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PALABRA Y TESTIMONIO DE LA IGLESIA CATÓLICA EN CIUDAD JUÁREZ

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La Asunción de la Virgen María, una esperanza para cada creyente

  • María, mujer dispuesta al plan divino, nos ayuda a poder reiteradamente meditar sobre el cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida…

 

Jaime Melchor Valdez/ Formador del Seminario

La Iglesia celebra el 15 de agosto la Solemnidad de la Asunción de María. Significa ante todo, contemplar a María, su persona e historia como creyente. Al meditar sobre ella, la Madre del Señor, hemos de pedir la luz del Espíritu Santo para poder asimilar lo que la Iglesia con su autoridad nos ha enseñado, aquello que el mismo Dios nos ha revelado o dado a conocer.

A veces la piedad popular mariana, o las distintas devociones a María nos la muestran lejana, quizá demasiado “majestuosa”. Decía al respecto Santa Teresita del Niño Jesús: “Nos presentan a María inaccesible. ¡Tiene más de Madre que de Reina!”. Así pues, María, es para nosotros modelo por su fe, esperando el cumplimiento de las promesas del Señor, con sencillez y humildad, recibió la noticia del Salvador (Lc 1, 26-35.42-55). Ella misma lo llevaría en su vientre, para otorgarlo a la humanidad (Lc 2, 10-12).

No olvidemos que cuando reconocemos la grandeza de la persona de María contemplamos en ella las virtudes de índole sobrenatural y las virtudes humanas que ella plena, consciente y libremente fue haciendo madurar, acorde a la voluntad de Dios. Su hermosura resplandece porque amó, alimentó y cuidó a su Hijo con una especial ternura.

Por otra parte, recordemos que Dios cuando crea y descubre su voluntad a la creatura, le otorga todo lo necesario para cumplir con su misión en este mundo. Así, María fue concebida sin mancha de pecado, llena de gracia (Lc 1,26) y vivió siempre atenta a la voluntad de Dios (Lc 1,45). Su entrega al plan de Dios fue tal que llegó a ser la madre de todos los hombres (Jn 19,25-27).

La Asunción de María, dogma

Es verdad de fe que la Virgen María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Es el dogma más reciente que se ha proclamado en la Iglesia con relación a María (01 de noviembre de 1950). Se contiene en la Bula “Munificentissimus Deus” (Munificentísimo o generosísimo Dios) del Papa Pío XII.  Esta definición llenó de gozo a quienes ya, por la Tradición, la revelación y la reflexión teológica de siglos, afirmaban que la Virgen María había sido llevada al cielo en cuerpo y alma. El pueblo de Dios a lo largo de la historia expresaba en el arte, la poesía, escritos y reflexiones su alabanza a María. Sin embargo, junto a su veneración, estaban también la fe en la Virginidad, la Maternidad divina y su Inmaculada Concepción (concebida sin pecado), y consecuentemente la no corrupción de su cuerpo, y que había sido llevado al cielo. De una manera particular, la definición del dogma de la Inmaculada Concepción (Por el Papa Pío IX en 1854), había dado mucha luz para continuar reflexionando acerca de la persona de María. Inclusive, según lo comenta el Papa Pío XII en la bula, había muchísimas peticiones a propósito del dogma de la Asunción de María al Cielo (MD 10).

Muchos teólogos, Santos Padres, Papas y el sentido de la fe del pueblo de Dios manifestaban su creencia en la incorruptibilidad del cuerpo de María. Si ella ya había tenido el privilegio de nacer sin pecado, en orden a su misión de ser la Madre del Salvador, y sin perder su virginidad… ¿No era justo y necesario que también el Señor tuviera un privilegio especial con su Madre, a quien santificara de una manera plena desde este mundo?

 

Sagrario del Señor

Respecto a ello, la Bula del dogma de la Asunción dice: De esta fe común de la Iglesia se tuvieron desde la antigüedad, a lo largo del curso de los siglos, varios testimonios, indicios y vestigios; y tal fe se fue manifestando cada vez con más claridad (MD13). Hay una concatenación que nos muestra el documento, como un valiosísimo tesoro desde la Sagrada Escritura, el Magisterio y la Sagrada Tradición. Hay afirmaciones desde el consentimiento unánime: Los fieles, guiados por sus pastores y aprendieron de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante su peregrinación terrena, llevó una vida llena de preocupaciones, angustias y dolores.

