El misterio de la Encarnación a los ojos de Francisco de Asís

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Reflexiones del predicador de la Casa Pontifica, padre Rainiero Cantalamessa, sobre la Navidad y la Encarnación.


 

Raniero Cantalamessa, OFMCap

1. Greccio y la institución del pesebre
Todos conocemos la historia de Francisco que inició en Greccio, tres años antes de su muerte, la tradición navideña del pesebre; pero es bonito recordarla, brevemente, en esta circunstancia. Escribe Tomás de Celano:

«Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco llamó a un hombre llamado Juan y le dijo:
“Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”.

La importancia del episodio no está tanto en el hecho en sí mismo ni en el espectacular seguimiento que ha tenido en la tradición cristiana; está en la novedad que el mismo revela a propósito de la comprensión que el santo tenía del misterio de la encarnación.

Francisco de Asís nos ayuda a integrar la visión ontológica de la Encarnación con aquella más existencial y religiosa. En efecto, no importa sólo saber que Dios se ha hecho hombre; importa también saber qué tipo de hombre se ha hecho. Es significativo el modo diverso y complementario con que Juan y Pablo describen el acontecimiento de la encarnación. Para Juan, la encarnación consiste en el hecho de que el Verbo que era Dios se ha hecho carne (cf. Jn 1,1-14); para Pablo, la encarnación consiste en el hecho de que «Cristo, siendo de condición divina, tomó la condición de esclavo y se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte» (cf. Flp 2,5-8). Para Juan, el Verbo, siendo Dios, se hizo hombre; para Pablo «Cristo, siendo rico, se hizo pobre» (cf. 2 Cor 8,9).

Francisco de Asís se sitúa en la línea de san Pablo. Más que sobre la realidad ontológica de la humanidad de Cristo (en la cual cree firmemente con toda la Iglesia), insiste, hasta la conmoción, en la humildad y la pobreza de la misma.


 

2. La Navidad y los pobres
La distinción entre el hecho de la encarnación y el modo de ésta, entre su dimensión ontológica y la existencial, nos interesa porque arroja una luz singular sobre el problema actual de la pobreza y de la actitud de los cristianos hacia ella. Ayuda a dar un fundamento bíblico y teológico a la opción preferencial por los pobres, proclamada en el Concilio Vaticano II. En efecto, si por el hecho de la encarnación, el Verbo tiene ha asumido en cierto sentido a todo hombre, como decían algunos Padres de la Iglesia, por el modo en el que se ha realizado la encarnación, él ha asumido de forma particular al pobre, al humilde, al que sufre, hasta el punto de identificarse con ellos.

Es cierto que en el pobre no se tiene el mismo género de presencia de Cristo que se tiene en la Eucaristía o en los otros sacramentos, pero se trata de una presencia también verdadera, “real”. Él instituyó este signo, como instituyó la Eucaristía. Aquel que pronunció sobre el pan las palabras: “Esto es mi cuerpo”, dijo también estas mismas palabras de los pobres. Las dijo cuando, hablando de lo que se ha hecho o no se ha hecho en favor del hambriento, del sediento, del prisionero, del desnudo y del forastero, declaró solemnemente: «Conmigo lo hicisteis», y «Tampoco lo hicisteis conmigo» (cf. Mt 25,31-46).

En efecto, esto equivale a decir: «Esa persona andrajosa, necesitada de un poco de pan, ese anciano que moría aterido de frío sobre la acera, ¡era yo!».

No acoge plenamente a Cristo quien no está dispuesto a acoger al pobre con el que él se ha identificado. Quien, en el momento de la comunión, se acerca lleno de fervor a recibir a Cristo, pero tiene el corazón cerrado a los pobres, se asemeja, diría san Agustín, a uno que ve venir de lejos a un amigo que no ve desde hace años. Lleno de alegría corre a su encuentro, se pone de puntillas para besarle la frente, pero al hacer eso no se da cuenta de que le está pisando los pies con zapatos de clavos. Los pobres, en efecto, son los pies desnudos que Cristo tiene todavía puestos sobre esta tierra.

Vicarios de Cristo
El pobre es, también él, un “vicario de Cristo”, uno que hace las veces de Cristo. Vicario en sentido pasivo, no activo. Es decir, no en el sentido de que aquello que hace el pobre es como si lo hiciera Cristo, sino en el sentido de que aquello que se hace al pobre es como si se hiciese a Cristo. Es verdad, como escribe san León Magno, que después de la ascensión, «todo lo que era visible en nuestro Señor Jesucristo ha pasado a los signos sacramentales de la Iglesia»,[16] pero también es verdad que, desde el punto de vista existencial, ha pasado también a los pobres y a todos aquellos de quienes dijo: «Conmigo lo hicisteis».

Veamos la consecuencia que se deriva de todo esto en el plano de la eclesiología. Juan XXIII, con ocasión del Concilio, acuñó la expresión “Iglesia de los pobres”.[17] Esta expresión reviste un significado que va quizá más allá de lo que se entiende a primera vista. ¡La Iglesia de los pobres no está constituida sólo por los pobres de la Iglesia! En un cierto sentido, todo los pobres del mundo, estén bautizados o no, le pertenecen. Su pobreza y sufrimiento es su bautismo de sangre. Si los cristianos son aquellos que han sido «bautizados en la muerte de Cristo» (Rom 6,3), ¿quién está de hecho más bautizado en la muerte de Cristo que ellos?

