Pbro. Jaime Melchor Valdez/formador del Seminario


 

Entre las vocaciones más misteriosas y a la vez calladas dentro de la Sagrada Escritura y con un papel fundamental en la Historia de la Salvación, se encuentra la de San José, el esposo de la Santísima Virgen María.

Elegido por el Padre celestial, hombre justo, como lo llama el Evangelio (Mt 1, 19), dispone toda su voluntad para que se realice la obra y el plan de Dios en la casa de David. La situación que vive este varón no es sencilla. En primer lugar, desposado con la joven María de Nazaret, tiene una zozobra inmensa al enterarse del embarazo de ella, por obra del Espíritu Santo (Cfr Mt 1,18; Lc 1,34-37). ¡Imaginemos el amor de José hacia María! José, conocedor del amor y la fidelidad de María, no quería denunciarla públicamente (Mt 1, 19b). Sabiendo que si su esposa era acusada de adulterio, moriría apedreada. No era posible pensar esto para esta joven virgen, llena de Dios (Cfr Lc 1,28.34). Con todo ello, Dios mismo fue trazando el camino adecuadamente para que José perdiera sus miedos (Mt 1,20-25). ¡Sólo un corazón puro y generoso puede entender claramente el designio de Dios en él! Este varón en el que Dios puso toda su confianza también, fue capaz de colaborar en la salvación de un modo particularmente especial. El Padre celestial le convierte en padre de su Hijo Amado. En efecto, las palabras: “ Le pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,21) indican que José tendría autoridad en este Niño que, como atestigua el Evangelio de Lucas, creció en edad y gracia ante Dios y los hombres (Lc 2, 51); también obedeciendo a este especial padre adoptivo, a quien el mismo Dios indica su misión.

No aparece en la Biblia alguna palabra que José haya pronunciado, pero su actitud y sus obras nos hacen entender perfectamente que cumple diligentemente con su misión en este mundo (Mt 1,24). Podemos aplicarle muy bien esta frase: “las palabras mueven pero el ejemplo arrastra”.

San José nos enseña, como varón justo, a respetar a la mujer; a amar y custodiar a la vida y la familia; a cuidar la vida de Jesús entre nosotros, o sea, a estar en gracia. El don de la castidad, la alegría y el trabajo son características esenciales de la vocación de este buen hombre. Enseñó a Jesús a trabajar (Cfr Mt 13,55). Por ello se le reconoce como patrono en el trabajo.

¿Quieres conocer y seguir de cerca a Jesús? ¡Acércate a San José! Él le ha conocido mejor que ningún varón de la historia. ¡Imagínate! Él cuidó a María, además de la infancia y juventud de Jesucristo. ¿No podría también cuidar tu vocación? ¡Claro que sí!