En esta fiesta de Pentecostés la Iglesia Católica celebra la venida del Espíritu Santo, pero ¿quién es o qué hace el Espíritu Santo?Sacerdote responde u ofrece cuatro consejos para seguir al Espíritu Santo 

 

Ana María Ibarra

El padre Jorge Iglesias, párroco de la comunidad de Dios Padre, habló a Presencia sobre los dones y las manifestaciones del Paráclito prometido por Jesús a su pueblo.

Aquí la entrevista.

 

1.¿Quién es el Espíritu Santo y cómo se manifiesta?

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Es el que conduce, el que orienta, el que fortalece la Iglesia y al cristiano, al discípulo de Jesucristo. Es el que nos hace conocer la verdad que es Jesucristo mismo. Nos da la gracia, la fuerza y bajo la unción del Espíritu es que podemos decir nosotros Abba Padre, podemos decir Jesús es mi Señor. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, que se derrama en la Iglesia, en los discípulos y es sobre todo aquel que va santificando el pueblo de Dios. El Espíritu Santo es aquel que lleva la misión y nosotros somos sus colaboradores en la Iglesia.

Desde Pentecostés, o si nos vamos al principio de la historia, vemos como el Espíritu Santo está presente, aleteaba el Espíritu de Dios sobre las aguas. El Espíritu Santo está presente y lo podemos palpar en el momento de la encarnación del Hijo de Dios. En el vientre de la Virgen María se manifiesta como aquel que entra en contacto con nosotros. Ya desde entonces, El Espíritu Santo se manifiesta como aquel que es el consolador, el paráclito, el abogado. El mismo Jesús lo menciona así “Les enviaré al paráclito, al consolador, al espíritu de la verdad”.

El Espíritu Santo se manifiesta en la Iglesia como aquel que aboga por nosotros, como aquel que es llamado para interceder por nosotros, aquel que consuela nuestra vida y nuestra misión. Lo hemos visto de algunas maneras, como por ejemplo en el bautismo de Jesús, como la paloma que se posó sobre Jesús. Se manifiesta en la imagen de lenguas de fuego en Pentecostés. Esas son las imágenes en las que se manifiesta, pero también se manifiesta en nuestra decisión firme y estable de conocer, de amar, de seguir al Señor, de trabajar en su Iglesia, en ese impulso interior para entregar nuestra vida y nuestro corazón al servicio de los demás.

Es el Espíritu Santo el que nos santifica a través de las obras buenas que hacemos en medio del mundo y de la Iglesia, nos orienta y fortalece, conduce a la Iglesia en su vida y en su misión.

 

2.¿Cómo debemos dejar actuar al Espíritu Santo después de recibirlo?

Primero que nada hay que invocarlo, hay que pedirlo, hay que suplicar que venga sobre nosotros. Dejarlo actuar es dejar que nos vaya configurando con Jesucristo, así como fue formando a Cristo en el vientre de la Virgen María tiene también esa misión de ir formando en nosotros otro Cristo en el seno de la Iglesia, buscar la imagen de Dios con la que fuimos creados. Dejar actuar al Espíritu Santo en nosotros es principalmente que vaya configurando a Cristo en nosotros en todas sus dimensiones, en sus sentimientos. Diría san Pablo en Filipenses 2, “tengan los mismos sentimientos que Cristo”, eso solamente lo puede hacer el Espíritu Santo, tener los mismos sentimientos, el mismo corazón, la misma mirada, el mismo impulso para servir a los demás.

 

3.¿Qué es el descanso en el Espíritu Santo? ¿Siempre se presenta en un retiro?

El descanso en el Espíritu Santo es un don de Dios, una gracia de parte de Dios, de parte de su Espíritu, sobre todo cuando la persona está bloqueada en cuanto a la apertura, al amor del Señor, cuando las dificultades de la vida son demasiado pesadas. El descanso en el Espíritu se da en ese ambiente de oración, de sanación, de liberación que el mismo Espíritu viene hacer en nuestra vida, en la vida del cristiano. El descanso en el Espíritu siento que no debería de ser tan frecuente, sobre todo porque es una gracia especial de parte de Dios que tiene un sentido de desbloquearnos en relación al Señor, a su amor, a su presencia. Tiene un sentido de sanación del alma, de liberación de vicios, de ataduras que no nos dejan caminar. Tiene un sentido de purificación también. El descanso en el Espíritu es la gracia para fortalecernos en el amor y dejarnos formar por él en la imagen de Cristo nuestro Señor. Aunque el descanso en el Espíritu no nos priva de nuestra voluntad ni de nuestra conciencia, porque no es un desmayo, dentro de esa debilidad del cuerpo, de lo humano, es donde recobramos la fuerza de lo divino. Es en la debilidad donde se manifiesta también la gracia y la fuerza de Cristo Jesús, del Espíritu Santo. El descanso en el espíritu es dejar que la fuerza de Dios nos abarque, nos inunde, nos llene para continuar con la misión de una manera diferente, de una manera más santa, más libre, más sanos en el espíritu.

