Mons. J. Guadalupe Torres Campos
Hoy es segundo domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, excelente domingo, muy bonito, esplendoroso y lleno de alegría. Todavía resuena esta hermosa noticia de la Vigilia Pascual ¡Aleluya, Aleluya, Cristo ha resucitado!

En esta Octava de Pascua hemos meditado textos muy bellísimos, donde Cristo resucitado aparece a discípulos, a las mujeres, a los apóstoles, a los discípulos de Emaús. La Iglesia se fortalece con el testimonio del encuentro con Cristo Vivo.

Por una parte este domingo segundo de Pascua, en el evangelio de San Juan Jesús se presentó en medio de los discípulos y les da un saludo: “la paz esté con ustedes”. El significado, la profundidad, la belleza de este saludo. Recordemos en la Eucaristía en varios momentos se nos da el saludo de paz de parte de Cristo y es muy propio del saludo litúrgico al inicio.

Saludo y envío
“La paz este con ustedes”, dice Jesús y les muestra las manos y el costado. Son testigos los discípulos del resucitado. Esto provoca, dice el texto, gran alegría, se llenaron de alegría y una segunda vez, un segundo momento les saluda, ‘la paz esté con ustedes’.
Junto con el saludo de paz también celebramos el domingo de la misericordia. Hablar de la paz es hablar de la misericordia, Cristo misericordioso resucitado que nos da su paz, nos llena de su misericordia, de su amor.

Es importante reflexionar que una vez que Jesús da este saludo, viene el envío. “Yo los envío”. El resucitado sale al encuentro de nosotros , nos da el saludo de paz y nos envía” “así como mi Padre me envió, yo los envío a ustedes”, y junto con este envío, que lo da con la fuerza y el impulso del Espíritu Santo, da una misión, algo muy concreto, al perdón, a la reconciliación: Perdonen los pecados.

Es interesante en este texto de San Juan todo se une en torno al amor de Dios. Cristo resucita, el saludo de la paz, el envío con la fuerza del Espíritu Santo y el perdón: es la misericordia del Señor que perdona todos nuestros pecados.

De esta manera se nos invita a experimentar el perdón y la misericordia de Dios, que es eterna. Por eso hemos cantado en el Salmo Responsorial, ‘la misericordia del Señor es eterna, aleluya’. Es eterna, es grande, infinitamente grande.

Entonces se nos envía a llevar la paz, a ser misericordiosos, se nos envía a escuchar. La segunda lectura de los Hechos de los apóstoles, que, éstos, llenos del Espíritu Santo y enviados por Cristo realizan munchos signos y prodigios en medio del pueblo. Inclusive eran tantos los que se acercaban a los apóstoles, con tal de tocar la sombra, con que la sombra de Pedro los tocara quedaban sanados.

Una fe verdadera
Recibo la paz, ofrezco y construyo la paz; recibo la misericordia de Dios y experimento en mi vida la misericordia de Dios, soy misericordioso, amo a los demás. Pero eso es de fe, es creer en Jesús a partir de un encuentro con Cristo, creer.

En esa primera ocasión Tomás no estuvo presente, pero luego se aparece ocho días después estando Tomas con ellos y saluda nuevamente: “La paz esté con ustedes, e invita a Tomás ‘ven, aquí están mis manos, acerca tus dedos, trae acá tu mano, métela en mi costado’ y le dice ‘no sigas dudando, sino cree. Creer en Cristo, creerle a Cristo a partir de ese encuentro con Él, con el resucitado. Que no dudemos.

Queridos hermanos, en este domingo de la misericordia, en este segundo domingo de Pascua pidamos a Dios que aumente nuestra fe, la fortalezca y a partir de este encuentro personal que toquemos a Jesús, que toquemos lo más íntimo de Jesús, la Eucaristía, la oración, la contemplación, la escucha de su Palabra, y a partir de ese encuentro nos llenemos de su paz y misericordia para ir y testimoniar con fe y con las obras, lo que Cristo resucitado ha hecho por nosotros.

Los sigo felicitando por la Pascua. Un abrazo con todo mi cariño y que la bendición de Dios Todo poderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes. Un abrazo, buena semana.

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