Mons. J. Guadalupe Torres Campos

¡Aleluya, Aleluya!, ¡Cristo vive, Cristo ha resucitado! Seguimos, alabando al Señor al Señor en esta hermosa Pascua de Resurrección.

Este segundo domingo de Pascua está dedicado particularmente a la Divina Misericordia. Ciertamente el tema central de la Palabra de Dios que se ha proclamado este domingo es la fe en el Cristo resucitado, es el tema central que hay que seguir reflexionando: la fe en el Cristo Resucitado. Es la frase que escuchamos en san Juan: ¡dichosos los que creen sin haber visto!, pero este tema en un contexto muy hermoso: el contexto de la misericordia. Recordemos que el papa san Juan Pablo II instituyó este segundo domingo de Pascua como el domingo de la Divina Misericordia. Vemos en el evangelio de san Juan que Jesús aparece en varias ocasiones a las mujeres, a los discípulos de Emaús, a Pedro, a Juan, en fin, a la multitud. Escucharemos durante este tiempo Pascual ese encuentro de Cristo resucitado con muchas personas.

Así comienza san Juan ‘al anochecer del día de la resurrección’. Es decir, el mismo día de la resurrección Jesús se encuentra con sus discípulos, se presenta en medio de ellos y les dice un saludo muy de Cristo, muy propio de la Iglesia, muy litúrgico: ‘la paz esté con ustedes’. Es el saludo del resucitado. Jesús saluda a sus discípulos, da el don de la paz, el don de su amor, mostrándoles las manos y el costado heridos y les muestra su paz, su amor. ¿Cuál fue la reacción de los discípulos?… se llenaron de alegría.

Queridos hermanos, Cristo hoy también llega a nuestros corazones, a nuestras parroquias, a nuestra diócesis, a la humanidad entera y nos da este saludo ‘La paz esté con ustedes’.

Si nos fijamos y somos muy conscientes, en cada celebración litúrgica en más de una ocasión se da este saludo ‘la paz esté con ustedes’, ‘y con tu espíritu’, contestamos.

Que de verdad cada vez que se diga esta fórmula litúrgica hagamos conciencia: es Cristo resucitado que sale a nuestro encuentro y nos da su paz, nos da su vida, nos da su amor.

Pero junto con este saludo y la donación de la paz, sigue diciendo san Juan, después de decir esto sopló sobre ellos y les dijo ‘reciban el Espíritu Santo’. Jesús sopló, infundió el espíritu. Y los apóstoles con alegría, con buena disposición, reciben esta efusión del Espíritu de Cristo resucitado.

También hermanos, los invito a que cada vez que vayamos y celebremos la Eucaristía abramos nuestro corazón a recibir al Espíritu Santo. La Eucaristía es Cristo, su Cuerpo, su Alma, todo su ser que nos comunica el Espíritu Santo, recibámoslo con alegría, con una gran fe.

 

Importancia de la fe

Ahí está el punto: la fe. La fe es importante. Dice el texto que Tomás, uno de los doce, que no estaba ahí en ese primer encuentro, pero cuando llega Tomás los hermanos apóstoles le comparten la alegría: ‘Vino el Señor, nos saludó con su paz, sopló sobre nosotros’. Le compartieron con alegría ese encuentro con Jesús, pero Tomás no creyó, ‘si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré’. Incrédulo, no creyó en el testimonio de los apóstoles.

Eso por una parte denota la falta de fe de muchos, inclusive hoy también nosotros, muchos carecen de fe, no creen. Sin embargo Dios se vale de esta situación para volver. Ocho días después vuelve, le llama a Tomás: ‘ven, aquí estoy, aquí están mis manos, acerca tu dedo, trae tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree’.

El tema de la fe. Jesús siempre viene a tu encuentro, todos los días, siempre, Él no desiste, siempre te busca, nos habla, se acerca, nos toca, quiere que lo toquemos, hoy nos dice a todos ‘trae acá tu mano, mete tu dedo en mis heridas’. Quiere que lo toquemos, que lo veamos, que lo sintamos, que metamos el dedo en la mano.

Atrévete a meterle la mano en sus heridas, entrar en Cristo no superficialmente, sino dentro. Jesús hoy te dice ‘no sigas dudando, sino cree’. Entonces Tomás se rinde a sus pies y expresa una frase que todos debemos de expresar con fe: ‘Señor mío y Dios mío’. Es costumbre cuando se consagra el Cuerpo y la Sangre de Cristo, cuando el sacerdote levanta el Cuerpo de Cristo, el Cáliz con la Sangre de Cristo, el pueblo dice, y yo los invito a que en silencio, en voz muy bajita, en ese momento lo digas: ‘Señor mío y Dios mío’.

Es un acto de fe, pero consciente de lo que significa aceptar a Jesús, encontrarte con Jesús, meter tu dedo en las heridas de Jesús. Por eso el tema de la fe, pero esa fe en Jesús es fruto de Dios, es un don de Dios, fruto de su misericordia.

 

Fe y misericordia

Por eso este tema de la fe lo reflexionamos en torno al contexto de la misericordia divina: Dios es bueno, Dios es misericordioso, nos regala a su Hijo Jesucristo en su Divina Misericordia, esa misericordia que primero experimentamos nosotros. Nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos quiere compartir la misericordia del Padre, para que te llenes de su amor, y esa experiencia del encuentro con Cristo resucitado de su Divina Misericordia, nos tiene que llevar a un compromiso de vivir en la misericordia.

En la primera frase de la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (que invito que durante estos días la reflexionemos y tratemos de ponerla en práctica con acciones) dice: ‘la multitud de los que habían creído’. Ahí está el tema de la fe, ‘la multitud de los que habían  creído tenían un solo corazón y una sola alma’. Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenían.

Dos aspectos muy importantes: tenían un solo corazón, se expresa la unidad de la fe de la Iglesia, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre,  todos unidos en el amor infinito de la Divina Misericordia. Un solo corazón y una sola alma. Un signo de fe de la comunidad es el amor, un solo corazón, una sola alma y el compartir. Si Dios es misericordioso conmigo, si Dios ha dado su vida por mi, si Cristo entregó su vida en la cruz para salvarme, ha resucitado para darme vida, debemos compartir los bienes, amarnos todo, poseerlo en común. Nada es mío, nada es tuyo, somos administradores. Todo lo que el Señor te da ponlo al servicio de los demás.

Que no haya egoísmos, que no haya consumismos, que no haya el afán de poseer, que no haya soberbias, sino humildad, generosidad. Seamos misericordiosos. Dios en su infinita misericordia nos ama, quiere que nosotros también nos amemos, y con ese poder, como dice también los Hechos de los Apóstoles, con grandes muestras de poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús.

Queridos hermanos, con el salmo responsorial cantemos y demos vida lo que ahí expresamos: ‘la misericordia del Señor es eterna’. ¡Crean!, digan ‘Señor, aumenta mi fe’, que en los momentos de duda sintamos la fuerza de tu Espíritu, sintamos tu soplo divino de misericordia y recibamos el Espíritu Santo, y que como Tomás también nosotros nos atrevamos a tocarte, a tocar tus llagas, tus heridas, a experimentar tu amor, y que siempre de palabra y con toda nuestra vida expresemos nuestra fe: ¡Señor mío y Dios mío!

Sigamos viviendo la Pascua del Señor con alegría y gozo, siempre muy unidos. La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes.