Lecciones del 8 y 9 de marzo

P. Eduardo Hayen Cuarón

 

Después de las tensiones vividas durante el Día Internacional de la Mujer y durante la jornada del paro nacional del día 9 creo que, como cristianos y ciudadanos que aspiran a vivir en un México digno para todos, podemos aprender algunas lecciones.

Primero, miremos qué hay detrás de la rabia contenida. Miles de mujeres, buscando justicia, vandalizaron monumentos y se manifestaron contra el machismo agresivo. Algunas lo hicieron por el dolor y la preocupación. Otras, en cambio, buscando la paz sacaron toda la agresividad y la violencia de sus almas haciendo pintas en monumentos y destruyendo propiedades de otros.

La protesta fue una mezcla de verdades y mentiras. Es cierto que las mujeres están muy lastimadas por la violencia contra ellas. Imaginemos el sufrimiento de las madres con hijas desaparecidas. Su dolor es un dolor que la mayoría compartimos. Sin embargo las mujeres más agresivas están adheridas a la ideología de género, una ideología que no tiene sustento en la razón y que sólo aspira a tener puestos de poder para la causa feminista en la sociedad. No obstante, detrás de muchas de ellas se esconden vidas muy dañadas por abusos y violencia, lo que las llevó a adherirse a un movimiento social que terminará por hacerles daño. Esta furia y ceguera feminista también nos duele.

Segundo, nos preguntamos por qué atacaron los templos católicos. El domingo dejó un saldo de varias catedrales profanadas y templos vandalizados, con insultos a la Iglesia y daños emocionales en personas vulnerables que celebraban la Eucaristía. Una razón de las agresiones es porque la Iglesia es la gran institución en el mundo que se opone al aborto y a la ideología LGBT, contrarias a los objetivos del feminismo. Un segundo motivo es porque la Revelación divina, que predica la creación del hombre para la mujer y ésta para el hombre, y la encarnación de Dios en un varón llamado Jesús de Nazaret, son el origen del patriarcado que ellas detestan. Me atrevo a decir que el principal blanco de ataque del 8M es el cristianismo y, concretamente, la Iglesia Católica.

Tercero, ¿por qué hay una desconexión entre los jóvenes católicos con la Iglesia? Muchos de ellos no participan en las marchas pro vida por tener amigos con atracción al mismo sexo o por estar de acuerdo con el aborto y, en cambio, apoyan las marchas feministas del 8M. En estas actitudes se deja ver el adoctrinamiento que, a través del sistema escolar y la ideología LGBT presente en los medios, están recibiendo. Pero además la desconexión se debe a que ellos han tenido muy escasa formación en temas pro vida dentro de las estructuras de la Iglesia. Muchos colegios católicos y sacerdotes hemos fallado al no educarnos para la promoción de la cultura de la vida y la dignidad de la persona; nos hemos contaminado, en cambio, del espíritu del mundo que el Señor condenó. ¿Qué podemos entonces esperar de nuestros jóvenes que se forman en las parroquias y colegios?

Cuarto, hay que valorar y agradecer a todas las personas valientes que salieron a defender los templos católicos ante los ataques de las mujeres. Alguien me hizo el comentario de que le hubiera gustado ver también a sacerdotes en esa defensa pacífica y firme, junto a sus comunidades, lo que muy probablemente encendería aún más la furia feminista y desencadenaría mayor violencia. Tengamos claro que esas agresiones continuarán y, seguramente, arreciarán.

Ante el cambio de época que estamos viviendo –lo que significa una manera de ver la vida totalmente distinta a la óptica cristiana– no podemos continuar siendo una Iglesia que sólo sabe resistir a los que no piensan cristianamente. Ni el insulto, mucho menos la agresión física, pueden ser nuestra artillería, sino sólo la fuerza de la caridad y de la verdad. Cuando sea necesario habrá que proteger el templo por ser la casa de Dios, pero sobre todo debemos tener una propuesta educativa más audaz y atractiva, especialmente para los jóvenes, que construya cultura católica.

La marcha del 9M no debe frustrarnos ni amedrentarnos. Al contrario, ha sido una oportunidad para fortalecer nuestra identidad católica y para buscar, con inteligencia y ánimo generoso, propuestas a los desafíos de este cambio de época.

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