Felipe Monroy/ periodista católico

No es la primera vez que al WhatsApp ‘se le cae el sistema’. En febrero del 2014 se fue el servicio por cuatro horas a un universo de 4.5 millones de usuarios; pero la caída de tres horas el pasado 3 de mayo simplemente volvió loco al mundo. La explicación razonable de tal efecto sería porque este servicio de mensajería instantánea hoy es utilizado por más de mil millones de usuarios.En este momento hay millones de negocios, empresas y organizaciones sociales cuyo modelo de comunicación es casi exclusivamente el WhatsApp. Que este servicio tenga fallas no debería sorprendernos; lo que debe inquietarnos es el pánico que provoca entre sus usuarios la posibilidad de no contar nuevamente con esta aplicación. Pongo un ejemplo: Una mujer emprendedora que hace comida para empleados de oficina en la Ciudad de México me aseguró que sus ventas se desplomaron durante la caída de WhatsApp porque ella implementó un servicio a domicilio soportado en dicha mensajería.

¿Y si no hubiera vuelto a funcionar el sistema? ¿Qué habría hecho esta microempresaria? Y si mañana o pasado mañana vuelve a caerse el WhatsApp, ¿se resignará a que su negocio pierda de nuevo? ¿Cuándo es buen momento para mirar al futuro, poner la mirada en el horizonte de lo posible, y cuándo es imprescindible atender lo más próximo para sortear las amenazas inmediatas?

 

A la antigüita

¿Se ha preguntado usted dónde y cómo encontraría información si Google dejara de existir? ¿Lo haría “a la antigüita”? ¿O quizá piense que, de una u otra forma, encontraría una nueva idea, inédita y revolucionaria, para hacer mejor (mucho mejor) lo que Google ya hace hoy?

Quizá haya escuchado aquella canción de Silvio Rodríguez sobre esos Tres Hermanos que salieron “a descubrir y a fundar” cada uno con su propia estrategia: uno miró el horizonte; el otro, dónde ponía el pie y el tercero, que torció los ojos mitad y mitad. Y, dice la fábula: se hicieron viejos queriendo ir lejos a donde nunca llegaron.

Pienso en ello cada vez que se habla de largos planes a futuro. En octubre de 2006, por ejemplo, el presidente Felipe Calderón presentó el plan “México 20-30, proyecto de gran visión” y el gobierno de Peña Nieto le ha dado moderado seguimiento principalmente en lo referente a las perspectivas económicas en energéticos y combustibles tras las reformas aprobadas; y apenas, el 26 de abril pasado, con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible con 17 metas específicas a alcanzar.

 

Mirar lejos, en la Iglesia

La Iglesia católica en México también ha comprendido que está obligada a mirar lejos y ha implementado el Plan Global Pastoral 2031-2033. Se ha puesto ese horizonte de tiempo porque por esos años la iglesia celebrará los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los 2000 años de la muerte y resurrección de Jesús.

En principio, es muy positivo que las instituciones (incluso cada uno de nosotros) tengan oportunidad de mirar lejos y planear con moderada prudencia los desafíos del futuro; pero el verdadero reto se encuentra en cómo emprender camino hacia el horizonte propuesto. Mirar lejos viene bien pero no se pueden menospreciar los acontecimientos inmediatos, menos ahora que la ‘cultura de lo inmediato y de lo efímero’ marca el ritmo de los cambios sociales. Ya vimos cómo las tres horas de falla en el WhatsApp trastornaron no pocas dinámicas muy adaptadas a ese esquema.

La opción es que la mirada no sea fija; ni el plan, absoluto. Que la comodidad del momento no responda a nuestra plena adaptación sino a nuestra capacidad para adaptarnos al porvenir. ¿El gobierno estará contemplando la probable carestía de mexicanos debido a la disminución de la natalidad? ¿Qué opciones habrá para el país si la tasa de reposición llegara a poner en riesgo la heredabilidad de la cultura mexicana y de sus instituciones? ¿Y la iglesia mexicana? ¿Con qué porcentaje de familias católicas celebrará los 500 años del ícono Guadalupano?

Supongo que, cuales fueren sus observaciones, es evidente que hay que actuar de inmediato. @monroyfelipe