Extractos del mensaje del papa, en la conclusión del Consistorio Extraordinario 2026 realizado en el Vaticano…
Antes de pasar a la reflexión conclusiva, deseo expresar nuestra solidaridad, la mía y la de todo el Colegio Cardenalicio, con la población de Venezuela, duramente afectada por el violento terremoto de estos días. Les aseguramos nuestras oraciones por las víctimas, por sus familias y por todos aquellos que sufren las consecuencias de esta tragedia. Encomendamos también al Señor a todos quienes participan en las labores de socorro y pedimos que no falte la solidaridad de la comunidad internacional hacia esa querida nación.
Queridos hermanos cardenales, llegamos ahora al final de estos días con un sentimiento de profunda gratitud. Les agradezco la libertad, la fraternidad y el sentido eclesial con los que han participado en nuestros trabajos. Me llevo conmigo no solo el contenido de sus reflexiones, sino también la experiencia que las hizo posibles. En estos días hemos buscado juntos la voluntad del Señor, con la convicción de que Cristo sigue obrando en su Iglesia: es Él quien nos precede, nos reúne, habla a través de los hermanos y nos guía en la misión. Todo nace de Él y todo vuelve a Él. Por eso, ver a cardenales procedentes de Iglesias, culturas y situaciones tan diversas escucharse mutuamente y buscar juntos lo que mejor sirve al Evangelio ha sido para mí motivo de consuelo y de esperanza.
Sinodalidad
La reflexión final sobre el camino sinodal nos ha ayudado a releer lo que hemos vivido en estos días. Me parece que la pregunta sobre la sinodalidad no es, ante todo: “¿Quién tiene el poder de decidir?”. La pregunta es más profunda: “¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia?”. Cuando esta pregunta se convierte en el centro de nuestro discernimiento, también las cuestiones de la autoridad, la corresponsabilidad y las decisiones encuentran su lugar adecuado, iluminadas por la misión y la fidelidad común al Evangelio. Por ello, deseo confiarles una vez más el camino de implementación del Sínodo. Les pido que lo acompañen con convicción en las Iglesias a las que sirven, promoviendo una comprensión auténtica del mismo y animando a todos a participar en él: se trata de ayudar a nuestras Iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico.
Les recuerdo que la sinodalidad no es un conjunto de reuniones, ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual. Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento. La verdadera pregunta no es cuántas conversaciones sabremos organizar, sino qué calidad evangélica tendrán nuestros encuentros. Cuando nos escuchamos con humildad y libertad, dejando espacio al Espíritu, nuestras conversaciones no se quedan en un intercambio de ideas, sino que se convierten en un lugar de conversión, en el que crecemos juntos en la fidelidad al Señor.
Primera sesión
Al pensar en las conversaciones de estos días, me quedo ante todo con la mirada con la que contemplaron el mundo en la primera sesión. Muchos de ustedes han relatado los sufrimientos provocados por las guerras, la violencia, la pobreza y las numerosas injusticias que marcan la vida de los pueblos. Sin embargo, no se han limitado a describirlos. Detrás de estos dramas han reconocido un sufrimiento aún más profundo: la soledad, la crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad de reconocerse mutuamente como hermanos y hermanas. Es una mirada que no aparta los ojos de las heridas del mundo, sino que busca sus raíces, reconociendo, a menudo ocultas en ellas, una renovada búsqueda de sentido, de autenticidad, de espiritualidad y de comunidad. Muchos buscan hoy esperanza y relaciones auténticas.

Me ha impresionado, en particular, la forma en que han hablado de los jóvenes. En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los lleva hasta la desesperación —y en ocasiones hasta la desesperación extrema de quitarse la vida—, han reconocido una de las heridas más profundas de nuestro tiempo. Pero también han sabido reconocer en ello la acción del Espíritu. Su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido nos recuerda que el Evangelio sigue respondiendo a las expectativas más profundas del corazón humano. Escucharlos a ellos y a sus familias con humildad es también un camino a través del cual el Señor sigue convirtiendo a la Iglesia.
Muchos de ustedes también han recordado a la familia. Allí donde se la apoya y se la acompaña, crece una escuela de relaciones, de solidaridad y de esperanza; allí donde está herida o aislada, toda la sociedad sufre las consecuencias…De esta manera, han tratado de escuchar lo que las heridas del mundo revelan del corazón del ser humano.
Segunda sesión
La segunda sesión nos llevó a dar un paso más. Me parece que han captado con gran claridad una de las intuiciones de la Magnifica humanitas: la guerra no es solo un conflicto entre Estados. Nace mucho antes, de una cultura del poder que impregna nuestra forma de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer el poder, de utilizar la economía, la tecnología e incluso la religión. Si esta es la raíz de la crisis, la respuesta exige reconstruir una cultura de la cooperación y del diálogo, capaz de dar nueva fuerza también al multilateralismo, para que los pueblos vuelvan a aprender a buscar juntos el bien común de toda la familia humana. En este camino, la contribución de los fieles laicos comprometidos en la vida pública es esencial: necesitan la cercanía y el apoyo de la comunidad eclesial para vivir la «caridad política» que ustedes han recordado.
Mientras nos preguntábamos sobre las responsabilidades de la Iglesia en el mundo de hoy, ustedes recordaron continuamente la importancia del testimonio, de la cercanía, de la formación de las conciencias y de la construcción de comunidades fraternas y creíbles. Este testimonio nace del encuentro con Cristo, de su Palabra y de los sacramentos, en los que el Señor sostiene a su pueblo y lo capacita para servir al mundo con la fuerza del Evangelio. La Iglesia está llamada a convertirse cada vez más en lo que proclama. Es sobre este fundamento que también las necesarias reformas de las estructuras, las instituciones y los procesos pueden dar fruto.
Este Consistorio ha sido un momento valioso, pero no debe quedar como un evento aislado. En toda la Iglesia deseamos promover espacios en los que el Pueblo de Dios pueda escucharse, orar, discernir y caminar juntos. Esta es la esencia del proceso de implementación del Sínodo.
Llamado
Antes de concluir, deseo acoger el llamado unánime que ha surgido de este Consistorio y hacerlo mío: Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios sigue abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y de ayudar al mundo a reconocerlos.
Encomendemos los frutos de este Consistorio a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Que ella nos enseñe a custodiar la unidad en la diversidad y a servir al Evangelio de la paz con humildad, valentía y esperanza. ¡Gracias!
































































