¿Qué piensan los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que están afectando, en sus cimientos, la vida de 120 millones de mexicanos? Hace unas semanas los jueces de la Corte declararon que en México es inconstitucional prohibir los matrimonios entre personas del mismo sexo; y hace unos días manifestaron que los matrimonios homosexuales tienen derecho a adoptar hijos. Se veía venir. Es una lógica en donde una cosa lleva a la otra, así que la segunda decisión era inevitable. De esa manera la SCJN acaba de colocar una estocada mortal a la familia en México.

Está fuera de toda lógica que los magistrados pongan en jaque a las familias mexicanas cuando México ocupa el primer lugar mundial en abuso infantil, en difusión de pornografía con niños, y el segundo lugar en producción de esta clase de pornografía. Después de Tailandia somos el segundo país en mujeres desaparecidas con fines de esclavitud sexual. Tenemos el primer lugar en secuestros y somos el país donde más periodistas y sacerdotes son asesinados. Es muy vergonzoso. Las familias se están haciendo pedazos y a pesar de ello, la Corte Suprema pone las condiciones para hacer más turbio el panorama.

La decisión nos parece irracional para quienes defendemos el orden natural, pero no para quienes tienen el proyecto de desmantelar a la sociedad desde su célula, que es la familia. Ellos están siguiendo los lineamientos y directrices de la ONU y de los grandes poderes del mundo que quieren construir un nuevo orden de las cosas. Los magistrados están alineados con los líderes mundiales en un proyecto totalitario que pretende redefinir la familia, la cultura, la educación y la religión.

¿Estamos en los días del Anticristo? La pregunta es legítima. De ello habla la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, y también porque los signos de los tiempos nos interpelan. El tema del Anticristo pertenece a la fe católica y a la visión cristiana de la historia. Durante los 20 siglos de cristianismo, se han satanizado ideas, sistemas, ideologías y figuras con las que se señalaba al Anticristo. Muchos lo identificaron con esta o con aquella persona –Nerón, Hitler o Stalin–, con algún sistema de pensamiento –marxismo, nihilismo, ideología de género–, con ciertos regímenes políticos –nazismo, capitalismo o comunismo.

[quote_center]El Anticristo por excelencia –aquel que se opone a Dios y que se opondrá hasta el final de los tiempos– es Satanás y los ángeles rebeldes.[/quote_center]

El antagonismo del Maligno se manifiesta a través de fuerzas históricas muy concretas. Éstas en el Antiguo Testamento fueron representadas por Egipto, Asiria, Babilonia… mientras que en el Nuevo Testamento pueden ser también fuerzas políticas como el Imperio romano, o movimientos religiosos herejes que negaron a Jesucristo y laceraron a la Iglesia. Ya san Juan evangelista hablaba de anticristos en sus escritos, presentes en su tiempo. Cada época, entonces, cuenta con personajes, regímenes políticos e ideologías que encarnan esta oposición del Príncipe de este mundo a Jesucristo. Cada período histórico tiene su propio Anticristo.

Los esfuerzos por desmantelar a la familia y crear una cultura antivida son, a toda leguas, manifestación contemporánea del enemigo de Dios. Al hablar del Anticristo en la época actual –que no es otra cosa sino el, o lo, que se opone a Cristo y a que el hombre cumpla su más alta vocación– el cristiano no debe tener miedo ni perder esperanzas. Los santos fueron reaccionarios contra la iniquidad de su época y no se conturbaron ni se dejaron intimidar por ella. Hemos de tener fe de que la presencia del Anticristo en cada episodio de la historia, incluyendo el nuestro, es utilizado por la infinita sabiduría de la Providencia de Dios. Todo concurre –concluye san Pablo– para bien de los que aman a Dios. Porque es en la tribulación y en la persecución donde se forja el carácter y el temple del discípulo de Jesús. Es en la lid por la santidad –contra fuerzas oscuras internas y externas– donde se prueba la caridad hacia Dios y hacia los hermanos.

Las resoluciones equivocadas de la SCJN deben alentarnos, como católicos, a formarnos más profundamente en la verdad sobre la dignidad de la persona humana, así como en el evangelio de la vida y la familia. Lejos de caer en el desánimo, hemos de encendernos en santo celo por el bien del hombre y por la fidelidad al Evangelio, y a mantenernos en espíritu de lucha –¡firmes en la fe! – por dilatar el reino de Dios.