.

 

Hay que subir

No nos quedemos abajo, no nos quedemos atorados, hay que subir, subir de la mano con Jesús, vivir esta experiencia a través de la oración, a través de la penitencia, a través de los sacramentos, a través del encuentro con la Palabra, a través, sobre todo, de la reconciliación, de la Eucaristía vivir ese encuentro en la montaña.

Nosotros ¿dónde lo vivimos? en la Eucaristía. Cada vez que celebramos la Eucaristía debemos celebrarla con ese gozo, es Jesús que me invita, me atrae movido por la fuerza del espíritu para vivir en la montaña, en el altar, el encuentro con la Palabra, el encuentro con el que nos da su Cuerpo y su Sangre para alimentar nuestra vida.

Por eso hay que dejar a un lado el pecado, el egoísmo y llenarnos de luz para seguir la voz de Dios, como Abraham en la primera lectura que escuchamos este domingo: la vocación de Abraham ‘sal de tu tierra, deja todo, ven y sígueme, te bendeciré, te haré padre de un gran pueblo’ y Abraham escucha la voz de Dios, deja todo, sigue al Padre celestial y Dios lo bendice.

Así tú, así yo, así todos, salir de nosotros mismos, salir de nuestros egoísmos, salir de nuestra pereza, salir de nuestro enojo, salir de nuestras guerras, de nuestro pecado para ir al encuentro de Dios, al encuentro de nuestro padre Dios a través de su Hijo Jesucristo. Todo encuentro con Dios es un encuentro de bendiciones, así como Abraham, también a nosotros el señor nos bendice, el Señor es bueno, misericordioso y cada día nos bendice la vida, la familia, el trabajo, la profesión, el ministerio. A mi como obispo, a ti como presbítero, a ti como diácono, a ti como consagrado, consagrada, a ti como padre de familia, como hijo, a todos nos bendice con su amor.

Escuchar la voz de Dios

Por eso también en la segunda carta a Timoteo, en la segunda lectura, dice, Dios llama y nos ilumina, nos ilumina con su luz, pero hay que entrar en el desierto que nos cuesta la renuncia, el arrepentimiento, la conversión, el cambio, el ser mejores, dejar atrás el pecado. Dios nos llama y nos ilumina, toma parte de nuestra vida  y El está con nosotros. Por eso nos invita a vivir el encuentro con Cristo que es luz, que es resurrección.  El encuentro del evangelio nos llama, dice san Pablo, a una vida santa por Jesucristo.

Cuaresma, camino de santidad, camino de gracia, camino de misericordia. Escuchemos la voz de Dios, dejémonos llevar por Cristo al Monte, al encuentro con Él, Él nos da su luz, recibamos su luz, su gracia, su Palabra, su Cuerpo y su Sangre para luego nosotros dar testimonio de la presencia de Dios en nuestra vida.

Él se transfigura también en nosotros, en tus obras buenas, en tu caridad, en tu generosidad, en tu paciencia, en tu solidaridad, en el servicio a los demás, que, como nos invita Pablo, aceptemos la invitación.

Dios nos llama a una vida de santidad en Jesucristo su Hijo y por eso nos dice: Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo. Les mando un abrazo, les mando mi bendición con todo cariño y afecto. La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes. Amén.