Mons. J. Guadalupe Torres Campos

Muy buen domingo. Terminamos nuestro mes de octubre, mes mariano, del Rosario, que por cierto, estoy muy contento por la celebración del Rosario Viviente. Todo resultó maravilloso y según los reportes de los organizadores, con una asistencia de casi 20 mil fieles.  Los felicito a todos y sigamos trabajando con esa alegría.

Vamos a iniciar el mes de noviembre, los últimos días y domingos del Tiempo Ordinario. En este domingo 30 del Tiempo Ordinario la Palabra de Dios se centra en el mandamiento más importante que tenemos nosotros. Le preguntan a Jesús, se le acerca un fariseo y le pregunta cuál es el mandamiento más importante, ‘maestro, dínoslo’. Y Jesús, con toda la sabiduría, muy puntual, dice: ‘el primero es amarás a Dios’. Pero señala ahí varias características, ‘con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas.

Amar a Dios con todo, no con amor a medias, no es un amor tibio, o de ‘cuando me nazca’. No es nada más parte de mi amor ¡no!, es con todo mi amor, con todo mi corazón, con todo mi sentimiento, con toda mi vida, mis pensamientos, palabras, todo mi ser, de tal manera que Dios sea el centro y fuente de mi vida, la fuerza para caminar, para trabajar, para hacer todas las cosas.

Y sigue diciendo: ‘y el segundo es amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Van de la mano amar a Dios y amar al prójimo. Esto implica ver a Dios, sí en la oración, en la liturgia, en los sacramentos, en la Eucaristía, pero también ver y amar a Dios en cada prójimo. ¿Quién es mi prójimo? pues mi vecino, mi matrimonio los esposos, los hijos, los papás, los abuelitos, el enfermo, el trabajador, el compañero de la escuela, el que necesita, el caído, el enfermo, el triste… amar al prójimo deveras.

 

¿Cómo amamos?

Hoy la Palabra de Dios nos cuestiona en algo fundamental de la vida del cristiano, de la vida del Hijo de Dios: el amor. ¿Cómo amamos? ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida? Por eso San Pablo en la segunda lectura de la Carta a los tesalonicenses, nos invita a vivir ese amor a Dios con alegría, en el Espíritu Santo.

Y amar al prójimo ¡que difícil!, sí, pero el Espíritu Santo está en nosotros. Amar a Dios y al prójimo con la alegría que es un fruto del Espíritu Santo, no a fuerzas, no enojado. Buscar alegremente, con regocijo, con fuerza y poder al prójimo. E igualmente desprendernos, ayudarle. Por eso Pablo reconoce en cierto modo a los fieles católicos de Tesalónica su testimonio: ‘ustedes nos dan testimonio de entrega, de amor’ y les señala un aspecto muy importante ‘ustedes han abandonado los ídolos y se han vuelto a Dios’, y no tanto se refiere a un monumento, sino a ídolos de todo tipo: ideológicos, personales, de cualquier índole, la soberbia, el egoísmo, el enojo, de mí mismo. Tengo que abandonar cualquier ídolo porque me distrae y me aparta de Dios. Y por eso nos invita san Pablo a abandonar esos ídolos que hemos fabricado y volverme a Dios, convertirme.

Pero san Pablo señala algo muy importante ¿para qué volverme a Dios? ¡para servirlo! al Dios vivo y verdadero y vivir en espera de la venida del Hijo de Dios, siempre con esta esperanza de que va a volver, de que viene cada día.

Pero como nos dice el evangelio, servir a Dios con el corazón y en mi prójimo: en mi familia, en el trabajo, estudiando mucho, haciendo el bien. Y también ese volver a Dios es dejar nuestros egoísmos.

 

¡Díselo siempre!

La primera lectura del Éxodo nos habla muy claramente de que no oprimamos al forastero, que no explotemos a la viuda, que no robemos, que no prestemos con usura. Nos está pidiendo que dejemos de oprimir, de explotar, de gritar, de insultar, de faltarle al hermano de una u de otra manera. ‘Atiéndelos, ámalos, respétalos’, porque su clamor, dice el Éxodo, llega a mis oídos. Todo lo que yo hago de maldad contra mi hermano si lo insulto, si lo ofendo, de omisión, de obra, ese clamor llega a Dios.

También a ejemplo de Dios nosotros escuchemos el clamor y dejemos escuchar el clamor de la gente que sufre, porque a veces somos muy sordos e indiferentes ante el dolor y sufrimiento de nuestra gente. Andamos tan ensimismados, tan metidos en nuestros propios ruidos, como aquel que se pone la música en el oído y no oye lo demás. Tenemos que liberar nuestros oídos, abrirlos para escuchar el clamor de nuestros hermanos, que nos piden atención, acompañamiento, que nos piden perdón y nos piden amor.

Ama a Dios con todo tu corazón, ama a tu prójimo como a ti mismo, y así responderle  a Dios con los hechos, con el canto y alabanza, con nuestra vida, como nos invita el salmo responsorial: “Yo te amo Señor, tú eres mi fortaleza”. Díselo siempre, cada vez que te levantes dile eso: “Yo te amo Señor, tú eres mi fortaleza”. Al decírselo nos abrimos a su gracia, a la fuerza del Espíritu para que nos dé un corazón bueno, sensible, generoso, que nos haga entregar toda nuestra vida a Dios y nos haga ser servidores, atentos de cada uno de nuestros hermanos. Ama a Dios con todo tú corazón, ama a tu prójimo como a ti mismo.

 

Fieles Difuntos

Por otra parte estamos a unos días de dos fiestas muy significativas. El primero de noviembre, la Fiesta de Todos los Santos, y el segundo de noviembre, los Fieles Difuntos. Los invito, aunque no obligue ir a misa, hagamos un esfuerzo por acudir a misa estos dos días. El primero para darle gracias a Dios por la santidad. Dios que es santo nos invita a ser santos y tenemos el ejemplo de los santos que nos invita a vivir en santidad, imitar la santidad de Dios con el ejemplo de todos los santos.

Y el 2 de noviembre, los fieles difuntos. Conservar nuestras tradiciones, hacer nuestros altares de muertos para recordar a nuestros difuntos, pero sobre todo ir a la Eucaristía y pedir y ofrecer nuestra Comunión, nuestra oración, nuestra Eucaristía por nuestros fieles difuntos. Vamos de paso, en la esperanza. Creemos que ellos están con Dios y que si hay algo que purificar, oramos por ellos para que el Señor les perdone y se los lleve al cielo. Pero también nosotros darnos cuenta y tomar conciencia de que somos peregrinos y vamos caminando a la santidad, camino al cielo, y hay que vivir cumpliendo los mandamientos, con el amor a Dios y al prójimo. Celebremos estos dos días con mucha fe, con mucha esperanza. Les saludo con afecto y todo mi cariño y les mando mi bendición. La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes. Amén.