Francisco Romo Ontiveros

El cuento es, sin duda, el género narrativo de mayor impacto. Contrario a la idea generalizada, que ve en la novela el principal referente literario y en el relato breve una suerte de texto menor, el cuento se destaca en realidad por la precisión en su estructura y su gran intensidad. No es gratuito, pues, que un sinnúmero de escritores cultiven este género dentro de su producción artística. Julio Cortázar, referente fundamental del cuento latinoamericano, emplea una analogía con el boxeo para explicar la diferencia: “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out”. Así, el final del cuento no es del todo previsible. Tampoco lo es la profundidad del contenido que uno u otro autor busca transmitir entre sus breves páginas.

Si bien Dostoievski (1821-1881) es mejor conocido por sus novelas, tales como Crimen y castigo o Los hermanos Karamázov, su faceta de cuentista merece toda nuestra atención. En esta ocasión recomendamos dos de los mejores cuentos del escritor ruso: El ladrón honrado y El sueño de un hombre ridículo. Ambos relatos ofrecen una dimensión profunda de la condición humana y consiguen trascender las nociones del bien y del mal, por encima de concepciones convencionales.

 

El ladrón honrado

Desde el título, este cuento presenta una contradicción que se resuelve hasta el final del relato. Astáfi Ivánovich es un soldado retirado que se aloja en la casa de un hombre soltero, el cual le alquila una habitación por un módico precio. Conforme se desarrolla el cuento, nos percatamos que el robo de un abrigo, cometido por un desconocido en perjuicio del casero, sirve a Astáfi para relatar otro robo, sucedido años atrás. La descripción por parte del soldado es de gran vitalidad, que el mismo propietario, acostumbrado a la soledad y al silencio, reconoce la habilidad de su inquilino; dice: “Para el transcurrir diario de mi habitual aburrimiento, alguien que relatara como Ivánovich, era un tesoro”. Así, la atención del lector va centrándose en la historia de un viejo alcohólico, que el huésped describe, y el hurto de unos pantalones. Casi sin percatarnos, aquella antigua anécdota se vuelve más importante que el acontecimiento reciente, pues el asunto del abrigo deja de interesar. Es gracias al magistral empleo de los tiempos narrativos que Dostoievski consigue aproximar dos sucesos, de apariencia insustancial, para ofrecernos la vida de aquél hombre que, presa del vicio, encarna las más humanas contradicciones ante las que todos conseguimos reconocernos. Si al inicio del texto el dueño de la casa exclama: “¡Es preferible que se queme una cosa que cederla a un ladrón!”; el cuento, de a poco, nos acerca a un mundo donde el contexto de los eventos adquiere importancia y nos enseña que, un hombre, no solo es producto de sus decisiones, sino fruto también de sus circunstancias.

 

El sueño de un hombre ridículo

Para muchos se trata del cuento más bello de Dostoievski. Es un relato estructurado en cinco partes que aborda la interrogante que ha aquejado al ser humano por siglos: ¿Es la realidad una mera construcción de ideas que se desvanece tan pronto y dejamos de soñarla? ¿Es nuestro mundo –como sintetiza un extraordinario poema de Jorge Luis Borges– tan solo “una actividad de la mente, un sueño de las almas, sin base ni propósito ni volumen”? En este maravilloso cuento, Dostoievski aborda dicho conflicto al presentarnos la historia de un hombre apesadumbrado. A un punto, el protagonista resuelve acabar con su vida, pues considera a la muerte como única escapatoria ante lo absurdo de la existencia y el sufrimiento que esta supone. Su egoísmo alcanza tal extremo, que el personaje llega a sospechar que todo cuanto hay es solo producto de su propia imaginación; razona: “si me suicidaba, el mundo desaparecería, al menos para mí. Por no hablar de que en realidad era probable que ya nada existiera tras mi desaparición, y que cuando se apagara mi conciencia, se apagaría y desaparecería al instante todo”. Si la vida es un sueño, Dostoievski sumerge, pues, a su hombre ridículo en un sueño mayor que consigue anunciarle la Verdad trascendental que lo libera.

Este relato sorprende por su vigencia. El escritor ruso parece anticipar –hace casi 150 años atrás– la actitud individualista (alejada de toda visión espiritual y definida por una moral despreocupada del bien colectivo) con la que el hombre moderno habrá de conducirse hasta nuestros días. En un momento posterior explicará otro de los personajes: “tenemos la ciencia, y por medio de ella buscaremos nuevamente la verdad […]. El conocimiento está por encima del sentimiento, la conciencia de la vida está por encima de la vida misma”. Así, esta obra maestra de Fiódor Dostoievski recrea la lucha constante entre una “verdad” terrenal que nos conduce por el azaroso caudal del sinsentido; y otra, que se eleva por encima del discernimiento humano.

 

 

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