Pbro. Eduardo Hayen Cuarón/ Director de Periódico Presencia
Varias veces al día recibo mensajes por Whatsapp o Facebook de personas que me solicitan pases de entrada a la misa que el papa Francisco celebrará en Ciudad Juárez. Amistades que estaban congeladas por el paso del tiempo de pronto me llaman por teléfono y en un minuto se descongelan –como en horno de microondas– con la intención de obtener de mí un pase para entrar a la misa del papa. Incluso hay quien me ofreció un ‘jugoso’ donativo a cambio de sus pases.

Yo les respondo simplemente que los pases serán repartidos en las parroquias y que tendrán prioridad los servidores de nuestras comunidades, y que venderlos o canjearlos por donativos es incurrir en un pecado que se llama simonía (compra venta de lo espiritual con bienes materiales). Los apunto en mi lista y les digo que rueguen al Señor de la Misericordia, al Dios de todo consuelo, que los pases alcancen para todos.

¿Qué se esconde detrás del deseo de ver al papa? ¿Qué es lo que moverá a muchos a desplazarse desde otros puntos geográficos de México y Estados Unidos para vitorear al sucesor de san Pedro y escuchar atentamente su palabra? No hay otra respuesta sino sólo la fe. Los católicos y muchos cristianos creemos que Francisco ha sido el hombre puesto por Jesucristo para estar al frente de la barca de la Iglesia. Lejos estamos de ver en el papa a una estrella del rock o a una especie de faraón egipcio al que hay que rendirle pleitesía. El papado es una institución divina, y no importa si quien ocupa la sede de Pedro es italiano, argentino o japonés; lo importante es que se trata de aquel que representa a Cristo en la tierra.

Me atrevo a decir que todas esas personas que quieren ver al papa y estar cerca de él son hombres, mujeres o niños con un corazón muy abierto, capaces de descubrir en el Santo Padre la presencia de Jesús. La mayoría son personas receptivas para el encuentro con Dios, dispuestas a encontrarse con el Amor y a dejarse transformar por él, como aquellos griegos que le dijeron a Felipe “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). En su encíclica Lumen Fidei decía el mismo Francisco: “Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos”.

Hay personas que no pueden ver en el papa algo más que la figura de un líder espiritual. La visión de la fe católica sobre el papa es incomprensible para el mundo laicista, para los cristianos protestantes y para quienes profesan religiones no cristianas. En los periódicos, sobre todo, previo a la visita papal, están publicándose artículos que hablan del papa argentino como figura política y de la Iglesia como una gran organización humanitaria, impregnada de un ambiente de politiquería. Esta visión deforme no capta el sentido profundo que tiene la visita del pontífice en nuestra ciudad, y aún menos permite participar de la alegría espiritual que supone la presencia de Francisco entre nosotros.

El católico iluminado por la fe descubre su identidad más honda, no en una credencial de elector o en un pasaporte internacional, sino en su bautismo. Enseña Francisco en Lumen Fidei que “los creyentes forman un solo Cuerpo en Cristo… Y como Cristo abraza en sí a todos los creyentes, que forman su cuerpo, el cristiano se comprende a sí mismo dentro de ese cuerpo, en relación originaria con Cristo y con los hermanos en la fe” (LF 22).

Aquellos que se entusiasman por la visita del Santo Padre a México y buscan afanosamente su boleto para la misa papal saben que Cristo es la roca de la fe, pero que Francisco es el sucesor de aquel a quien el Señor dejó como la roca visible de la unidad de su Iglesia: “Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro”, es decir, roca (Jn 1,42). Por eso anhelan asistir a esa misa, no sólo para ver y escuchar al sucesor del pescador de Galilea, sino para hacer su profesión de fe y decir “Creo”.

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