Francisco Romo Ontiveros

En esta entrega proponemos al lector una de las mejores novelas breves del siglo XX: El viejo y el mar, del escritor norteamericano Ernest Hemingway. Se trata de la historia de Santiago, un cubano de avanzada edad, que lleva ochenta y cuatro días de adentrarse en las corrientes del Golfo sin conseguir pesca. El texto comienza por situarnos en la tarde previa a la gran aventura, mientras los demás hombres regresan al puerto tras la exitosa jornada en altamar; y al ver al viejo sumido en su mala racha, se compadecen –e incluso algunos se burlan– de su suerte. Por su parte, Manolín es un muchacho que desde pequeño ha acompañado en sus jornadas a Santiago y aprendió de él el oficio; no obstante, semanas atrás sus padres le han prohibido acompañarlo,  pues necesitan el sustento y “el viejo está definitiva y rematadamente salao, que es la peor forma del infortunio”.

 

Un viejo imbatible

Aunque el muchacho trabaja ya con otro hombre, tiene en alta estima a Santiago y por las tardes lo frecuenta para animarlo en su empresa. “Yo sé que no me dejaste porque hubieses perdido la esperanza” –le dice el viejo–. “Papá no tiene mucha fe” –responde el joven–; “No. Pero nosotros sí, ¿verdad?”– replica animoso Santiago, quien se siente todavía fuerte como para capturar un enorme pez de más de mil libras de peso. Para el muchacho, el hombre sigue siendo diestro en el trabajo; le dice: “Hay muchos buenos pescadores y algunos grandes pescadores. Pero como usted ninguno”.

Así, conforme nos adentramos en la lectura es posible reconocerse en la condición del  menos favorecido: este viejo que pese a las desventajas de su edad mantiene una actitud imbatible ante la adversidad. Santiago se muestra entusiasta por la esperanza que ofrece el nuevo día; le dice al muchacho: “El ochenta y cinco es un número de suerte. ¿Qué te parece si mañana me vieras volver con un pez? […] Quizá no esté yo tan fuerte como creo. Pero conozco muchos trucos y tengo voluntad”.

 

Bella narrativa

Fiel a su propósito, el viejo se hace a la mar la madrugada del día ochenta y cinco. Son las siguientes páginas las que dotan al relato de gran vitalidad. Bastante alejado de la costa, el pescador consigue que un enorme pez aguja azul (conocido también como marlin) pique el anzuelo, lo que desata una enfurecida batalla por la supervivencia entre el animal de mil quinientas libras y el hombre. Se trata, sin duda, de una emotiva narración que logra transportarnos en la barca de Santiago y hacernos testigos de la extraordinaria lucha.

Pero por encima de la relación del suceso, la riqueza del texto yace debajo de sus líneas. La novela rebosa de vívidas imágenes y maravillosas metáforas que, a lo largo del relato, remiten a significados profundos en relación con las verdades más íntimas de la vida humana. Pese a ser un anciano, Santiago no pierde el anhelo de embarcarse mar adentro en busca de peces verdaderamente grandes, como los que es posible atrapar en septiembre –justo el mes que transcurre–; pues afirma: “En mayo cualquiera es pescador”. De manera que, si el vigor propio de la juventud, de los primaverales días de mayo, aventajan al hombre ante las dificultades; es durante el otoñal septiembre –en la tercera edad– que la vida ofrece la inmejorable oportunidad para reforzar el ánimo y asir nuestra presa, por grande, peligrosa o imposible de conquistar que esta sea.

 

La enseñanza

El viejo y el mar es un libro que rescata el gran tema del valor ante la fracaso, exalta el arrojo en los momentos de flaqueza y enaltece el triunfo personal que se esconde tras la pérdida. Santiago no cree en la victoria inmerecida. Para el protagonista es necesario el dolor y el coraje sufridos durante la faena, mismos que hacen emerger a la superficie las auténticas virtudes. Durante la encarnizada batalla que se prolonga, Santiago piensa: “Me estás matando, pez […]. Pero tienes derecho. Hermano, jamás en mi vida he visto cosa más grande, ni más hermosa, ni más noble que tú”.

Finalmente, en la orilla todos habrán de sorprenderse tras el inesperado desenlace: “Me derrotaron, Manolín” –dirá el viejo–. “Él no le derrotó. El pez, no” –responderá el muchacho. Este relato maestro –publicado en septiembre de 1952 y que sin duda contribuyó a que Hemingway fuera reconocido con el Premio Nobel en 1954– nos enseña, en definitiva, que “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.