Mons. J. Guadalupe Torres Campos/ Obispo de Ciudad Juárez

Muy buen domingo tengan todos ustedes. Les saludo con mucho afecto como padre y pastor, con todo cariño y compartiendo con ustedes un pequeño mensaje de reflexión que ayude a su meditación, a su crecimiento como personas, como parte de esta familia diocesana.

Comenzamos un nuevo mes. Noviembre, un mes muy interesante y muy importante porque en este mes cerramos el Año Litúrgico, el último domingo de este mes con la Solemnidad de Cristo Rey, por lo tanto los invito a que estos 4 domingos los veamos como un solo bloque litúrgico bíblico, que nos prepare para cerrar con gozo en la fe nuestro Año Litúrgico.

Estamos en el domingo 31 del Tiempo Ordinario. Hemos vivido en este inicio del mes estas dos grandes festividades con gran presencia en las parroquias, en los templos y en los panteones. Por una parte fue admirable la presencia en todos los templos festejando a Todos los Santos. Cómo muchos niños y niñas fueron vestidos de santos recordando y conmemorando a todos los santos. Estamos llamados a la santidad.

El día 2 es un día bonito día también, pero muy recogido, por ir a los panteones, ir a las iglesias a pedir por los difuntos, a las criptas. En fin, un día también muy sentido donde recordamos con fe y esperanza a nuestros fieles difuntos.

 

Enseñar con verdad

Este domingo 31 del tiempo ordinario, la lectura del Santo Evangelio de san Mateo va dirigido muy especialmente a los sacerdotes, al obispo, a los diáconos, a los que estamos al frente en la Iglesia como apóstoles, como ministros, como catequistas, como responsables, porque nos dice Jesús que debemos de enseñar con autoridad, con verdad, debemos enseñar  de acuerdo al Evangelio, de acuerdo a la Palabra de Dios, no como los fariseos, exactamente así lo dice, que les gusta aparecer, que les gusta que los alaben, que los aplaudan. Háganlo todo con sencillez, háganlo todo con humildad, háganlo todo con transparencia, prediquen el evangelio, prediquen a Cristo. Me dice a mi como obispo, a ti como sacerdote, a ti como catequista: cuando enseñes, cuando prediques, cuando des testimonio de la Palabra, lo hagas con sinceridad, con fidelidad. No te luzcas, no aparezcas tú; es Jesús, es Dios el que debe aparecer, no como los escribas y fariseos en sus cátedras. Ustedes no se dejen llamar, dice muy duramente, no se dejen llamar padres no se dejen llamar maestros, porque uno solo es el maestro, Cristo el Señor.

Y al final en el evangelio, nos da la clave, la regla que es para mí, obispo, es para ti sacerdote, para ti catequista, es para todo cristiano, que el que quiera ser mayor que sea el servidor de todos. El que se enaltece será humillado, el que se humille será enaltecido. Ahí está la regla de oro: ser humildes, ser sencillos, ser servidores, ser todos nuestros hermanos.

Por eso en el salmo responsorial le pedimos, a manera de súplica, Señor consérvame en tu paz, mi corazón es ambicioso, mis ojos soberbios, grandezas que superen mis alcances no pretendo… es lo que le pedimos a Dios a través de este salmo, en otras palabras ser humildes, ser sencillos como los santos, que sin duda alguna vivieron un cambio, una conversión de una situación determinada, tal vez alejados de Dios, tal vez en situaciones de pecado, pero se convirtieron, y a través de la humildad, la sencillez, alcanzaron la santidad.

 

Cómo tratar a los demás

Por eso, queridos hermanos, escuchemos también lo que nos dice san Pablo en la Carta a los tesalonicenses, donde habla del cómo tratar a los demás, como tratarnos entre nosotros, no con autoritarismo, no con desprecios, no con ofensas, sino con ternura, dice san Pablo, con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños.

Tan grande es nuestro afecto por ustedes… miren qué bonito, qué hermosa recomendación nos da san Pablo: tratarnos con ternura, tratarnos con gran afecto.

A veces entre nosotros mismos, lamentablemente, pueden existir envidias, pueden existir críticas ofensivas, destructivas, que lo único que hacen es causar división, enfriamiento, mal testimonio, que alguno se aleje por el mal trato que pudiéramos dar a los demás. Debemos tratarnos con ternura, tratarnos con afecto, siempre con mucha caridad, con amor, como escuchamos el domingo pasado, esto es la continuación: ¿cuál es el mandamiento más grande? amar a Dios con todo tu corazón. Ama a tu prójimo.

Hay continuidad siempre en la Palabra de Dios, cada domingo, por eso damos gracias, por eso nos reunimos como familia para dar gracias a Dios, pero insisto: hoy la Palabra de Dios nos está recomendando a los que predicamos, a los que catequizamos, evangelizamos, empezando por el obispo y los sacerdotes, lo hagamos con amor, lo hagamos de acuerdo al Evangelio, a Cristo, Buen Pastor, con humildad y con sencillez.

Tratémonos pues con gran alegría, con gran respeto unos a otros. Los invito pues también, como empecé esta reflexión, a irnos preparando a partir del próximo domingo, los siguientes tres domingos se nos estará preguntando: ¿estás preparado? Va a venir el Señor y se nos pide cuentas.

Es bueno evaluar nuestra vida cristiana, cada quien según su vocación, cada quien según su estado de vida, cada quien según lo que hace evaluar. Se nos va a estar preguntando si estamos preparados, cómo hemos vivido este año litúrgico, para al final de mes presentarnos a Cristo Rey y rendirle cuentas.

Dios me los bendiga a todos. Les abrazo, les bendigo, me encomiendo a sus oraciones siempre y les doy mi bendición: la bendición de Dios Todopoderoso Padre Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes.