El padre Marcelino Delfín, asesor diocesano de la Dimensión de Liturgia comparte con nuestros lectores esta guía que podemos utilizar el 2 de noviembre, Día de los Fieles difuntos (o cuando sea necesario)…

 

Pbro. Marcelino Delfin Poso/ Dimensión de Liturgia, Diócesis de Ciudad Juárez

La muerte es una realidad que no podemos postergar ni evitar. Ciertamente la muerte es el final de la comunicación física con quienes hemos amado y deja un vacío que no se puede explicar con palabras, pero es una vivencia de una realidad que deja al ser humano con un sentimiento de impotencia y de asombro.

Pero los cristianos creemos en la vida eterna, y toda nuestra vida en este peregrinar lejos del cielo, consiste en buscar la Mansión que nos ha prometido Jesús, pues él mismo dice: “Yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn. 11, 24).

Cristo, por su resurrección, vence la muerte y para ello la enfrenta y con el triunfo sobre la muerte ilumina a los que viven en sombras de muerte.

Día de difuntos

La celebración de los fieles difuntos es una celebración de la Iglesia peregrina a propósito de la muerte de sus seres queridos. Como creyentes en las promesas del Señor, se tiene la esperanza de que sus muertos viven; por eso hay un sentido de comunión con ellos, se les recuerda con cariño y por eso la costumbre de las ofrendas es usual en el pueblo mexicano.

Y aunque el recuerdo del ser querido produce dolor y nostalgia, se celebra de manera festiva y familiar.

 

Día en el cementerio

Una celebración religiosa del pueblo mexicano que se realiza en el cementerio, en la casa del difunto o de algún familiar. No falta la visita de familiares, vecinos amigos del difunto donde según la tradición se limpia la tumba del difunto, se le ponen flores, se lleva la comida o cosas que le gustaban, se le reza y se recuerdan anécdotas del difunto. Pero nunca falta el sentido de la esperanza cristiana: “Ya está con Diosito”, “Dios lo recogió”; frases como estas y otras parecidas expresan el sentimiento cristiano de la muerte.

Hoy nos encontramos con otra realidad diversa al panteón tradicional: Criptas, que no dejan de ser un lugar frío, reservado, limitado y comercializado desde varios puntos de vista.

Este es un lugar muy diverso al panteón, que tradicionalmente es lugar de encuentro más espontáneo para cantar, comer, reír, convivir, llorar, orar, poner la ofrenda del gusto familiar y el difunto.  Pero igual en este sitio se puede orar por los difuntos.

 

Oración por nuestros difuntos

La siguiente oración se puede hacer en el cementerio, en la casa donde se hizo el altar de difuntos o el las criptas donde están las cenizas del difunto.

 

Canto (Caminaré en presencia del Señor)

 

Guía: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Todos: Amén

Guía: Nos hemos reunido aquí en el nombre del Señor porque es él quien nos convoca y confiados en su Palabra sabemos que escucha nuestra oración. Por eso con la fe puesta en el Señor, elevamos nuestras súplicas a él que es misericordioso para que se apiade de su siervo (N.;) a quien él llamo de entre nosotros.

Un momento de silencio.

Guía: Ahora pidamos perdón de nuestros pecados ya que como pecadores que somos necesitamos de la bondad y misericordia de Dios. Todos pedimos perdón al Señor.

(Yo confieso… )

Guía: Señor, míranos reunidos en tu nombre, y concédenos que al recordar la vida de (N,…), nos llenemos de la esperanza de que vive el gozo de tu presencia, a la que también a nosotros nos llamarás un día.

Todos: Amén.

 

Lector 1: (Primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses 4, 13-18).

 

Lector 2: Salmo responsorial. (Salmo 24) A ti, Señor levanto mi alma.

Todos: A ti, Señor levanto mi alma.

 

Peticiones:

Guía: Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo

glorioso como el suyo, y digámosle:

Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro,

– lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescataste con tu sangre preciosa.

Señor Jesucristo, consolador de los afligidos, que ante el dolor de los que lloraban la muerte de Lázaro, del joven Naím y de la hija de Jairo acudiste compasivo a enjugar sus lágrimas,

– consuela también ahora a los que lloran la muerte de sus seres queridos.

Señor Jesucristo, siempre vivo para interceder por nosotros y por todos los hombres,

– enséñanos a ofrecer el sacrificio de alabanza por los difuntos, para que sean absueltos de sus pecados.

Cristo Salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte,

– para que obtengamos, como don de Dios, la vida eterna.

Cristo redentor, mira benignamente a aquellos que, al no conocerte, viven sin esperanza,

– para que crean también ellos en la resurrección y en la vida del mundo futuro.

 

Himno (lo dicen todos)

Libra mis ojos de la muerte; dales la luz, que es su destino. Yo, como el ciego del camino, pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos una herramienta constructiva, cura su fiebre posesiva

y ábrela al bien de mis hermanos.

Haz que mi pie vaya ligero. Da de tu pan y de tu vaso al que te sigue, paso a paso, por lo más duro del sendero.

Que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede;

que el corazón no se me quede desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.

¡Tantos me dicen que estás muerto! Y entre la sombra y el desierto

dame tu mano y ven conmigo. Amén

 

Letanías. (Se dicen las letanías)

Guía: Unidos en una misma oración elevemos nuestras súplica al Señor por intercesión de los santos para que se apiade del alma de nuestro hermano (N,.).

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

Santa María, Madre de Dios… (Santos)

R: Ruega por él (ella)

 

Guía: Terminemos nuestra oración con la plegaria que nos enseñó el mismo Jesucristo, pidiendo que se haga siempre su voluntad del Señor:

Padre nuestro, que estas en el cielo, santificado sea tu nombre…

 

Guía: A tus manos Padre de bondad, encomendamos el alma de nuestro hermano (hermana) con la firme esperanza de que resucitará en el último día, con todos los que han muerto en Cristo. Te damos gracias por todos los dones con que lo (la) enriqueciste a lo largo de su vida; en ellos reconocemos un signo de tu amor y de la comunión de los santos. Dios de misericordia, acoge las oraciones que te presentamos por este hermano nuestro (esta hermana nuestra) que nos ha dejado y ábrele las puertas de tu mansión. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos: Amén.

 

Guía: El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

Todos: Amén.

Guía: Dale, Señor, el descanso eterno. Todos: Y brille para él (ella) la luz eterna. Guía: Descanse en paz.

Todos: Amén. Canto final.

 

Compartir