San Buenaventura
Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión. Quedaba así cumplido lo que por voluntad de Dios le había sido manifestado. En efecto, el bienaventurado padre y el hermano Elías moraban en cierta ocasión en Foligno; una noche, mientras dormían, se apareció al hermano Elías un sacerdote vestido de blanco, de edad avanzada y de aspecto venerable, y le dijo: “Levántate, hermano, y di al hermano Francisco que se han cumplido dieciocho años desde que renunció al mundo y se unió a Cristo; que a partir de hoy le quedan todavía dos años en esta vida, y que, pasados éstos, le llamará el Señor a sí y entrará por el camino de todo mortal”. Y sucedió que, terminado el plazo que mucho antes había sido fijado, se cumplió la palabra del Señor.
Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente. Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor (Sal 141). Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del Santo, le dijo:

¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes.
Hijo mío -respondió el Santo-, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre.
Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios y pidió que se le leyera el evangelio de San Juan desde aquellas palabras:

Seis días antes de la Pascua, sabiendo Jesús que le era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre… (Jn 12,1 y 13,1)
Era el mismo texto evangélico que el ministro había preparado para leérselo antes de haber recibido mandato alguno; fue también el que salió al abrir por primera vez el libro, siendo así que dicho volumen, del que tenía que leer el evangelio, contenía la Biblia íntegra. Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.
Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y discípulos -bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar, pues, viviendo aún entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia- vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla.
Justamente por todo esto, podemos exclamar: ¡Oh cuán glorioso es este Santo, cuya alma vio un discípulo subir al cielo! ¡Bella como la luna, resplandeciente como el sol, que fulguraba de gloria mientras ascendía en una blanca nube! ¡Luz del mundo que en la Iglesia de Cristo iluminas más que el sol! ¡Nos has substraído los rayos de tu luz y has pasado a aquella patria esplendente donde, en lugar de nuestra pobre compañía, tienes la de los ángeles y los santos! ¡Oh sustento glorioso digno de toda alabanza, no te desentiendas del cuidado de tus hijos aunque te veas ya despojado de su carne! Tú sabes, y bien que lo sabes, en qué peligros has dejado a los que sola tu dichosa presencia aliviaba siempre misericordiosamente en sus innumerables fatigas y frecuentes angustias. ¡Oh Padre santísimo, lleno de compasión, siempre pronto a la misericordia y a perdonar los extravíos de tus hijos! A ti, Padre dignísimo, te bendecimos; a ti, a quien bendijo el Altísimo, que es siempre Dios bendito sobre todas las cosas. Amen.

































































