Locura feminista

P. Eduardo Hayen Curarón

Hace unos días se realizó una marcha feminista en Ciudad de México para exigir la despenalización del aborto en el país. Un valiente grupo de hombres y mujeres católicos se plantaron frente a los templos de la calle Madero para impedir que las mujeres los vandalizaran. Sin embargo al llegar al zócalo se dirigieron a la Catedral metropolitana donde hicieron pintas abortistas en las banquetas y puertas del atrio. Mientras tanto en Oaxaca las feministas –muchas de ellas venidas desde Argentina– celebraban la despenalización del aborto en aquella entidad, aunque su aprobación resultara inconstitucional, pues la Carta magna de Oaxaca protege la vida desde el vientre materno.

Estamos ante una guerra muy intensa en México entre la causa pro vida y la cultura de la muerte. Diversas encuestas indican que el pueblo mexicano es un pueblo a favor de la vida, y sólo una minoría quiere la despenalización del aborto. Esta minoría tiene todo el respaldo de organismos extranjeros que quieren implantar por la fuerza el aborto libre para toda América latina y el mundo, así como de legisladores, medios de comunicación, intelectuales y académicos. El objetivo de estos «progres» es romper con la estructura de la persona y de la sociedad.

En los orígenes de esta crisis está la ideología de género que, como toda ideología, tiene una visión torcida de la realidad. Los grupos feministas radicales que la apoyan creen que la feminidad y la masculinidad son invento de lo que ellos llaman la cultura patriarcal o el patriarcado. Es decir, ellos niegan la existencia del varón y de la mujer naturales, y afirman que las diferencias sexuales son mera construcción cultural. Aprendimos a ser varones o mujeres porque así nos lo enseñaron, pero no porque ello tenga relación con nuestra biología. Esta visión distorsionada de la vida niega la naturaleza ser hombre, mujer, padre, madre o familia; todo esto pierde su sentido y puede ser sustituido por cualquier cosa que se nos ocurra.

El daño más grave del movimiento feminista radical, además de querer apoderarse de la reproducción implementando el aborto libre, es destruir a la Familia que se basa en la complementariedad del hombre y la mujer, y apoderarse de la educación de los niños y jóvenes para adoctrinarlos haciéndoles creer que no existen los niños y las niñas, sino que todos nacemos con género neutro, y que cualquier relación sexual es legítima con la condición de no causar daños a la salud. Hoy muchos niños crecen en una gran confusión respecto a su identidad, con toda la frustración e infelicidad que ello trae. Lo están logrando a través de las clases de educación sexual escolar.

A los que todavía conservan la cordura y se atreven a denunciar la locura de la ideología de género y sus fines abortistas y homosexualistas se les considera enemigos del progreso, y se les discrimina dentro de los partidos políticos, en dependencias gubernamentales, en empresas o en escuelas y universidades. Como católicos estamos llamados a resistir, a llamar a las cosas por su nombre y no ser parte de esta demencia que rompe con la estructura natural de la persona y de la sociedad. El costo que tendremos que pagar será descomunal si seguimos aplaudiendo la agenda feminista.

 

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