Mons. J. Guadalupe Torres Campos

Muy buen domingo tengan. Le saludo con alegría, con gozo, desde el otro lado del mundo, desde Dublín, Irlanda, conviviendo con muchas personas, obispos, sacerdotes, religiosas, muchos laicos, todos participando de este Encuentro Mundial de las Familias, le saludo con mucho cariño, afecto y amor de padre y pastor, siempre mi corazón con ustedes, dondequiera que esté.

Es el quinto y último domingo de esta serie de temática en torno a la Eucaristía. Siempre Cristo nos sorprende, nos dice algo nuevo, la Palabra de Dios es nueva y eficaz, dice san Pablo, “como una espada filosa que penetra corazones”, por eso es una riqueza extraordinaria, lo que cada domingo y entre semana, siempre la Eucaristía, la Palabra de Dios, el Pan de la Palabra que también es alimento, nos comparte el Señor en toda celebración.

 

Nos dice Jesús

Jesús nuevamente nos dice al inicio del evangelio de San Juan, “mi carne es verdadera comida, mi sangre es verdadera bebida”. Jesús lo afirma y continúa en este discurso revelándonos lo que Él es: Yo soy el buen Pastor, Yo soy la puerta, Yo soy el Reino de Dios, en fin. Mi carne es verdadera comida, mi sangre es verdadera bebida. Y así esto causó incomodidad en muchos, incluso en algunos discípulos, no tanto en los apóstoles y en algunos seguidores.

Dice San Juan que muchos dijeron “este modo de hablar es intolerable”. La gente que no tiene fe, que no cree, no acepta este modo de hablar de Cristo, es intolerable. Nos incomoda muchas veces por el estilo de vida que llevamos. La Palabra de Dios siempre nos incomoda, y qué bueno que nos incomode, nos interpele, para creer más y aceptarlo más, para corregirnos, para convertirnos. Pero muchos, como nos dice el texto, no creyeron. Al final del trozo del evangelio de San Juan que se ha proclamado, dice, “desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás, ya no querían andar con El, delante de Cristo”. ¡No podemos ser tibios!, o estamos o no estamos, o aceptamos a Jesús o lo rechazamos. Queremos andar con El, queremos seguirlo o no queremos andar con El y no queremos seguirlo. Tiene que ser determinante el seguirlo y amarlo, comer su cuerpo y su sangre. Ahí está, aquellos muchos discípulos se echaron para atrás, ¿cuántas veces nosotros, con nuestras actitudes, con nuestros comportamientos, con nuestros sentimientos y pensamientos también nos echamos para atrás?

 

Un compromiso

El aceptar a Jesús como el Pan de vida implica vivir en plenitud la vida de Cristo. Compromiso de fidelidad de amor, de entrega.   Yo como obispo y sacerdote comulgo a Jesús y eso me lleva a la santidad como un buen obispo y sacerdote a hacer el bien y cumplir con mi misión; igual al sacerdote, al diácono, al seminarista, igual a ti matrimonio, padre o madre de familia, hijo, catequista, proclamador de la Palabra, miembro de un grupo… también a ti, si tú crees en Cristo, en la Eucaristía, estás llamado a  vivir con fidelidad la vida que Cristo nos da.

Muchas veces nos echamos para atrás, no somos coherentes , no vivimos la Eucaristía en nosotros, por nuestro egoísmo, pereza o nuestra soberbia, por nuestros vicios. Y eso daña a la Iglesia, daña a la sociedad, a la familia, porque con mi mal obrar perjudico y luego vienen las consecuencias.

Estamos reflexionando aquí sobre la familia, cómo es un valor, cómo es algo rico. La familia debe alimentarse del Pan de la Palabra y del Pan de la Eucaristía. Que haya vida en las familias, vida de gracia, de amor. Y es la Palabra y la Eucaristía lo que fortalece las familias, pero cuando no aceptamos a Jesús, no nos comprometemos a seguirlo, pasa lo que pasó con esos discípulos que se echaron para atrás y ya no quisieron andar con él por las envidias, las discusiones, los egoísmos que destruyen a la familia y a la sociedad, a la Iglesia. ¡Que no sea así entre nosotros!

Por eso Jesús se dirige fuertemente a sus apóstoles y les hace esta pregunta ¿También ustedes quieren dejarme?, ¡qué pregunta tan fuerte!, aplícala a ti, a mi, y piensa cuál es tu respuesta.  Simón Pedro le respondió, “Señor, ¿a quien iremos?, Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el santo de Dios.

 

Reflexionar

Que durante estos días, ante la pregunta que Jesús te hace, reflexiones y apliques a tu vida y respondas con tu vida lo que Pedro respondió ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de Vida Eterna, y el pan de la Palabra. Tú tienes  la comida y la bebida verdadera, que eres Tú mismo. Nosotros creemos en ti, sabemos que Tú eres el Santo de Dios, lo que implica decírselo, confesarlo con las palabras, con los hechos, con el compromiso, con nuestra fidelidad diario.

Reflexiónalo, aplícalo en tu vida, confiesa una fe verdadera. Por eso le pedimos a Dios nos dé (como decíamos el domingo pasado) sabiduría y prudencia, para mantenernos fieles y que nunca le demos la espalda a Jesús. Tal vez suceda, pero con su gracia y con su sabiduría y prudencia, volver siempre al Señor, porque tiene Palabra de Vida Eterna.

Nuevamente este domingo aparece el salmo “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”. Confiemos en su ayuda. “No nos dejes solos”, dice el salmo, “los ojos del Señor cuidan al justo”. Escucha al Señor el hombre justo y también, de la última frase, “muchas tribulaciones pasan al justo, pero de todas ellas Dios lo libra.

Confiemos en el Señor, pongamos nuestra confianza en Él, confesemos nuestra fe en Cristo Eucaristía, que es el Pan Vivo, que es la comida verdadera y la bebida verdadera, su Cuerpo y su Sangre para nosotros.

La bendición de Dios Padre Todopoderoso, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes.