Pbro. Jaime Melchor/ Formador del Seminario

La Iglesia inicia un nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento. Recordemos, ante todo, que el centro del Calendario litúrgico está la Pascua, la celebración del triunfo del Señor Jesús sobre la Muerte. Ello da sentido pleno a todos los demás momentos del año. Sin embargo, es justo y necesario tener en cuenta los momentos previos e iniciales de la vida de Nuestro Señor entre nosotros.  

 

Significado

De la palabra latina Adventus: Llegada o venida. Inicialmente, en la historia, se utilizaba este término para señalar la llegada de un rey a su comarca. En la Iglesia Católica, nos señala un tiempo en el calendario litúrgico para prepararnos a la celebración del Nacimiento del Hijo de Dios, hecho hombre: Jesucristo. Sabemos que Nuestro Señor, encarnado en el vientre de María Santísima, llegó a nosotros. Este grandioso misterio requiere la preparación de nuestros corazones. No se puede ser indiferente a tan gran acontecimiento.

 

El Adviento y sus notas principales

La Iglesia ha cuidadosamente tomado en cuenta que es en las promesas de Dios donde está fincada nuestra esperanza. Así, el tiempo del Adviento señala momentos históricos importantes que hablan de la llegada de un Mesías, un Salvador. Esta revelación se dio al pueblo de Israel, pero Dios, que es Padre para todos, quiere comunicarlo a toda la humanidad, para cada hombre y mujer que abra su corazón al amor de Dios. El Adviento nos clarifica, a través de la Sagrada Escritura, de qué modo se fue dando el cumplimiento de la promesa, hasta indicar el Nacimiento del Salvador.

Encontramos personajes concretos, que, con fe y esperanza en lo que Dios dijo, se dispusieron a colaborar libremente al proyecto divino y vivir profundamente, de cerca, los misterios que se les fueron dando a conocer.

El profeta Isaías, con su predicación, hacia el siglo VIII a.C. anuncia la venida de un Mesías. Los sencillos y humildes de corazón esperan su llegada. Al igual que otros profetas, hará referencia a la paz y justicia que caracterizarán al reinado de dicho Mesías. En los albores del Nuevo Testamento, aparece la persona de Juan el Bautista, que muestra el camino de la conversión para poder recibir la promesa de Dios. Quienes viven con intensidad todo ello son la Virgen María y San José. En ella, la Inmaculada, por obra del Espíritu Santo, se encarnará el Hijo de Dios, y San José, su esposo, le pondrá por nombre Jesús: Dios salva.

 

Dimensiones

El Adviento se enmarca en tres dimensiones:

* Histórica: nos prepara a celebrar que Dios vino a habitar entre nosotros, se hizo uno de nosotros, naciendo de María.

* Mística: Jesús el Señor quiere nacer en los corazones de cada uno, quiere llegar a todos para mostrar su amor y salvación.

* Escatológica (al fin de los tiempos): Cristo, rey glorioso, vendrá al final de la historia. No sabemos cuándo será esto, pero se requiere estar preparados.

En dichas dimensiones, el Adviento nos enseña cómo Jesucristo es el Señor de todos los tiempos. Así también, a tener la actitud de espera gozosa ante el rey que llega a cada uno. La Iglesia, a través de la Liturgia, va marcando en este tiempo, gracias a la Palabra de Dios y los signos que acompañan a la celebración de cada domingo previo a la Navidad.

 

Actitudes para vivir el Adviento

Ahora, de un modo particular, es preciso que los creyentes nos dispongamos a meditar en la virtud de la Esperanza. Ésta nace de un don divino. Es Dios quien nos ha otorgado esta gracia para caminar con seguridad y firmeza, teniendo en la mente y el corazón que hemos nacido como hijos en el Bautismo, para gozar la vida eterna.

Es lo que llamamos la esperanza cristiana, muy distinta a un optimismo simple que se cierra en una expresión que afirma que “un día las cosas van a ir mejor”.

La esperanza, como virtud teologal, nos abre un grandísimo abanico de caminos de amor y confianza en Dios que se ha encarnado, y que siendo uno de nosotros, colmará las expectativas y deseos más profundos de la persona.

 

Preparación a la Navidad

Efectivamente, el Adviento nos presenta una oportunidad para hacer madurar la esperanza del corazón humano. Sin embargo, va unida a la fe, y ésta anclada a las promesas del Dios vivo y verdadero, que aseguró la salvación para su pueblo, Israel, y para la humanidad. Dios ha prometido un Salvador. El camino de los profetas, su testimonio, y la sabiduría de los sencillos mostrarán la manera de actuar de Dios. Hombres y mujeres humildes alimentarán continuamente su esperanza en el Dios que no abandona a sus hijos.

El Adviento es la expresión más bella de quienes experimentan permanentemente que todas las fatigas de la vida no son nada en comparación a la presencia viva del Señor.

Así también, quien tiene puesta su esperanza en el Señor y que desea celebrar su llegada, tiene que poner atención a los momentos en los que hoy se nos presenta vivo, a través de los pequeños, los más vulnerables, de los más necesitados.

La esperanza gozosa durante el Adviento es la mejor manera de vivir con actitud cristiana la preparación a la Navidad. La Corona de Adviento es un signo sencillo y bello que nos acompaña en estos cuatro domingos previos a la Navidad.

 

Cada domingo de Adviento, al encender cada vela de la corona, reflexiona:

1.¿Cómo estoy vigilando para la llegada de Jesús?

2.¿De qué debo convertirme? ¿Qué pecados me impiden abrir el camino al Señor?

3.¿Reflejo mi alegría y esperanza delante de los que no creen en Dios?

4.¿Acudo a María confiando en ella como verdadera Madre que me escucha?