Eleuterio Fernández Guzmán/ Infocatólica

Tantas veces se ha dicho y escuchado que el silencio es muy importante en materia de vida espiritual que es posible que no acabemos de asimilar una verdad tan grande como ésa.  Y, junto al silencio, la correspondiente reflexión acerca de lo que la meditación nos lleve a tener por bueno y mejor según nuestra fe católica.

Podemos decir, por tanto que silencio y reflexión deben ser los apoyos fundamentales que tengamos en el tiempo de Cuaresma porque ambas formas de actuar nos acercan a Dios.

De todas formas, no debemos dejarnos vencer por el llamado “demonio mudo” que nos lleva a no pronunciarnos acerca de nuestra fe y, en fin, nos induce a estar de acuerdo con el mundo. No. Aquí nos referimos a otro tiempo de silencio.

 

Técnica espiritual

Es bien cierto que esto, el silencio, no es algo que debamos practicar (y que es una buena práctica espiritual) sólo en el tiempo especial que abarca desde el miércoles ceniza hasta que llega la Semana de Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, ahora mismo resulta fundamental acercarnos a Dios a través de esto que, no lo podemos negar, puede ser, es, una técnica espiritual a la que no siempre estamos dispuestos a dar paso en nuestro corazón.

El silencio, sí, puede ser interior o exterior. Es decir, lo hacemos teniendo en cuenta nuestro corazón (sobre todo así)  sin olvidar que, para eso, el exterior, lo que está fuera de nosotros, el mundo, ha de permanecer en absoluto silencio, mudo.

 

Tesoros en el corazón

Hay tres, digamos, realidades que deben permanecer en silencio. Y, siguiendo a Santa Teresa de Calcuta, decimos que deben permanecer en silencio tanto la mente, como los ojos y la boca pues tan importante es no escuchar nada ajeno a Dios y a su Hijo Jesucristo como silenciar el sentido de la vista (ya sabemos qué puede entrar por ella…) o cómo y cuándo (como ahora en Cuaresma) debemos callar.

Alguien dirá que así poco vamos a apreciar. Sin embargo, no se trata, precisamente, de darnos cuenta de lo que hay fuera de nosotros sino, al contrario, de los tesoros que Dios ha puesto en nuestro corazón y que pueden fructificar si somos capaces de apreciar ciertos movimientos del alma.

En todo caso, aquí no tratamos de invocar a Dios poniéndonos en determinadas posturas físicas (ya podemos imaginar a qué nos referimos) sino poniendo el alma en posición directa hacia nuestro Padre el Cielo. Y así, el silencio interior lo alcanzamos invocando al Espíritu Santo que nos escucha como Dios que es. Y es que nos conviene el silencio interior siempre pero ahora, con todos los misterios que atesora la Cuaresma, mucho más.

 

Para qué hacer silencio

En realidad, cualquier realidad que tenga que ver con el silencio interior es importante para nosotros. Pero, por decirlo pronto, debemos hacer silencio: No para aislarnos del mundo en el sentido que otras supuestas religiones tienen por bueno y mejor, sino:

 

Para apreciar mejor la conversión que tan necesaria nos es en Cuaresma.

Para hacer desaparecer de nuestro corazón las mundanidades que nos ofrece el siglo.

Para tener en cuenta sólo a Dios.

Para vivificar nuestro corazón apreciando las gracias donadas por nuestro Creador.

Para hacer rendir los talentos espirituales que seguro tenemos.

Para poder acercanos al Todopoderoso sin el lastre que supone nuestra realidad material.

Para procurarnos, como María, un espacio donde conservar lo mejor de nuestra vida espiritual en el corazón.

Para poder ver las cosas desde un corazón limpio.

Para hacer que surja la luz que Dios ha puesto en nuestro corazón sin los melindres de los satisfechos con el mundo.

Para poder escuchar mejor los gemidos inefables del Espíritu Santo.

Algo difícil

Nadie que no quiere engañarse, puede negar que el silencio interior no es nada fácil. Hay, sin embargo, que dirigirse a Dios para implorar que se nos conceda un bien tan grande como es el silencio interior porque, de otra forma, será difícil que con nuestras solas fuerzas seamos capaces de hacer eso.

Y, junto al silencio, la reflexión de aquello que es materia espiritual de este tiempo litúrgico llamado fuerte. Y es que la única manera que tenemos de profundizar en aquello que no es que sea importante para nosotros sino que es lo más importante, lo único que debería llenar nuestro corazón: Jesucristo entregó su vida por sus hermanos los hombres y nosotros, que estamos entre ellos (como todos los que lo aceptan como Mesías y Dios hecho hombre, aquello de “muchos” y no “todos”…) debemos, sí, darle vueltas espirituales a tal realidad crucial. Y reflexionamos, también, porque es la forma que tenemos de llegar a conclusiones válidas para nuestro corazón.

 

Momento cumbre

Silencio y reflexión son, pues, muy importantes en este tiempo de Cuaresma. Y es que no podemos negar que lo que más nos debería doler es contemplar la maldad que hay en el mundo sin darnos cuenta de que el Hijo de Dios, en el momento cumbre de la historia de la salvación, entregó su vida y lo hizo en un silencio interior sólo roto para dirigirse a su Padre del Cielo con lo que más importaba decir en tal momento.