Siendo menor de edad Patricia se enganchó en las fiestas y el alcohol…pasó años sumida en una vida caótica, pero pudo renacer gracias a Dios y a la ayuda de grupo AA.

 

Ana María Ibarra

Su gusto por las fiestas y por los antros inició a los 16 años, pero en aquél entonces Patricia no sabía que su gusto por la diversión, las drogas y la bebida, se convertiría en una enfermedad que la llevaría a situaciones lamentables.

Tuvieron que pasar varios años para que Patricia reconociera que tenía un problema con el alcohol, y fue en un hospital donde escuchó hablar del Grupo 24 Horas de AA “Marzo 83” y ahí descubrió la raíz de su problema.

Hoy Patricia lleva un proceso a una nueva vida.

 

La enfermedad

Cuando tenía 16 años, Patricia probó la mariguana, y comenzó a usarla. Después probó el alcohol, y le gustó.

“Me gustaba irme con mis amigos de antro, me gustaron las luces, el vestirme bien,  arreglarme y salir. Al principio era a la típica quinceañera, después a tardeadas sin consumir alcohol pero empecé a desenvolverme en ese tipo de ambiente con jóvenes de mi edad”, compartió Patricia.

Por ser de estatura alta, Patricia aparentaba más edad y así comenzó a ingresar a los antros siendo aún menor de edad.

“En ese entonces la vida de noche estaba muy activa en Juárez. Me gustó todo lo que eran antros, fiestas de espuma, beber… mi enfermedad todavía no se manifestaba pues disfrutaba beber, no perdía la conciencia y podía conducir. Después empecé a consumir tachas, hongos. Eran fiestas de tres días, casi interminables. Tenía 21 años”, recordó la entrevistada.

Cuando tenía 25 años, Patricia tuvo a su primer hijo, lo que para ella fue un golpe, pues pensó que su fiesta se terminaba.

“No quería tener a mi hijo, era como defender mi alcoholismo y drogadicción. Nació mi hijo y me hice dependiente de una persona que fue mi compañero. Llegó mi segundo hijo y sentí frustración por no ir a las fiestas. Era una enfermedad ya arraigada”, reconoció.

El alcoholismo trajo descontrol en los sentimientos y emociones de Patricia, pues de estar muy contenta pasaba en un segundo a estar triste, no había un balance en sus emociones.

“Nunca me quedé en los baldíos pero si llegué a pedir el peso para completar el alcohol. Me quitaron a mis hijos, me separé de mi compañero, vi la frustración de mi familia que no sabía cómo ayudarme. Llegó un punto en que no podía dejar de beber, empecé con lagunas mentales, no podía pasar más de 10 minutos sin tomar alcohol”, recordó.

La entrevistada relató que su situación empeoró cuando, a causa de la violencia, falleció su papá.

“De cierta manera él era a quien le rendía cuentas. Cuando murió empecé a vivir otro proceso. Entré a trabajar en un bar, consumí cocaína y tomaba todos los días, me iba a donde me invitaban”.

 

Tocar fondo

En un momento de conciencia, Patricia acudió a un centro de rehabilitación y aunque salió con un buen trabajo, al mes y medio recayó y tocó fondo.

“Pude haber sido una más de las muertas de Juárez pero me rescató la policía. Estuve días hospitalizada y aún así no entendía cómo había pasado eso. Jamás pensé verme en ese aspecto, pero fue el boleto que tuve que pagar para darme cuenta que tenía una enfermedad”, lamentó.

En ese hospital Patricia escuchó un mensaje sobre el Grupo 24 Horas “Marzo 83”, de Alcohólicos Anónimos y acudió.

“Llegué directo al anexo, y empecé a sentir que volvía a vivir porque, el “poder superior” me dio una oportunidad para vivir”, dijo refiriéndose a Dios, a quienes los miembros AA nombran así.

 

Una nueva vida

Patricia recibió el apoyo de sus compañeros del grupo y en sus reuniones aprendió a respetarse, a no humillarse, a sentirse plena, lo cual agradece a su grupo y a Dios.

“Tienes que creer en algo más grande para lograr salir del alcohol. Mis compañeros me ayudaron a conocerme, a descubrir qué era lo que me llevaba a tomar. Pensé que bebía porque me gustaba, no sabía que tiene qué ver con mi niñez, que me había dañado que mi madre me hubiera abandonado y el haber tenido dos madrastras”, compartió.

Hasta hace poco, Patricia descubrió que sentirse sola era lo que la llevaba a tomar.

“Mi soledad la llenaba con fiestas interminables para no llegar a mi casa y sentirme sola, no me gustaba sentir esa sensación de abandono”, reflexionó.

Ante este descubrimiento personal, Patricia inició una nueva vida y ahora el mayor de sus hijos, de seis años, ya vive con ella.

“Me he ido conociendo poco a poco, no me ha gustado lo que he descubierto, pero me he conocido. A todos aquellos que tienen padecen esta enfermedad quiero invitarlos a que se integren a un grupo de 24 Horas, ahí les pueden ayudar.  Esto no es un vicio, es una enfermedad de emociones, es querer fugarnos de algo”, finalizó.