Efectivamente, ella es testigo de la Redención, además unida a su Hijo hasta la Cruz. El documento dice, hablando de los fieles:  Igualmente no encontraron dificultad en admitir que haya muerto del mismo modo que su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abiertamente que no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro su sagrado cuerpo y que no fue reducida a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino (MD 14)

¡Qué bella expresión! María, tabernáculo o sagrario del Señor, no podía quedar reducida a las cenizas. Todo ello es coherente a los demás privilegios que la Virgen, Inmaculada y Madre de Dios tuvo. Dios, como dice el documento, es todopoderoso y providente (MD 1).

Jesús, Nuestro Señor, resucitado, ha venido a traernos el don de la Resurrección, a nosotros, pecadores… ¡Con cuánta mayor razón no habría de concederlo a su Santísima Madre!

 

Dormición de la Virgen

Por otra parte, ya en la liturgia antiguamente se tenía la celebración de la llamada Dormición de la Virgen, al igual que de la Asunción de María, donde se celebra el singular privilegio concedido a María de la incorruptibilidad de su cuerpo. Por ejemplo, en la Liturgia Bizantina se encuentran estas palabras: A Ti, Dios, Rey del universo, te concedió cosas que son sobre la naturaleza; porque, así como en el parto te conservó virgen, así en el sepulcro conservó incorrupto tu cuerpo, y con la divina traslación lo glorificó. (Cfr.MD 18). Diócesis, ciudades y regiones gozaban ya de tener fiestas alusivas a la Asunción, además de tener el patrocinio de María asunta al Cielo.

Me llama la atención, a propósito, el nombre de la ciudad de Aguascalientes, en nuestro país, que llevó desde sus orígenes el nombre de Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes (18 de agosto de 1611). Desde hace cuatro siglos se hace referencia a ello. A la fecha se celebra una gran romería en la solemnidad de la Asunción (15 de agosto).

Así también, los teólogos a lo largo de los siglos han afirmado la verdad de dicha doctrina, basados en la Sagrada Escritura y en los privilegios concedidos a María. Cito este texto del documento que me parece resume el sentir de los teólogos que se nombran ahí: … la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto» de predestinación, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos [cfr. 1 Tim 1, 17]. (MD 40).

 

Definición del dogma de la Asunción de María

Todos los privilegios concedidos a María, pues, son en orden a nuestra redención, por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Él, el Verbo eterno, se encarnó en ella (Jn 1,14; Gal 4,4). Hecho hombre, muriendo por nosotros y resucitando, quiso que fuera su Madre la primera que gozara de la resurrección. Su cuerpo y alma glorificados, llevados al Cielo, son un ejemplo de lo que vivirán eternamente quienes vivan acorde a la voluntad de Dios, en el amor, como lo hizo ella. El amor misericordioso del Señor tiene para cada uno reservado un lugar para cada uno, y Nuestra Madre quiere también que sus hijos gocen de la resurrección a su lado.

Esta gran esperanza unida a la fe en la resurrección de Cristo, y a la de la Asunción de María, nos hablan precisamente del valor de nuestra persona, de nuestro cuerpo. En efecto, nuestra vida no se termina aquí. No es la muerte y la corrupción de nuestro cuerpo el final. Fuimos creados para la eternidad. Dice bellamente la bula o carta referente al dogma: se ponga ante los ojos de todos de modo luminosísimo a qué excelso fin están destinados los cuerpos y las almas; que, en fin, la fe en la Asunción corporal de María al cielo haga más firme y más activa la fe en nuestra resurrección (MD 42).

 

Fórmula definitoria del dogma

Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. (MD 44)

 

Fuimos creados para la eternidad

Es importante que subrayemos las palabras que dicen sobre María: “cumplido el curso de su vida terrena”, pues en ellas encontramos la clave para poder reiteradamente meditar sobre el cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida. María hizo todo bien. Desde su “sí” definitivo en la Anunciación, se entregó con amor al Plan divino. María quiere que lleguemos a la meta definitiva: nuestra resurrección. Ella ya lo logró. Su amor maternal nos busca y quiere reunir a sus hijos. Imitemos su vida de entrega.

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frase…

Esta gran esperanza unida a la fe en la resurrección de Cristo, y a la de la Asunción de María, nos hablan precisamente del valor de nuestra persona, de nuestro cuerpo. En efecto, nuestra vida no se termina aquí. No es la muerte y la corrupción de nuestro cuerpo el final.

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