Sigue la serie sobre San Francisco de Asís, en los últimos meses del Año Jubilar con motivo del 800 aniversario de su muerte…En esta ocasión presentamos este texto de san Buenaventura que explica cómo san Francisco luchaba vs las tentaciones…
San Buenaventura
1. Viendo el varón de Dios Francisco que eran muchos los que, a la luz de su ejemplo, se animaban a llevar con ardiente entusiasmo la cruz de Cristo, enardecíase también él mismo —como buen caudillo del ejército de Cristo— por alcanzar la palma de la victoria mediante el ejercicio de las más excelsas y heroicas virtudes.
Por eso tenía ante sus ojos las palabras del Apóstol: Los que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias. Y con objeto de llevar en su cuerpo la armadura de la cruz, era tan rigurosa la disciplina con que reprimía los apetitos sensuales, que apenas tomaba lo estrictamente necesario para el sustento de la naturaleza, pues decía que es difícil satisfacer las necesidades corporales sin condescender con las inclinaciones de los sentidos. De ahí que, cuando estaba bien de salud, rara vez tomaba alimentos cocidos, y, si los admitía, los mezclaba con ceniza o —como sucedía muchas veces— los hacía insípidos añadiéndoles agua.
Y ¿qué decir del uso del vino, si apenas bebía agua en suficiente cantidad cuando estaba abrasado de sed? Inventaba nuevos modos de abstinencia más rigurosa y cada día adelantaba en su ejercicio. Y, aunque hubiese alcanzado ya el ápice de la perfección, descubría siempre —como un perpetuo principiante— nuevas formas para castigar y mortificar la liviandad de la carne.
Más cuando salía afuera, por conformarse a la palabra del Evangelio, se acomodaba en la calidad de los manjares a la gente que le hospedaba, pero tan pronto como volvía a su retiro reanudaba estrictamente su sobria abstinencia. De este modo, siendo austero consigo mismo, humano para con los demás y fiel en todo al Evangelio de Cristo, no sólo con la abstinencia, sino también con el comer, daba a todos ejemplos de edificación.
La desnuda tierra servía ordinariamente de lecho a su cuerpecillo fatigado; la mayoría de las veces dormía sentado, apoyando la cabeza en un madero o en una piedra, cubierto con una corta y pobre túnica; y así servía al Señor en desnudez y en frío.
2. Preguntáronle en cierta ocasión cómo podía defenderse con vestido tan ligero de la aspereza del frío invernal, y respondió lleno de fervor de espíritu:
«Nos sería fácil soportar exteriormente este frío si en el interior estuviéramos inflamados por el deseo de la patria celestial».
Aborrecía la molicie en el vestido, amaba su aspereza, asegurando que precisamente por esto fue alabado Juan Bautista de labios del mismo Señor. Si alguna vez notaba cierta suavidad en la túnica que se le había dado, le cosía por dentro pequeñas cuerdas, pues decía que —según la palabra del que es la verdad— no se ha de buscar la suavidad de los vestidos en las chozas de los pobres, sino en los palacios de los príncipes. Ciertamente, había aprendido por experiencia que los demonios sienten terror a la aspereza, y que, en cambio, se animan a tentar con mayor ímpetu a cuantos viven en la molicie y entre delicias.
Así sucedió, en efecto, cierta noche en que, a causa de un fuerte dolor de cabeza y de ojos, le pusieron de cabecera —fuera de costumbre— una almohada de plumas. De pronto se introdujo en ella el demonio, quien de mil maneras le inquietó hasta el amanecer, estorbándole en el ejercicio de la santa oración, hasta que, llamando a su compañero, mandó que se llevara muy lejos de la celda aquella almohada juntamente con el demonio. Pero, al salir de la celda el hermano con dicha almohada, perdió las fuerzas y se vio privado del movimiento de todos sus miembros, hasta tanto que, a la voz del santo Padre, que conoció en espíritu cuanto le sucedía, recobró por completo el primitivo vigor de alma y cuerpo.
3. Riguroso en la disciplina, estaba en continua vigilancia sobre sí mismo, prestando gran atención a conservar incólume la pureza del hombre interior y exterior. De ahí que en los comienzos de su conversión se sumergía con frecuencia durante el tiempo de invierno en una fosa llena de hielo, con el fin de someter perfectamente a su imperio al enemigo que llevaba den tro y preservar intacta del incendio de la voluptuosidad la cándida vestidura de la pureza. Aseguraba que al hombre espiritual debe hacérsele incomparablemente más llevadero sufrir un intenso frío en el cuerpo que sentir en el alma el más leve ardor de la sensualidad de la carne.
4. Cuando una noche estaba entregado el Santo a la oración en una celdita del eremitorio de Sarteano, le llamó su antiguo enemigo por tres veces, diciendo:
«¡Francisco, Francisco, Fran-cisco!»
Preguntóle el Santo qué quería, y prosiguió el demonio muy astutamente:
«No hay pecador en el mundo que, si se arrepiente, no reciba de Dios el perdón. Pero todo el que se mata a sí mismo con una cruel penitencia, jamás hallará misericordia».
Al punto, el varón de Dios, iluminado de lo alto, conoció el engaño del demonio, que pretendía sumirle en la flojedad y tibieza. Así lo puso de manifiesto el siguiente suceso. En efecto, poco después de esto, por instigación de aquel cuyo aliento hace arder a los carbones, fue acometido por una violenta tentación carnal. Pero apenas sintió sus primeros atisbos este amante de la castidad, se despojó del hábito y comenzó a flagelarse muy fuertemente con la cuerda, diciendo:
«¡Ea, hermano asno, así te conviene permanecer, así debes aguantar los azotes! El hábito está destinado al servicio de la Religión y es divisa de la santidad. No le es lícito a un hombre lujurioso apropiarse de él. Pues, si quieres ir por otro camino, ¡vete!»
Además, movido por un admirable fervor de espíritu, abrió la puerta de la celda, salió afuera al huerto y, desnudo como estaba, se sumergió en un montón de nieve ¹⁴. A manos llenas comenzó a forjar la nieve haciendo con ella siete figuras. Y, presentándoselas a sí mismo, hablaba de este modo a sus sentimientos naturales:
«Mira, esta figura mayor es tu mujer; estas otras cuatro son tus dos hijos y tus dos hijas; las dos restantes, el criado y la criada que conviene tengas para tu servicio. Ahora, pues, date prisa en vestirlos, que se están muriendo de frío. Pero, si te resulta gravosa la múltiple preocupación por los mismos, entrégate con toda solicitud a servir sólo a Dios».
Al instante desapareció vencido el tentador y el santo varón regresó victorioso a la celda; pues si externamente padeció un frío tan atroz, en su interior se apagó de tal suerte el ardor libidinoso, que en adelante no llegó a sentir nada semejante.
Un hermano, que entonces estaba haciendo oración, fue testigo ocular de todo lo sucedido gracias al resplandor de la luna, en fase creciente. Enterado de ello el varón de Dios, le reveló todo el proceso de la tentación, ordenándole al mismo tiempo que mientras él viviera no revelase a nadie lo que había visto aquella noche.
5. Enseñaba que no sólo se deben mortificar los vicios de la carne y frenar sus incentivos, sino que también deben guardarse con suma vigilancia los sentidos exteriores, por los que entra la muerte en el alma. Recomendaba evitar con gran cautela las familiaridades, conversaciones y miradas de las mujeres, que para muchos son ocasión de ruina, asegurando que a consecuencia de ello suelen claudicar los espíritus débiles y quedan con frecuencia debilitados los fuertes. Y añadía que el que trata con ellas —a excepción de algún hombre de muy probada virtud—, difícilmente evitará su seducción, pues —según la Escritura— es como caminar sobre brasas y no quemarse la planta de los pies.
Por eso, él mismo de tal suerte apartaba sus ojos para no ver la vanidad, que manifestó en cierta ocasión a un compañero suyo que no reconocería casi a ninguna mujer por las facciones de su rostro. Creía, en efecto, peligroso grabar en la mente la imagen de sus formas, que fácilmente pueden reavivar la llama libidinosa de la carne ya domada o también mancillar el brillo de un corazón puro.
Afirmaba, de igual modo, ser una frivolidad conversar con mujeres, excepto en el caso de la confesión o de una brevísima instrucción referente a la salvación y a una vida honesta
«¿Qué asuntos -decía- tendrá que tratar un religioso con una mujer, si no es el caso de que esta le pida la santa penitencia o un consejo de vida más perfecta?»
A causa de una excesiva confianza, uno se precave menos del enemigo; y, si este consigue apoderarse de un solo cabello del hombre, pronto lo convierte en una viga.
6. Enseñaba asimismo la necesidad de evitar a toda costa la ociosidad, sentina de todos los malos pensamientos, y demostraba con su ejemplo como debe domarse la carne rebelde y perezosa mediante una continua disciplina y una actividad provechosa. De ahí que llamaba a su cuerpo con el nombre de hermano asno, al que es preciso someterle a cargas pesadas, castigarlo con frecuentes azotes y alimentarlo con vil pienso.
Si veía a alguno entregado a la ociosidad y vagabundeo, pretendiendo comer a costa del trabajo de los demás, pensaba que se le debía llamar ‘hermano mosca’, pues ese tal, que no hace nada bieno y estropea las obras buenas de los demás, se convierte para todos en una persona vil y detestable. Por eso dijo en alguna ocasión:
«Quiero que mis hermanos trabajen y se ejerciten en alguna ocupación, no sea que, entregados a la ociosidad, sean arrastrados a deseos o conversaciones malas».
Quería que sus hermanos observaran el silencio evangélico, es decir, que se abstuvieran siempre solícitamente de toda palabra ociosa, teniendo conciencia de que de ello se ha de rendir cuenta en el dia del juicio. Y si encontraba a algún hermano habituado a palabras inútiles, lo reprendía con acritud. Afirmaba que la modesta taciturnidad guarda puro el corazón y es una virtud de no pequeña valía, puesto que -como está escrito- la vida y la muerte están en el poder de la lengua, no tanto por razón del gusto, como por ser el órgano de la palabra.
7. Y aunque el Santo animaba con todo su empeño a los hermanos a llevar una vida austera, sin embargo, no era partidario de una severidad intransigente, que no se reviste de entrañas de misericordia ni está sazonada con la sal de la discreción. Prueba de ello es el siguiente hecho:
Cierta noche, un hermano —entregado en demasía al ayuno— se sintió atormentado con un hambre tan terrible, que no podía hallar reposo alguno. Dándose cuenta el piadoso pastor del peligro que acechaba a su ovejuela, llamó al hermano, le puso delante unos manjares y —para evitarle toda posible vergüenza— comenzó él mismo a comer primero, invitándole dulcemente a hacer otro tanto. Depuso el hermano la vergüenza y tomó el alimento necesario, sintiéndose muy confortado, porque, gracias a la circunspecta condescendencia del pastor, había no sólo superado el desvanecimiento corporal, sino también recibido un pequeño ejemplo de edificación.
A la mañana siguiente, el varón de Dios convocó a sus hermanos y les refirió lo sucedido a la noche, añadiéndoles esta prudente amonestación:
«Hermanos, que os sirva de ejemplo en este caso no tanto el alimento como la caridad».
Les enseñó además a guardar la discreción, como reguladora que es de las virtudes; pero no la discreción que sugiere la carne, sino la que enseñó Cristo, cuya vida sacratísima consta que es un preclaro ejemplo de perfección.
8. Pero como quiera que al hombre, rodeado de la debilidad de la carne, no le es posible seguir perfectamente al Cordero sin mancilla muerto en la cruz sin que al mismo tiempo contraiga alguna mancha, aseguraba como verdad indiscutible que cuantos se afanan por la vida de perfección deben todos los días purificarse en el baño de las lágrimas. El mismo Francisco —aunque había ya conseguido una admirable pureza de alma y cuerpo- con todo, no cesaba de lavar constantemente con copiosas lágrimas los ojos interiores, no importándole mucho el menoscabo que a consecuencia de ello pudieran sufrir sus ojos corporales. Y como hubiese contraído, por el continuo llanto, una gravísima enfermedad de la vista, le advirtió el médico que se abstuviera de llorar, si no quería quedar completamente ciego; más el Santo le replicó:
«Hermano médico, por mucho que amemos la vista, que nos es común con las moscas, no se ha de desechar en lo más mínimo la visita de la luz eterna, porque el espíritu no ha recibido el beneficio de la luz por razón de la carne, sino la carne por causa del espíritu».
Prefería, en efecto, perder la luz de la vista corporal antes que reprimir la devoción del espíritu y dejar de derramar lágrimas, con las que se limpia el ojo interior para poder ver a Dios.
9. Ante el consejo de los médicos y las reiteradas instancias de los hermanos, que le persuadían a someterse al cauterio, se doblegó humildemente el varón de Dios, porque pensaba que dicha operación no sólo sería saludable para el cuerpo, sino desagradable para la naturaleza.
Así, pues, llamaron al cirujano, el cual, tan pronto como vino, puso al fuego el instrumento de hierro para realizar el cauterio. Mas el siervo de Cristo, tratando de confortar su cuerpo, estremecido de horror, comenzó a hablar así con el fuego, como si fuera un amigo suyo:
«Mi querido hermano fuego, el Altísimo te ha creado poderoso, bello y útil, comunicándote una deslumbrante presencia que querrían para sí todas las otras criaturas. ¡Muéstrate propicio y cortés conmigo en esta hora! Pido al gran Señor que te creó tempere en mí tu calor, para que, quemándome suavemente, te pueda soportar».
Terminada esta oración, hizo la señal de la cruz sobre el instrumento de hierro incandescente, y desde entonces se mantuvo valiente.
