Ana María Ibarra
Hablar de desaparición forzada es hablar de familias rotas, de madres que sobreviven con una herida abierta en su corazón. Es mirar a madres que piden empatía, exigen justicia y se mantienen de pie gracias a su fe y su esperanza.
Tal es el caso de Patricia Acosta cuyo doloroso testimonio compartimos en esta fecha, 30 de agosto, cuando se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada.
Sin batería
El 22 de julio de 2024, la vida de Patricia Acosta cambió de manera abrupta. Mauricio Maese Acosta, su hijo, tenía dos semanas de haberse independizado del hogar materno. Aquella mañana llamó a su madre para decirle que iría a comprarle una planta, porque sabía cuánto le gustaban, y prometió que más tarde pasaría por su casa. Pero nunca llegó.
Durante el día, Patricia pensó que su hijo se había entretenido con sus amigos o con el trabajo. Pero al llegar la noche comenzó a sentir angustia.
A medianoche intentó llamarlo, pero el teléfono la enviaba directamente al buzón, por lo que pensó que se había quedado sin batería.
La madre de familia insistió llamando durante la madrugada sin recibir respuesta. Por la mañana, la esperanza de que simplemente estuviera sin batería comenzó a desvanecerse.

Fui a su casa y no lo encontré. Le dejé una nota: Mi amor, estoy preocupada, en cuanto llegues háblame. Durante el día, di vueltas una y otra vez por su casa y esperé su llamada. Nunca me llamó.
Esa noche Patricia fue a interponer la denuncia de desaparición. Ahí comenzó su calvario.
Me dijeron que debía esperar 48 horas. Me esperé, y en ese tiempo el teléfono de mi hijo seguía mandándome a buzón. En la mañana fui muy temprano a poner la denuncia. La persona que me atendió no lo hizo con buena actitud. Me tomó la querella, pero pasó nada.
Conocer la empatía
Después de ese día, Patricia acudía diariamente a la Fiscalía, pero no recibió avances significativos ni se sintió escuchada.
La entrevistada mencionó que, en este ir y venir, alguien le habló sobre el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte y las madres buscadoras y, aunque en algún momento escuchó de ellas, nunca imaginó que sería parte de ellas.
Decidió acudir al centro, donde fue recibida con empatía y encontró orientación para dar seguimiento a la investigación, apoyo psicológico y, sobre todo, la compañía de otras familias que viven la misma incertidumbre.
Me han ayudado a sentir que no estoy sola. Nos acompañamos, nos damos fuerza y mantenemos viva la esperanza de encontrar a nuestros seres amados desaparecidos.

Para ella, el CDHPN se convirtió en “un espacio de apoyo, de acompañamiento, de refugio y de esperanza”.
Su encuentro con Dios
En medio del dolor, Patricia también se encontró con Dios.
Una amiga que me vio en total depresión me invitó a conocer a Jesús y acepté. Llegué a la Comunidad María Mediadora.
Fue ahí donde comenzó un proceso que, asegura, transformó su manera de enfrentar la ausencia. El primer curso que tomó fue de sanación.
Me fui introduciendo a la fe y sanando mis heridas. Ahí he encontrado consuelo, unos hermanos, una comunidad de amor, de fe, de esperanza, de crecimiento. Conocí a Jesús, y es Él quien me ha dado las fuerzas para seguir adelante en este camino tan duro y doloroso.
Para esta madre, vivir la desaparición de un hijo es una experiencia que pocas personas pueden comprender.
No tenemos un hijo muerto. No lo hemos encontrado. No tenemos un hijo con vida. Tenemos un hijo desaparecido que no sabemos qué le estarán haciendo.

Esa incertidumbre, señaló Patricia, sólo puede ser comprendida plenamente por quienes atraviesan por la misma experiencia.
Una dura realidad
Al recordar a su hijo Mauricio, Patricia compartió que trabajaba como electricista.
Le gustaba participar en instalaciones eléctricas de nuevas maquiladoras, incluso trabajar en andamios y a grandes alturas.
A más de dos años de su desaparición, las respuestas siguen sin llegar. La madre considera que con mayores recursos podría haber más avances.
La Fiscalía cuenta con pocos vehículos para las búsquedas y en ocasiones alguno está descompuesto.
Frente a esta realidad, su llamado a la comunidad diocesana y a toda la sociedad es a no permanecer indiferentes.
Les pido que no sean indiferentes ante el dolor de las familias que tenemos un ser querido desaparecido. Detrás de cada madre y de cada familia hay una persona amada y esperada.

Oración y solidaridad
Como mujer de fe, también pide oración por quienes permanecen desaparecidos y por sus familias.
Como comunidad católica estamos llamados a vivir el amor de Cristo, acercarnos al que sufre, acompañarlo y no dejarlo solo.
Por otra parte, pidió a la sociedad que acompañe a las familias, que levante la voz junto a ellas y que exija respuestas.
Hoy somos nosotras las que sufrimos este dolor, pero esto le puede pasar a cualquiera.
Mientras continúa buscando a Mauricio, esta madre se sostiene de dos espacios que se han vuelto fundamentales en su camino: el acompañamiento de quienes buscan a sus seres queridos y la comunidad de fe donde ha encontrado fuerzas para seguir.
Y aunque no tiene respuestas sobre el paradero de su hijo, mantiene viva la esperanza de encontrarlo.
Necesitamos oración. Primeramente, la intervención de nuestro Padre Divino por cada una de nosotras y nuestros hijos, y segundo, orar para que las autoridades hagan el trabajo que deben hacer.
Para saber…
Como se informó, las familias que sufren por la desaparición de un ser querido, en conjunto con el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte, realizaron la velada “Luz para encontrarles” a partir del sábado 29 de agosto a las 7 de la tarde, concluyendo el domingo 30 a las 7 de la mañana, en el Memorial ‘Memoria Viva’ localizado en el Monumento a la Madre, en el Parque Borunda.
Han pedido la solidaridad de los fieles para recordar a las personas desaparecidas, acompañar a sus familias y ayudar “a que esta realidad no quede escondida en el silencio”.

































