¿Cómo no considerarles de alguna manera Iglesia de Cristo, si Cristo mismo los ha declarado su cuerpo? Ellos son “cristianos” no porque se declaren pertenecientes a Cristo, sino porque Cristo los ha declarado pertenecientes a él mismo: «¡Conmigo lo hicisteis!».

Padre de los pobres
La Iglesia de Cristo es por tanto inmensamente más grande de lo que dicen las estadísticas corrientes. No como un simple modo de decir, sino de verdad, realmente. Ninguno de los fundadores de religiones se ha identificado con los pobres como ha hecho Jesús. Ninguno ha proclamado: «Todo lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40), donde “mis hermanos pequeños” no indica sólo a los
creyentes en Cristo, sino, como es admitido por todos, a todo hombre.

De ello se desprende que el Papa, vicario de Cristo, es realmente el “padre de los pobres”, el pastor de este rebaño inmenso, y es una alegría y un estímulo para todo el pueblo cristiano ver con cuánto empeño han tomado este papel los últimos Sumos Pontífices y, de modo muy particular, el pastor que se sienta hoy en la cátedra de Pedro. Él es la voz más autorizada que se levanta en su defensa. La voz de los que no tienen voz. ¡De veras, no se ha “olvidado de los pobres”!

Lo que el Papa escribe, en la reciente exhortación apostólica, sobre la necesidad de no quedar indiferentes ante el drama de la pobreza en el mundo globalizado de hoy, me ha traído a la mente una imagen. Nosotros tendemos a poner, entre nosotros y los pobres, dobles cristales. El efecto del doble cristal, muy usado hoy en los edificios, es que impide el paso del frío, del calor y del ruido, lo diluye todo, hace que todo nos llegue atenuado, acolchado. Y de hecho vemos a los pobres moverse, agitarse, gritar en la pantalla de la televisión, en las páginas de los periódicos y de las revistas misioneras, pero su grito nos llega como de muy lejos. No penetra en nuestro corazón. Lo digo para mi propia confusión y vergüenza. La palabra “¡los pobres!”, “¡los extracomunitarios!”, provoca en los países ricos lo que provocaba en los antiguos romanos el grito de “¡los bárbaros!”: desconcierto, pánico. Ellos se afanaban en construir murallas y enviar ejércitos a las fronteras para mantenerlos a raya; nosotros hacemos lo mismo, de otros modos. Pero la historia dice que todo es inútil.

Lloramos y protestamos -¡y con razón!- por los niños a quienes se impide nacer; ¿pero no deberíamos hacer lo mismo por los millones de niños nacidos y condenados a morir de hambre, enfermedades, niños obligados a ir a la guerra y matarse entre sí por intereses a los que no somos ajenos nosotros los de los países ricos? ¿No será porque los primeros pertenecen a nuestro continente y tienen nuestro mismo color, mientras que los segundos pertenecen a otro continente y tienen un color diferente?


 

3. Amar, socorrer, evangelizar a los pobres
Por consiguiente, lo primero que hay que hacer de cara a los pobres es romper los dobles cristales aislantes, superar la indiferencia y la insensibilidad. Debemos, como nos exhorta precisamente el Papa, “darnos cuenta” de los pobres, dejarnos impactar por una sana inquietud ante su presencia en medio de nosotros, con frecuencia a dos pasos de nuestra casa. Lo que debemos hacer en concreto por ellos se puede resumir en tres palabras: amarlos, socorrerlos, evangelizarlos.

Amar a los pobres.
El amor a los pobres es uno de los rasgos más comunes de la santidad católica. En el mismo san Francisco, el amor a los pobres, a partir de Cristo pobre, es anterior a su amor a la pobreza, y fue lo que le llevó a desposarse con la pobreza. Para algunos santos como san Vicente de Paul, Madre Teresa de Calcuta y tantos otros, el amor a los pobres fue precisamente su camino a la santidad, su carisma.

Amar a los pobres significa ante todo respetarlos y reconocerles su dignidad. En ellos, justamente por la falta de otros títulos y distinciones secundarias, brilla con una luz más viva la dignidad radical del ser humano.
Pero los pobres merecen no sólo nuestra conmiseración, merecen también nuestra admiración. Ellos son los verdaderos campeones de la humanidad.

Francisco de Asís nos ayuda a descubrir un motivo aún más fuerte para amar a los pobres: el hecho de que ellos no son simplemente nuestros “semejantes” o nuestro “prójimo”: ¡son nuestros hermanos! ¡Son hermanos aquellos que tienen un mismo padre, y los hombres son hermanos porque tienen un único Padre en el cielo! Jesús dijo: «Uno sólo es vuestro Padre, el del cielo» y «todos vosotros sois hermanos» (cf. Mt 23,8-9), pero esta palabra había sido entendida hasta ahora como dirigida solamente a sus discípulos. En la tradición cristiana, hermano en sentido estricto es sólo aquel que comparte la misma fe y ha recibido el mismo bautismo.