Penetró a todo crujir el hierro en aquella carne delicada, extendiéndose el cauterio desde el oído hasta las cejas. El mismo Santo expresó del siguiente modo el dolor que le había producido el fuego:
«Alabad al Altísimo —dijo a sus hermanos—, pues, a decir verdad, no he sentido el ardor del fuego ni he sufrido dolor alguno en el cuerpo».
Y dirigiéndose al médico añadió:
«Si no está bien quemada la carne, repite de nuevo la operación».
Al observar el médico la presencia, en aquel cuerpo endeble, de una fuerza tan poderosa del espíritu, quedó profundamente maravillado, y no pudo menos de manifestar que se trataba de un verdadero milagro de Dios, diciendo:
«Os aseguro, hermanos, que hoy he visto maravillas».
Y como había llegado a tan alto grado de pureza que, en admirable armonía, la carne se rendía al espíritu y este as su vez, a Dios, sucedió por designio divino que la criatura que sirve a su Hacedor. se sometiera de modo tan maravilloso a la voluntad e imperio del Santo.
10. En otra ocasión, el siervo de Dios se hallaba muy gravemente enfermo en el eremitorio de San Urbano⁶, y, sintiendo el desfallecimiento de la naturaleza, pidió un vaso de vino. Al responderle que les era imposible acceder a su deseo, puesto que no había allí ni una gota de vino, ordenó que se le trajera agua. Una vez presentada, la bendijo haciendo sobre ella la señal de la cruz. De pronto, lo que había sido pura agua, se convirtió en óptimo vino, y lo que no pudo ofrecer la pobreza de aquel lugar desértico, lo obtuvo la pureza del santo varón. Apenas gustó el vino, se recuperó con tan gran presteza, que la novedad del sabor y la salud restablecida —fruto de una acción renovadora sobrenatural en el agua y en el que la gustó— confirmaron con doble testimonio cuán perfectamente estaba el Santo despojado del hombre viejo y revestido del nuevo.
11. Pero no sólo se sometían las criaturas a la voluntad del siervo de Dios, sino que la misma providencia del Creador condescendía con sus deseos doquiera que se encontrara.
Cierta vez, por ejemplo, en que estaba abrumado su cuerpo por la presencia de tantas enfermedades, sintió vivos deseos de oír los acordes de algún instrumento músico para alegrar su espíritu; y, pensando que no sería correcto ni conveniente interviniera en ello alguna persona humana, he aquí que acudieron los ángeles a brindarle este obsequio y satisfacer su ilusión. En efecto, mientras estaba velando cierta noche, puesto el pensamiento en el Señor, de repente oyó el sonido de una cítara de admirable armonía y melodía suavísima. No se veía a nadie, pero las variadas tonalidades que percibía su oído insinuaban la presencia de un citarista que iba y venía de un lado a otro. Fijo su espíritu en Dios, fue tan grande la suavidad que sintió a través de aquella dulce y armoniosa melodía, que se imaginó haber sido transportado al otro mundo.
No permaneció esto oculto a los más íntimos de sus compañeros, quienes frecuentemente observaban, mediante indicios ciertos, que Francisco era visitado por Dios con extraordinarias y frecuentes consolaciones en tal grado, que no las podía ocultar del todo.
12. Sucedió también en otra ocasión que, viajando el varón de Dios con un compañero suyo, con motivo de predicación, entre Lombardía y la Marca Trevisana, junto al río Po, les sorprendió la espesa oscuridad de la noche. El camino que debían recorrer era sumamente peligroso a causa de las tinieblas, el río y los pantanos. Viéndose en tal situación apurada, dijo el compañero al Santo: «Haz oración, Padre, para que nos libremos de los peligros que nos acechan». Respondióle el varón de Dios lleno de una gran confianza: «Poderoso es Dios, si place a su bondad, para disipar las sombrías tinieblas y derramar sobre nosotros el don de la luz».
Apenas había terminado de decir estas palabras, cuando de pronto —por intervención divina— comenzó a brillar en torno suyo una luz tan esplendente, que, siendo oscura la misma noche en otras partes, al resplandor de aquella claridad distinguían no sólo el camino sino también otras muchas cosas que estaban a su alrededor. Guiados materialmente y reconfortados en el espíritu por esta luz, después de haber recorrido gran trecho del camino entre cantos y alabanzas divinas, llegaron por fin sanos y salvos al lugar de su hospedaje.
Pondera, pues, qué niveles tan maravillosos de pureza y de virtud alcanzó este hombre, a cuyo imperio modera su ardor el fuego, el agua cambia de sabor, las melodías angélicas le proporcionan consuelo y la luz divina le sirve de guía en el camino. Todo ello parece indicar que la máquina entera del mundo estaba puesta al servicio de los sentidos santificados de este varón santo.
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