Mons. J. Guadalupe Torres Campos/ Obispo de Ciudad Juárez

Les saludo con todo amor de padre y pastor aquí en nuestra amada Diócesis de Ciudad Juárez. Que estemos viviendo este día primero de julio en paz, en armonía, siempre en oración, siempre buscando el bien de todos, desde el proyecto que Dios tiene para nosotros.

En este domingo XIII del tiempo ordinario la palabra de Dios nos invita a valorar la vida. Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de Sí mismo. Escuchamos en la 1ª lectura del libro de la Sabiduría. Dios creó al hombre para que nunca muriera, Dios es vida, Dios nos da la vida y es para siempre, una vida de gracia, de plenitud y felicidad que valorar, apreciar y vivir, así como nos dice el libro de la Sabiduría, a imagen y semejanza de Dios. Pero también dice el texto “más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen”.  El demonio que entra, que nos seduce y con él la muerte en el mundo. Debemos estar atentos a no dejarnos atrapar por la tentación del demonio que causa muerte en nuestro corazón y en nuestra alma, pero que gracias a Cristo que murió y resucitó por nosotros tenemos vida y vida en abundancia.

Escuchamos en el Santo  Evangelio de San Marcos dos escenas de las más hermosas de Cristo en su vida pública, dos milagros muy significativos, donde Dios, a través de Cristo el Señor, nos recuerda que estamos hechos para la vida, que Cristo viene a darnos vida.

 

El valor de la fe

Jesús está predicando a las multitudes, como siempre dando mensaje de vida a todos. En un primer momento se acerca un hombre que era jefe de la sinagoga,  Jairo, se acerca triste, se arroja a sus pies y le suplica con insistencia: “Mi hija está agonizando”, y le hace una súplica: “Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”; primero la actitud de aquel  hombre que se postra ante Jesús, Jairo se pone a sus pies, le pide por su hija para que viva, Jesús deja todo, deja el discurso que dirigía a la multitud y comienza a dirigirse hacia la casa de Jair. Jesús siempre se dirige a nuestra casa, siempre escucha nuestra oración, nuestra súplica,  Él está atento a lo que nos sucede, bueno y no tan bueno como es el caso una enfermedad grave de una hija.

Pero en el  camino, el otro acontecimiento. Una mujer enferma de muchos años con una enfermedad digamos muy penosa, y humanamente hablando difícil, se atreve a tocar el manto de Jesús pensando con sólo tocarle quedará sana  y lo hace: toca. Aquí nos da un ejemplo también la mujer de fe se atreve a tocar el manto de Jesús. Tú y yo debemos atrevernos a tocar a Jesús y tenemos la oportunidad cada día en el Sagrario, en la Eucaristía, a través de la oración. Acerquémonos a Jesús para tocarlo, tocar su corazón  y decirle sáname, por mi o por alguien que está enfermo. ¡atrévete, atrevámonos a tocar a Jesús!

Jesús siente que de su persona sale una fuerza curativa y se voltea “¿Quién me tocó? y ve aquella mujer asustada. Seguramente pensaba que la iba a regañar y al contrario, Jesús con tranquilidad y con firmeza le dice: “Hija, tu fe te ha curado”-

En ambos casos, tanto con Jairo como en la mujer, se valora la fe. A la mujer le dice “tu fe te ha curado”, a Jairo en ese momento le dicen: “Ya no molestes al maestro, tu hija ha muerto” y qué dice Jesús: “No temas, basta que tengas fe”. De la mujer valora su fe, a Jairo le pide fe. Y ambos tienen fe, la mujer enferma queda sana y la niña que había muerto, Jesús la resucita. Es  la fe de aquellos que se acercan a Jesús.

 

La invitación de este domingo

Queridos hermanos, este domingo se nos invita a valorar la vida, a vivir en gracia y con fe. A tener una profunda fe. Una cosa es creer en algo y otra cosa es creerle a alguien. En el caso de Dios es más importante creer en alguien, creer en Dios, creer en Jesús, creerle a Jesús, creer que Él tiene el poder, que tiene el amor para darnos vida, para cuidarnos, protegernos, devolvernos la salud, resucitarnos. Se habla de dos milagros físicos, pero más allá de la  muerte física, más allá de una enfermedad física por terrible que sea, también se refiere a la muerte, a la enfermedad causada por el pecado, o estamos enfermos también del corazón, del alma por el egoísmo, la soberbia, la envidia, la infidelidad, por el pecado, por el pecado que es muerte. Vivimos, sí, físicamente, pero cuando vivimos apartados de Dios, en pecado, estamos muertos en vida. Es entonces cuando Jesús aparece en el camino, sale a nuestro encuentro para sanarnos, para resucitarnos, para devolvernos la vida con la gracia de su amor, del perdón. Quiere que tengamos vida y vida en abundancia, así es de que, querido hermano, este domingo XIII del tiempo ordinario acerquémonos a Jesús con fe, sigamos una vida ordenada,  y dále gracias por tu amor, gracias por tu presencia. Sigue pidiendo su bendición y reconocer con humildad y sinceridad, “Señor, estoy enfermo, estoy muerto por ese pecado o tentación, sáname, impón tus manos sobre mí, devuélveme la vida con tu gracia, con tu perdón, aumenta mi fe”. Que escuchemos, como le dice a la mujer “por tu fe has sido curada” o escuchemos lo que le dice a Jairo.

Queridos hermanos, esa gracia, esa luz que se nos da, esta vida, nos lleve a ser vigilantes a vivir acuerdo a nuestra fe, ser luz en la luz de Cristo y eso nos lleve al esplendor de la Verdad, a vivir en Cristo, el  Señor. Por eso decimos en la oración antes del Aleluya: “Jesucristo, nuestro Salvador, ha vencido a la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio”.

Querido hermano te doy mi bendición siempre con alegría. La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes.