Perdido es el tiempo no dedicado al amor. Acción poética

Luis Carlos Lozoya/comentarista católico

Hace un par de meses tuve la oportunidad de asistir a la conclusión de un retiro de adviento del curso de confirmaciones de una de mis hijas y al final se les invitó a los padres de familia a dar algún testimonio. Me sorprendió que de las tres personas que hablaron, dos de ellas mencionaran que con el ajetreo del ritmo de vida actual ya ni siquiera tenían tiempo para rezar.

Arrancamos un nuevo año y pienso que es un buen momento para hacerse un par de preguntas fundamentales: ¿Para qué existo, es decir, cuál es mi fin en la vida, para qué me creó Dios? Y la segunda pregunta es: ¿qué necesito para lograr mi fin en la vida? La respuesta honesta a ambas preguntas te ayudará a colocar todo en su justo orden. Si tienes un carro y no tienes tiempo para echarle gasolina entonces ahí tenemos un serio problema.

La oración, junto con la Eucaristía es la gasolina de la vida espiritual. Si no tienes tiempo para rezar ni para asistir a la Santa Misa tu vida no está bien y muy pronto languidecerá la fe, el amor y la esperanza e intentarán, inútilmente, ser sustituidas por bienes materiales, por comodidades, por formas desordenadas de perder el tiempo; luego ya no tendrás tiempo para tus hijos, luego no tendrás tiempo para tu esposa(o) y finalmente no tendrás tiempo para ti.

Jesús toca cada día a tu puerta, no una, sino muchas veces. Si no tienes la serenidad y el orden en tu vida difícilmente podrás identificarlo y escuchar su voz. Ojala y uno de tus propósitos de año nuevo sea recuperar esa sana vida cristiana que tenías, este año especial de la Misericordia es una buena oportunidad para hacerlo; de no ser así te sucederá lo que escribió el gran Lope de Vega (poeta español 1562-1635)

 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

“Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía”!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

“Mañana le abriremos, respondía,

para lo mismo responder mañana!