Francisco toma de nuevo la palabra de Cristo y le da un alcance universal, que es ciertamente el que tenía en su mente Jesús. Francisco puso de veras a «todo el mundo en estado de fraternidad».[19] Llama hermanos no solamente a sus frailes y a los compañeros en la fe, sino también a los leprosos, los ladrones, a los sarracenos, o sea, a creyentes y no creyentes, buenos o malos, especialmente a los pobres.

Esto de la fraternidad es la contribución específica que la fe cristiana puede dar para reforzar en el mundo la paz y la lucha contra la pobreza.

Socorrer a los pobres
Al deber de amar y respetar a los pobres, le sigue el de socorrerlos. Aquí viene en nuestra ayuda el apóstol Santiago. ¿De qué sirve -dice él- compadecerse de un hermano o una hermana que no tiene vestido ni alimentos diciéndole: «¡Pobrecito, cuánto sufres. Ve, caliéntate y sáciate!», si tú no le das nada de lo que necesita para calentarse y nutrirse? La compasión, como la fe, sin obras está muerta (cf. Sant 2,15-17). Jesús en el juicio no dirá: «Estaba desnudo y os compadecisteis de mí”; sino: «Estaba desnudo y me vestisteis». Ante la miseria del mundo, no hay que enfadarse con Dios sino con nosotros mismos.

Hoy, sin embargo, ya no es suficiente la simple limosna. El problema de la pobreza se ha vuelto planetario. Cuando los Padres de la Iglesia hablaban de los pobres, pensaban en los pobres de su ciudad, o a lo sumo en los de la ciudad vecina. Casi no conocían otra cosa sino muy vagamente y, por lo demás, aunque lo hubieran conocido, habría sido muy difícil hacer llegar las ayudas, en una sociedad como la suya. Hoy sabemos que esto no es suficiente, aunque nada nos dispensa de hacer lo que podamos también a este nivel individual.

El ejemplo de tantos y tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo nos muestra que hay muchas cosas que se pueden hacer para socorrer, cada uno según sus propios medios y posibilidades, a los pobres y promover su elevación.
Eliminar o reducir el abismo injusto y escandaloso que existe en el mundo entre ricos y pobres es el deber más urgente y más ingente que el milenio concluido hace poco ha entregado al nuevo milenio en el que hemos entrado. Esperemos que no sea todavía el problema número uno que el milenio presente deje en herencia al próximo milenio.

Evangelizar a los pobres.
Esta fue la misión que Jesús reconoció como la suya por excelencia: «El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para evangelizar a los pobres» (Lc 4,18), y que indicó como signo de la presencia del Reino a los enviados del Bautista: «Los pobres son evangelizados» (Mt 11,5). No debemos permitir que nuestra mala conciencia nos empuje a cometer la enorme injusticia de privar de la buena noticia a aquellos que son sus primeros y más naturales destinatarios. Tal vez, poniendo como excusa, el proverbio que dice “el vientre hambriento no tiene oídos”. La acción social debe acompañar a la evangelización, jamás sustituirla.

No sólo de pan vive el pobre, sino también de esperanza y de toda palabra que sale de la boca de Dios. Los pobres tienen el derecho sacrosanto de escuchar el Evangelio en su totalidad, no en edición abreviada o polémica; el evangelio que habla de amor a los pobres, pero no de odio a los ricos.


 

4. Alegría en el cielo y alegría en la tierra
Terminemos en otro tono. Para Francisco de Asís, la Navidad no era sólo la ocasión para llorar la pobreza de Cristo; era también la fiesta que tenía el poder de hacer estallar toda la capacidad de alegría que había en su corazón, y era inmensa. En Navidad él hacía verdaderas locuras.

«Quería que en ese día los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos y que los bueyes y los asnos tengan más pienso y hierba de lo acostumbrado. “Si llegare a hablar con el emperador -dijo-, le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia”» (2 Cel 200).

Se convertía en uno de esos niños que están con los ojos llenos de estupor delante del pesebre. Durante la celebración navideña en Greccio, cuenta su biógrafo, cuando Francisco pronunciaba “Belén” se le llenaba la boca de voz y más aún de tierna afección, produciendo un sonido como el de oveja que bala. Y cada vez que decía “Niño de Belén” o “Jesús”, se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras (cf. 1 Cel 86).

Hay un canto navideño que expresa perfectamente los sentimientos de san Francisco delante del pesebre, y esto no es de extrañar si tenemos en cuenta que fue escrito, letra y música, por un santo como él, san Alfonso María de Ligorio. Escuchándolo en el tiempo navideño, dejémonos conmover por su mensaje simple pero esencial:

Tú desciendes de las estrellas, oh Rey del cielo,
y vienes, en una gruta, al frío y al hielo…
A ti que eres del mundo el Creador,
faltan los paños y el fuego, oh mi Señor.
Querido niñito elegido, cuánto esta pobreza
más me enamora,
ya que te hizo amor pobre en esta hora.