En este artículo, el padre Víctor Fernández, párroco de Santa Rosa de Lima, experto en bioética, explica el significado de la muerte para los cristianos y por qué se diferencia de la muerte animal…

 

Pbro. Víctor Fernández/ Licenciado en bioética

 

La muerte y su significado para los cristianos

Para los primeros pensadores del mundo griego, la muerte era  la separación del alma del cuerpo (cf, Fedón). A partir de esta concepción de la muerte se van a desarrollar una serie de planteamientos que van a influir hasta el pensamiento de nuestros días, y que según el enfoque que se le dé, va a ser el sentido y significado que tenga.

Para nosotros los cristianos la muerte es una consecuencia del pecado original, pues con este pecado la naturaleza humana quedó debilitada, sometida al dominio de la muerte y la concupiscencia. Sin embargo, si por la desobediencia de un solo hombre (Adán), entró el pecado y la muerte en el mundo, así también por la obediencia y justificación de Cristo, nuevo Adán, tenemos la esperanza cierta de la Vida Eterna.

Gracias a Nuestro Señor Jesucristo, la muerte no tiene un sentido negativo, aunque sea consecuencia del pecado. No es un castigo de Dios como muchas veces se cree.

San Pablo llega a afirmar: “Para mi la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Flp. 1,21). Haciendo eco de estas palabras de San Pablo, la muerte para el cristiano tiene que ser, en primer lugar, un vivir en Cristo, y su salida de este mundo, la oportunidad de encontrarse con Dios, en donde quedaran colmadas todas las expectativas del ser humano, por que ya no habrá ni sufrimiento ni dolor, todo lo material habrá pasado y comenzará el deleite de los cielos nuevos y la tierra nueva.

 

Destino final de los fieles difuntos

Siguiendo la antiquísima tradición cristiana, la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados.

En la memoria de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, misterio a la luz del cual se manifiesta el sentido cristiano de la muerte, la inhumación es en primer lugar la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal.

La Iglesia, como madre acompaña al cristiano durante su peregrinación terrena, ofrece al Padre, en Cristo, el hijo de su gracia, y entregará sus restos mortales a la tierra con la esperanza de que resucitará en la gloria.

Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia. No puede permitir, por lo tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la “prisión” del cuerpo.

 

Obra de misericordia

Además, la sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos, que mediante el Bautismo se han convertido en templo del Espíritu Santo y de los cuales, «como herramientas y vasos, se ha servido piadosamente el Espíritu para llevar a cabo muchas obras buenas».

Tobías, el justo, es elogiado por los méritos adquiridos ante Dios por haber sepultado a los muertos, y la Iglesia considera la sepultura de los muertos como una obra de misericordia corporal.

Por último, la sepultura de los cuerpos de los fieles difuntos en los cementerios u otros lugares sagrados favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de los familiares y de toda la comunidad cristiana, y la veneración de los mártires y santos.

Mediante la sepultura de los cuerpos en los cementerios, en las iglesias o en las áreas a ellos dedicadas, la tradición cristiana ha custodiado la comunión entre los vivos y los muertos, y se ha opuesto a la tendencia a ocultar o privatizar el evento de la muerte y el significado que tiene para los cristianos.

 

Cremación permitida

En relación a la cremación y destino de las cenizas del difunto, la Santa Sede a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado un nuevo documento en el que se recuerdan las normas sobre la sepultura de los muertos y sobre todo la conservación de las cenizas. Así, prohíbe su dispersión “en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”.

Si por razones legítimas se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente.

 

Qué debemos hacer por los muertos

En muchas de las ocasiones cuando se despide de este mundo a un ser querido, indudablemente se experimenta una tristeza y un sufrimiento que nos llevan a preguntarnos: ¿Que más puedo hacer por este ser querido que ha muerto? Nuestra fe y nuestra Iglesia nos enseñan que siempre hay que orar por nuestros fieles difuntos, por su purificación y por el perdón de sus pecados, para que puedan llegar a la presencia y contemplación de Dios. También se pueden ofrecer ramilletes espirituales, misas, confesiones, comuniones obras de caridad e indulgencias.

 

La muerte de los animales

Entre el hombre y los animales existe una diferencia radical, que no es solamente de grado (el hombre es más inteligente, más capaz que los animales), sino que es de naturaleza: el hombre no es una animal superior más perfecto que otros animales, sino que no es animal, porque, aunque sea parecido a los animales bajo el aspecto anatómico y sensitivo, tiene una alma espiritual y mortal que ningún animal posee.

En suma, digamos que el alma humana es de naturaleza espiritual, mientras que el alma de los animales no lo es, es un alma material.

Este reconocimiento no demerita a los animales como compañeros leales y creaturas útiles al hombre. Más bien nos mueve a reflexionar sobre las actitudes exageradas que se toman con los animales. Si bien muchos de ellos pueden ser nuestros compañeros leales, esto no significa que sean idénticos a nosotros y que deban recibir las mismas atenciones espirituales que un ser humano.

Cuando un animal muere hay que buscarle un lugar adecuado para enterrar sus restos, por respeto a que también es parte de la creación de Dios, pero no se puede pretender que haya un cielo para mascotas.