Exaltación femenina, eclipse masculino

P. Eduardo Hayen

 

Muchas mujeres están furiosas, rabiosas, empingadas. Lo atestigua la estela de destrucción que dejaron en los bancos y comercios de la Ciudad de México cuando se manifestaron contra la violencia de género el pasado viernes 16 de agosto. Más grave que las pintas y destrozos al Ángel de la Independencia por las féminas vándalas fueron las agresiones contra los varones que, curiosos, las miraban. Los agredían sólo por ser varones, para desquitar con ellos su frustración.

La marcha con su secuela de destrucción, aunque claramente obedece a los intereses de grupos radicales de la izquierda política y al lobby abortista, no deja de ser síntoma de la crisis que afecta hoy las relaciones entre los sexos, entre varones y mujeres. Estudios que ha publicado el INEGI sobre violencia indican que dentro de los hogares en México, el 66 por ciento de las mujeres mayores de 15 años han sufrido algún tipo de agresión emocional, física o sexual a lo largo de su vida.

Es cierto que han crecido las agresiones contra las mujeres, como también es cierto que aumentan los varones que viven en un estado de frustración permanente. Aunque se diga que el mundo sigue siendo dominado por hombres, es verdad que los varones hemos pasado a un segundo plano. Esto lo afirma María Calvo, una gran estudiosa del ámbito educativo con varios libros publicados sobre educación diferenciada. Calvo dice que desde la segunda década del siglo XX, la cultura femenina ha ido ganando terreno hasta suprimir y reprimir como intolerables las expresiones de masculinidad.

Afirma la autora que hoy, como nunca, las mujeres gozan de la protección en la vida política; se han creado los institutos para las mujeres; se hacen estudios sobre la mujer; se habla de cuotas de igualdad de género para acceder a puestos públicos; la mujer divorciada tiene prioridad para quedarse la custodia de los hijos; las leyes del aborto se basan en el derecho de la mujer sobre su cuerpo y no toman en cuenta la opinión del varón como padre del niño.

Protegiendo a las mujeres, nuestra cultura hoy proclama la abolición de las diferencias sexuales entre varones y féminas. La feminidad ha sido despojada de su función maternal, lo que ha hecho que las mujeres se masculinicen. Durante décadas ellas lucharon para que se les reconociera su dignidad y sus derechos; esto lo han logrado y hoy ocupan el lugar en la vida social que les corresponde. Es un logro que debe alegrarnos a todos.

Sin embargo el empoderamiento de las mujeres ha traído como consecuencia el eclipse de lo masculino. Hoy los hombres estamos claudicando del papel de ser guardianes y cuidadores de la familia, de nuestra responsabilidad como maridos, padres y sacerdotes, de ser defensores de los valores. El varón está perdiendo su identidad y su personalidad. Nos hemos acomplejado. Se nos acusa de autoritarios y tiranos, de violentos, de dictadores. No se diga a los que nos gustan las corridas de toros o el box –actividades netamente viriles–, alguna anomalía psíquica y trauma de la infancia habremos de tener.

Muchas mujeres prefieren embarazarse en alguna aventura fugaz o con una inyección de semen y así criar solas a sus niños. Dicen que no necesitan a un hombre en la casa. A los varones nos están echando fuera de nuestras familias y ello nos tiene en un estado de frustración permanente. La imagen del hombre fuerte, noble, viril, valiente, con autoridad y seguro de sí mismo –como el hombre Marlboro– ha sido reemplazado por el hombre blando, sensible y maternal que huye de la responsabilidad y del compromiso; o bien la del hombre pervertido y vividor en el mundo del cine y la televisión.

¿Será que la violencia contra la mujer –de la que hoy se habla tanto– tendrá que ver con la frustración que sienten los varones al ver perdida su identidad masculina? Quizá la misma agresividad de las mujeres, como lo demostraron estos días en Ciudad de México, y su rechazo a todo lo que huela a masculinidad, esté alimentando esa misma agresividad varonil que ellas quieren combatir.

 

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