Ramón Enrique Rodríguez Alonso/ Lic. en filosofía

En estas fechas del calendario litúrgico los católicos hemos celebrado la “Fiesta de las fiestas”, la “Solemnidad de las solemnidades” (c.f. CCE, 1169). Hemos vivido los Misterios de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Definitivamente estos misterios nos invitan a reflexionar sobre la forma en la que encaminamos nuestra vida en esta peregrinación hacia la morada eterna.

Es evidente que estos ministerios obedecen al Plan de Salvación, el cual ya contemplaba la libertad y la naturaleza caída del hombre (cf. CCE, 602). Con esto se introduce otro misterio: el del mal, el del pecado fruto del acto humano. El Pregón Pascual, que escuchamos durante la celebración de la Vigilia Pascual, denota la relación entre todos los misterios antes mencionados: “¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!”.

Como consecuencia de esa culpa (cf. Gn 3) nuestra naturaleza humana se inclina al pecado, que es tan doloroso según la gravedad del mismo. Aquí la paradoja de la culpa: feliz y dolorosa. Feliz por la Redención, dolorosa porque nos herimos a nosotros mismos, a los demás y a nuestros Redentor. Con respecto a esto último el Papa Benedicto XVI en el II tomo de Jesús de Nazaret al comentar el camino al Monte de los Olivos, acentúa la angustia de Jesús al sentir el mal, el pecado, que lo llevó a sudar como gotas de sangre (cf. Lc 22, 44): “Precisamente porque es el Hijo, siente profundamente el horror, toda la suciedad y la perfidia que debe beber en aquel «cáliz» destinado a Él: todo el poder del pecado y de la muerte”.

 

Pasión de Cristo

Aun profundamente angustiado, Cristo sufrió la Pasión y abrazó la cruz y precisamente son estos sucesos a los que refiere el novelista ruso Dostoievski en El idiota cuando afirma que “la belleza salvará al mundo”. En esta novela, al contemplar el cuadro de El Cristo muerto de Holbein, Dostoievski hace decir a uno de los personajes “allí se ve realmente un cadáver que antes de morir ha sufrido infinitamente, que ha sido golpeado por los soldados y el populacho, que llevó su cruz y sucumbió bajo su peso, que soportó luego seis horas (al menos así lo calculo) la terrible tortura de la crucifixión. En verdad, el semblante de ese Cristo es el de quien acaba de ser descendido de la cruz, es decir, que no ofrece rigidez alguna, y presenta aún signos de calor y de vida, y una expresión dolorosa tal como si el muerto experimentase todavía el dolor de su suplicio”.

La belleza a la que se refiere el novelista ruso fue retomada por el Cardenal Ratzinger en uno de sus mensajes cuando era el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual admira el ideal de belleza de los clásicos; sin embargo, nos revela un ideal que va más allá de una visión puramente estética: “precisamente en este rostro tan desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor que llega “hasta el final” y que se revela más fuerte que la mentira y la violencia”.

Así la paradoja: un dolor, un sacrificio que no es un masoquismo, sino que es un sacrificio dispuesto a soportarlo todo por el amor, por el perdón de los pecados, por la auténtica belleza. Nuevamente cito a Dostoievski: “Todo lo que lleva consigo la ver­dad y la belleza, lleva también el perdón”.