Dios lo da todo con tal de encontrarse con nosotros, afirma el padre Víctor Vega en esta reflexión sobre la Epifanía del Señor que celebramos este domingo 6 de enero.

 

P. Víctor Manuel Vega, director espiritual Curso Introductorio/ Seminario Conciliar

Durante estos días hemos celebrado la alegría de la Navidad, el misterio del amor del Padre que se nos revela en Cristo. Sin este amor, nuestra existencia carece de sentido y dirección. Pues celebrar Navidad es celebrar el amor de Dios que ha hecho hasta lo imposible para que podamos experimentarlo y conocerlo y, como consecuencia seguirlo. Este amor tiene la capacidad de transformarlo e iluminarlo todo. Por ello, el tiempo de Adviento con su espiritualidad nos recuerda que nuestra vida y condición humana adquiere sentido gracias a que por la obra de Dios, somos capaces de pasar de la oscuridad a su luz admirable. Cristo es la luz del mundo que ilumina a todos los hombres, para que no vivamos como hijos de las tinieblas, sino como hijos de la luz. Ya no abrazados por la esclavitud del pecado, sino por la libertad que se nos da al ser hijos de Dios. Con razón se expresa bellamente así un prefacio de Navidad: “Por Él, hoy resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio que nos salva, ya que al asumir tu Hijo nuestra fragilidad humana, no sólo quedó nuestra carne mortal honrada para siempre, sino que, por esta unión admirable, nos hizo partícipes de su eternidad”.

 

El mejor regalo

Dios Padre, en el misterio de la Navidad, llegada la plenitud de los tiempos, ha decidido en una iniciativa de amor manifestarse a los hombres en la encarnación de su Hijo y así, darle pleno sentido a nuestra existencia. Ya no habla a través de los profetas, sino a través de su Hijo. Este es el gran regalo de Dios a la humanidad, el regalo que Dios ha dado a cada uno de nosotros. No existe otro mejor. Benedicto XVI dice que “aquello que ilumina y da sentido pleno a la historia del mundo y del hombre comienza entonces a brillar en la gruta de Belén; es el Misterio que contemplamos en Navidad: la salvación que se realiza en Jesucristo. En Jesús de Nazaret, Dios manifiesta su rostro y pide al hombre la decisión de reconocerlo y de seguirlo” (12 de diciembre de 2012). Sí, no cabe duda que este regalo de Dios es lo mejor que podemos recibir, pues gracias al misterio de la encarnación hemos recibido la salvación y la redención. Estas palabras del Papa nos ayudan a comprender y vivir también, el misterio de la Epifanía, la manifestación de Dios a aquellos hombres venidos de Oriente, encuentro tornado en adoración. Adoración precedida del reconocimiento en aquel niño, de la presencia divina: Dios hecho hombre.

Dios sale a nuestro encuentro, ha tomado la iniciativa y para que este llegue a cumplirse, pone a nuestra disposición todos los medios necesarios. Así lo experimentaron aquellos Magos de Oriente, que en sí mismos nos recuerdan la nostalgia de Dios que existe en el corazón de todo hombre y toda mujer. Nostalgia que se expresa en búsqueda. Búsqueda que encontrará satisfacción sólo en el encuentro con Dios, por ello San Agustín decía con gran pasión: “Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”.

Aquellos Magos de Oriente, buscaban al niño Dios con la finalidad de adorarlo, pues así mismo lo expresan ellos: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella en el oriente y venimos a adorarle” (Mt 2,2). Y, ante esta pregunta y afirmación, Dios responde disponiendo para ellos una estrella, las Escrituras, un camino por recorrer, encuentro con personas, etc. Sí, Dios lo da todo, con tal de encontrarse con nosotros.

Amado lector, quisiera que estas letras en esta fiesta de la Epifanía, nacidas del don de la fe que Dios nos ha regalado, como virtud necesaria para conocerlo; nos ayuden a reflexionar en el camino recorrido hasta este momento de nuestras vidas, muy relacionado con el presente año que Dios nos ha concedido iniciar. Para ello, propongo tres puntos o figuras, a saber: la estrella, el rey Herodes y el encuentro con el niño Dios.

 

1. La estrella que nos conduce a Jesús

La imagen de la estrella aparece como un medio por el que Dios se manifiesta a los Magos para conducirlos y guiarlos por el camino, para que puedan llegar al encuentro de Cristo, que acaba de nacer en Belén y adorarlo. Algunos creen que esta estrella es la presencia del Espíritu Santo, el mismo que después aparecería y descendería, en forma de paloma en el bautismo de Jesús en el Jordán.

Sin embargo, lo que si podemos decir con certeza es que esta estrella fue la que impulsó a los Magos a ponerse en camino y la que los condujo hasta la presencia de Dios en el pesebre, así lo dice claramente el evangelio de Mateo: “la estrella que habían visto en oriente avanzó delante de ellos hasta detenerse sobre el lugar donde estaba el niño” (v. 9).