Creo, con temor a equivocarme, que el descanso no tendría que ser tan frecuente y no tendría que ser en todos porque es un don, una gracia. No creo que tenga que suceder siempre. Hay que tener cuidado en eso porque satanás es muy astuto, sobre todo cuando hay oración de liberación y sanación. Cuando se está presentando la fuerza sanadora del espíritu, satanás es muy astuto para entretenernos con cosas que parecen buenas, que parecen santas y que parecen que son parte de lo que estamos viviendo y muchas veces no es así. Hay que tener mucho cuidado en este aspecto. Cada uno de nosotros tiene que abrirse al don del Espíritu Santo y dejar que el actúe, no dejar que nuestra necesidad de llamar la atención, nuestra necesidad afectiva de ser consolados, de ser considerados, pueda realizar en conciencia, porque esto sería un pecado de vanidad, de soberbia, de llamar la atención, cuando no debería ser así.

 

4.¿Cuáles son los dones extraordinarios del Espíritu Santo?

Conocemos los siete dones infundidos por el Señor. Los dones extraordinarios del Espíritu Santo son: del don de discernimiento, don de lenguas, de sanación, de liberación. Los que tenía el padre Pio de leer la mente, el corazón, el don de la bilocación. Los dones extraordinarios el señor los concede a personas concretas y siempre para beneficio de los demás, para beneficio de la Iglesia, de los hermanos. Si los dones nos ayudan para esa santificación, los dones extraordinarios tendrían como connotación especial ayudar para la Iglesia. Están orientados para ayudar en la sanación y la liberación de los demás.

 

 

5.¿Hay algo más que desee agregar?

El Espíritu Santo es el que lleva la misión en la Iglesia, es el que tiene el encargo de santificar la Iglesia y nosotros, los discípulos de Jesucristo somos colaboradores del Espíritu Santo.  Los invito a reflexionar que en la Iglesia no nos conducimos por nosotros mismos, ni por nuestros criterios, ni por lo que nosotros nos guste o nos apetezca, sino que la misión de la Iglesia la lleva, la conduce,  la fortalece el Espíritu Santo y nosotros somos sus colaboradores.

En relación a la fiesta de Pentecostés es importante que las comunidades cristianas pidamos la luz del Espíritu Santo, invoquemos su presencia, dejémonos llenar del Espíritu Santo porque no somos dueños de la misión, somos colaboradores. En lo personal todo este tiempo pido la gracia del Espíritu Santo e invito a mi comunidad especialmente a pedir al Espíritu Santo que es el que dirige y orienta la Iglesia y nosotros en humildad y sencillez dirigirnos a él y tener siempre conciencia de que somos sus colaboradores en la viña del Señor

 

 

Cuatro consejos de un sacerdote

para seguir al Espíritu Santo

 

  1. Primero la apertura al Espíritu Santo. Es una gracia que el Señor nos pide. Dice Jesús, “les conviene que yo me vaya porque si no me voy no podré enviarles al Espíritu Santo, pero si me voy mi Padre les enviara al Espíritu Santo”. Primero que nada es la apertura a ese don del Espíritu que recibimos por parte del Padre, por parte de Cristo Jesús.
  2. Debemos saber invocarlo, sobre todo cuando iniciamos nuestra oración. Nuestra comunión con Dios es bajo la acción, bajo la unción del Espíritu Santo, por eso siempre hay que pedirlo.
  3. Es conveniente hacer las novenas, que es una piedad popular, pero es conveniente para abrir el corazón, la mente, nuestra persona, nuestro ser.
  4. Hay que tenerlo siempre presente en nuestra vida porque él es el que nos da a conocer a Cristo, nos fortalece y nos conduce en la misión y siempre nos lleva por los caminos de la santidad.