Pbro. Mario Manriquez 

La carta del papa Francisco acerca de los resultados de la investigación del gran jurado de estado de Pensilvania dirigida a todo el pueblo de Dios no debe ser guardada por ahí, ni leerse como una simple aceptación de culpa, es un documento incitante, exige pasar de la reflexión a la acción, no estacionarnos en discursos demagógicos que solo van en detrimento de “los pequeños” y diluyen poco a poco las soluciones verdaderas para que cesen estos abusos, no solo dentro de la Iglesia, sino también dentro de esta sociedad marcadamente  desmembrada de valores; no se diga en nuestra ciudad, donde el número de niños abusados por sus padrastros y algunas veces por sus propios padres es muy alto, y ha llegado lamentablemente, en más de una ocasión, a la misma muerte de inocentes.

En el ámbito eclesial, el tema del abuso a menores se torna importante para las casas de formación sacerdotal. Es ahí donde la Iglesia debe dar los primeros pasos necesarios para garantizar la adecuada formación de los futuros clérigos, y por tanto, la salud del pueblo de Dios, y esto empieza por una concienzuda elección de los sacerdotes que están al frente de los seminarios.

A lo largo de mi formación, tuve la oportunidad de conocer varios seminarios en las diferentes etapas de estudio.  Hace unos años llegó a mis manos una carta que aún conservo, de un rector de una de estas instituciones; cuestionado sobre la idoneidad de uno de los candidatos al sacerdocio, en materia de tendencias y conductas homosexuales que reflejaba dicho sujeto, y que ya se habían reportado sin que hubiera acción correctiva de parte de los responsables, el rector respondió mediante dicha misiva, con un contenido que apunta y descubre a un desorientado rector de Seminario, que defendía la posibilidad de ordenación de jóvenes con tendencias homosexuales que aspiran al sacerdocio;  se cuestionaba así mismo en la carta: “¿Cómo vivir la caridad pastoral con los jóvenes que aspiran al ministerio en medio de sus fallas?” “¿conocer el pecado y la falla de un joven, nos autoriza para descalificarlo totalmente y negarle todo acompañamiento y camino de superación aun cuando no sea apto para el ministerio?” Estas interrogantes no tienen lugar cuando se habla de un futuro ministro del altar, como ya lo expresó claramente el Papa Francisco durante la audiencia general del 21 de mayo de este año,  en que pidió a los sacerdotes encargados velar por la calidad de los candidatos, evitando aceptar en la formación, jóvenes de “tendencias homosexuales ”. La Ratio Fundamentalis Institutionis   Sacerdotalis del 8 de diciembre del 2016, publicada bajo el título ‘El don de la vocación presbiteral’ por parte de la Congregación para el Clero, dice : ‘En relación a las personas con tendencias homosexuales que se acercan a los seminarios, o que descubren durante la formación esta situación, en coherencia con el magisterio, la Iglesia , respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al seminario y a las ordenes sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas, o sostiene la así llamada cultura gay. Dichas personas se encuentran efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres, de ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la ordenación de personas con tenencias homosexuales…’ ( n. 199).La falsa concepción de la caridad pastoral, que lamentablemente fue usada como criterio en algunos casos, llevó a muchos rectores a recibir candidatos que no eran aptos para el ministerio, lo cual ha sido un grave error. Y resulta obvio entonces, que no puede haber formadores homosexuales en ningún Seminario; no ejercerían un sano juicio sobre la idoneidad de los candidatos al ministerio.

También es necesario abrir las puertas y ventanas, para que el viento del Espíritu Santo, limpie las etapas de formación de los sacerdotes. No se puede apelar más a decisiones secretas y de  “conciencia” cuando se trata de la idoneidad de una vocación. En la carta que refiero del rector de aquel seminario, decía éste, -como para defenderse- “Contaste un dato que solamente sacerdotes del seminario y el señor obispo lo saben ¿Cómo llego a ti dicha información?”. Así reclamaba este rector, en vez de atender el problema le interesaba una supuesta fuga de información, algo que definitivamente debe desaparecer de nuestra iglesia. Cada candidato al sacerdocio, es digno de confianza en la media de la transparencia de las instancias de formación, y en ese sentido no se podrá avanzar mientras se sigan alegando razones secretas para ordenar a alguien. No es hora de defenderse ni justificarse, sino de tomar las medidas para que esto no se repita.

Por otro lado, y hay que decirlo también, ha sido valiente e incansable el Papa Francisco al enfrentar una y otra vez una página que no acaba de cerrarse, pero en realidad no debemos olvidar que el obispo de Roma preside en la caridad a los demás obispos del mundo, pero cada uno de ellos debe tener el tamaño para enfrentar y erradicar de raíz este problema en sus propias diócesis, porque no es justo tampoco que se atribuya al Papa Francisco una forma de gobierno que en realidad nunca ejercerá en la iglesia, primero porque humanamente es imposible, segundo porque la forma de presidir la iglesia del Papa es de comunión y esta nota, a la vez que nos habla de unidad, nos subraya la responsabilidad de cada obispo en su diócesis y de cada conferencia episcopal en su país; que importante recuperar este dato de nuestra iglesia católica y aquí mismo nuestra diócesis comenzar a dar los pasos que nos permitan tener seminarios seguros, parroquias seguras y escuelas católicas seguras, y aunque en este escrito hemos hablado sobre todo de las personas homosexuales por que representan el número más grande en proporción de sacerdotes abusadores, habrá  que tomarse el tiempo para reflexionar sobre aquellos que también equivocadamente, con otros motivos buscan, más que un servicio, un poder; estos también deben quedar fuera definitivamente de la formación al sacerdocio.

Es demasiado el dolor que se ha inferido a las víctimas, y por tanto, no se debe realizar un discernimiento vocacional sin tomar en cuenta estos datos de dolor que tanto nos avergüenza.

Por último, a quien le parezca que esto es muy duro yo lo invito a que se detenga y contemple el dolor de las víctimas.

Dios Bendiga Ciudad Juárez.

 

Compartir