Nueve secretos para dejar de amar el dinero

  • La codicia y la avaricia, el querer tener más y más dinero, es capaz de destruir a la persona.

 

Aleteia

Vivimos en una sociedad que idolatra el éxito. En esta carrera por la felicidad y la buena vida, sin que nos demos cuenta, el dinero y los bienes que adquirimos terminan poseyéndonos. ¿Cómo no caer en esta trampa?

 

  1. No huir de este defecto

Que nadie vea esta enfermedad de la codicia como una enfermedad pequeña”, dice san Juan Casiano.

“Quien ha cedido una vez a la lujuria de una pequeña suma de dinero y ha permitido que la codicia arraigue en su corazón, no puede evitar inflamarse pronto por un deseo más violento”.

  1. Tu dinero ¿De dónde viene?

“El tacaño es como un cerdo que come bellotas sin levanter la cabeza para saber de dónde vienen”. San Juan María Vianney.

“El hombre, en el uso que hace del dinero, nunca debe considerar que las cosas que legítimamente posee le pertenecen solo a él, sino que debe considerarlas comunes: en el sentido de que pueden beneficiar no solo a él, sino a los demás”. (Concilio Vaticano II)

  1. ¿Dónde está tu Tesoro?

“Allí estará también tu corazón”.

San Francisco de Sales da esta imagen: “Las águilas hacen sus nidos como una palma, y dejan en ellos una pequeña abertura en el costado de arriba; los ponen a la orilla del mar, y los hacen tan firmes e impenetrabkes que las olas los soprenden, que el agua no puede entrar nunca en ellos. Tu corazón debe ser así, abierto solo al cielo, e impenetrable a las riquezas y a las cosas obsoletas”.

  1. Sé generoso

Practical as virtudes contrarias. Dar sin retorno, sin demora y sin restricciones. “Den gratuitamente” (Mt 10,8); “Den, y se les dará porque la medida con la que ustedes midan, también se usará para ustedes” (Lc 6, 38).

El Antiguo Testamento pide pagar a Dios el diezmo, es decir, una décima parte de sus ingresos (no sus gananacias), pero es mucho más por gratitude a Cristo el Salvador, que uno debe establecer la cantidad de donativo a la Iglesia.

  1. Da a los pobres

San Basilio gritó literalmente al “hombre rico” que “evita los encuentros para no verse obligado a dejar escapar la más minima limosna. Sólo sabes una palabra: “No tengo nada, no dare nada, porque soy pobre”. Sí, eres pobre, no posees nada de bienes: eres pobre en amor, pobre en bondad, pobre de fe en Dios, pobre en esperanza eterna.

Consejo práctico: Tener algo de cambio en el bolsillo, no dar a todos los mendigos, solo a un número decidido de antemano, dar sin juzgar, sin clasificar (no , no él porque beberá), finalmene dar dándose a sí mismo, con una sonrisa o una palabra.

 

  1. Cambia la perspectiva

En lugar de dar cuando ya hayas satisfecho tus propias necesidades, establece de antemano cuánto dinero darás a las organizaciones benéficas con las que colaboras para ayudar a los más débiles.

  1. Ve a la raíz

Acuérdate de la parabola del que acumula riquezas por seguridad: “Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién sera lo que has amontonado?’ (Lc 12,20). Sin embargo, el abandono a la Providencia nunca ha sido improvisación. No se trata solo de una cuestión de prudencia (ahorrar para la educación futura de los hijos), sino también de justicia (evitar depender lo más possible de nuestros conciudadanos).

  1. Se concreto en el don

Podemos pensar en qué gastas tu dinero ¿Ha sido realmente útil lo que he comprado a lo largo del año (ropa, utensilios, etc.)?

San Ignacio de Loyola en “Las reglas en la distribución de la limosna”, da el ejemplo de ‘San Joaquín y Santa Ana que, cada año, hacían tres porciones de sus bienes: una para los pobres, la segunda para el servicio de Templo y el culto, reseverando finalmente la tercera para las necesidades de los pobres”.

  1. Practica el desprendimiento

“Un pequeño fuego es suficiente para quemar mucha leña; y con una sola virtud, escapamos de todas las pasiones que acabamos de decir. Esta virtud se llama desprendimiento: es generada por la experiencia y el gusto de Dios, y por el pensamiento del balance que debe darse en la hora de la muerte”. san Juan Clímaco.

 

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