Así pues, la imagen de la estrella nos sirve a nosotros para reflexionar sobre lo que hemos venido siguiendo en nuestras vidas, lo que nos ha inspirado y guiado para seguir caminando, a veces por lugares equivocados, en los que Dios nos da la oportunidad de replantearnos nuestras decisiones y por consiguiente, todas nuestras motivaciones interiores. Y así, aunque a veces nos equivoquemos creyendo que estamos en el lugar adecuado, como los Magos que llegaron al palacio de Jerusalén, pensando que lógicamente ahí encontrarían al niño Dios, al “rey de los judíos” para adorarlo, la estrella desaparece para que encuentren la luz y el discernimiento en la Palabra de Dios, la verdadera estrella que los conducirá a Jesús, la que les indicará el lugar con precisión; pues ya lo dice el salmo 118: “¡Lámpara para mis pasos es tu Palabra, Señor!”. Fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ellas podían indicarles el camino. “Dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios, sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia, donde la Palabra ha plantado su tienda. Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y también nosotros podremos convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de esa luz que Cristo ha hecho resplandecer sobre nosotros” (Benedicto XVI).

Para esto es necesario que dirijamos nuestra mirada al cielo, para contemplar la estrella porque “con frecuencia en la vida nos contentamos con mirar al suelo: nos basta la salud, algo de dinero y un poco de diversión”. Sin embargo, es necesario preguntarnos: “¿Sabemos todavía levantar la vista al cielo? ¿Sabemos soñar, desear a Dios, esperar su novedad, o nos dejamos llevar por la vida como una rama seca al viento? Los Reyes Magos no se conformaron con ir tirando, con vivir al día. Entendieron que, para vivir realmente, se necesita una meta alta y por eso hay que mirar hacia arriba” (Papa Francisco).

 

2. El rey Herodes

Herodes se estremece y tiembla de miedo al escuchar el anuncio del nacimiento del Cristo, el “rey de los judíos”. Él, evidentemente siente la presencia de este niño como una amenaza para su reinado. Sin embargo, como dice San León Magno: “Son vanos tus temores, oh Herodes; tus reinos son pequeños para Cristo. El soberano del mundo no puede contentarse con los estrechos límites a donde alcanza tu dominio. Aquél que tú no quieres que reine en Judea, reina en todas partes”.

La figura de Herodes aparece pues como enemigo de Cristo, de su presencia y su reinado, por lo que esto nos puede ayudar a cuestionarnos sobre las personas con las que caminamos en la vida y a quienes recurrimos para consejo. ¿Nos llevan realmente a encontrarnos con Jesús o nos alejan de Él y su reinado en nuestra vida?

Si la estrella nos llevaba a plantearnos nuestras motivaciones internas, Herodes nos invita a dirigir la mirada hacia aquellas influencias externas por las que nuestra vida se ve alimentada y acompañada. Pues qué difícil se vuelve el camino cuando las motivaciones interiores son honestas, buenas y cristianas, mientras que nuestras realidades externas solamente nos exponen a renunciar a ellas. A veces es necesario renunciar a situaciones, pecados y personas, que lo último que hacen es acercarnos a Cristo.

Los Magos aprendieron a pasar de la voz de Herodes a la voz de las Sagradas Escrituras, en unas se encuentra muerte y en otras vida. Dios nos da el discernimiento para tomar las mejores decisiones.

 

3. El encuentro con el niño Jesús convertido en adoración.

Dice el evangelio de Mateo: “Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con su madre, María, y postrándose le adoraron, abrieron sus tesoros y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (v. 10-11).

Los Magos nos enseñan que vale la pena recorrer un camino largo, en medio de dificultades y oscuridades, pero siempre asistidos por la gracia de Dios en su Palabra y los Sacramentos, para encontrarnos con el rey de reyes. Estos hombres caminaron con la esperanza de poder ofrecerle al niño Dios sus dones, sus regalos. Ellos no pensaban como Herodes, cuyas riquezas lo llevaban a la ambición y avaricia. Ellos por su parte sabían que sus dones y regalos eran para alguien más, caminaron para encontrarse con Él: signo verdadero del amor auténtico, que no conoce de egoísmo, sino que se expresa en donación y servicio.

Nosotros, en cada Eucaristía nos hacemos similares a estos hombres, pues cuando depositamos en el altar nuestros dones descubrimos que Dios los acepta como una ofrenda agradable, que somos valiosos para él y que con su gracia él los logra transformar.

Nuestra vida nos fue dada para ser vivida a partir del amor, es decir, la donación y el servicio, como bien decía la Madre Teresa de Calcuta en aquella famosa expresión: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Sólo en esto encontraremos nuestra verdadera felicidad, la “inmensa alegría” de la que habla el evangelio experimentada por los Magos, pues en el servicio y en la donación nos encontramos con nuestro Señor, que nos asegura su presencia en todos nuestros hermanos, especialmente los más pequeños e insignificantes (cfr. Mt 25, 31-45). En ellos, también hacemos un gesto de adoración a Dios.

 

Epifanía

“Hemos visto su estrella en el  Oriente y venimos a adorarlo”. Mt. 2:2

 

Al ver su estrella brillar

Los reyes del oriente

Vinieron para adorar

Al rey de reyes naciente;

 

Nosotros somos cristianos

Llamados a dejar huella.

En síntesis, hermanos,

para brillar como estrellas.

Baudelio Mireles