Ana María Ibarra
Rodeado de familiares, amigos, sacerdotes, seminaristas y fieles de distintas comunidades, el padre Jesús Manríquez celebró 15 años de ministerio sacerdotal, dando gracias a Dios por una vocación que también lo ha llevado a entregar buena parte de su vida al Seminario Conciliar.
La celebración eucarística tuvo lugar el pasado 3 de septiembre en la capilla central del Seminario, donde actualmente se desempeña como rector.
Junto al padre Jesús estuvieron sacerdotes formadores y presbíteros que han acompañado distintos momentos de su camino, entre ellos Mario Manríquez, Leonardo García, Manuel Bañuelos y Jaime Melchor, así como el diácono Félix Carrera.
Al iniciar la celebración, el padre Jesús definió estos quince años como un don “inmerecido, pero vivido”, y agradeció a quienes han formado parte de este camino.
Para él, el Seminario no es solamente el lugar donde ejerce actualmente su ministerio.

Incluso durante los periodos en que estuve destinado a una parroquia o fuera de la ciudad por motivos de estudio, el Seminario continuó presente en mi corazón y mis pensamientos
señaló.
Su llegada como formador ocurrió de una manera que él mismo calificó como peculiar.
Una conversación con otros sacerdotes, en la que hablaban sobre sus expectativas y futuros destinos pastorales, había dejado clara una de sus aspiraciones: quería servir en el Seminario.
Las razones eran más bien prácticas: los periodos de vacaciones, sueldo seguro, los domingos libres, pero con el tiempo descubrí una realidad muy distinta
compartió.

Fue entonces cuando tuvo que encontrar nuevas motivaciones para permanecer allí. Y las encontró en los jóvenes.
Acompañar a quienes se preparan para el sacerdocio le permite al padre Jesús renovar también su propio ministerio.
En la vocación de estos muchachos, en su respuesta, encontré una fuerza vital
expresó durante su homilía.
Su propia historia vocacional tampoco estuvo exenta de crisis. Recordó los momentos en que llegó incluso a pensar en abandonar el Seminario y luchar contra aquello que sentía como una llamada de Dios.
Pero había dentro de mí un fuego ardiente que no podía apagar

afirmó.
Habló también de las distintas etapas de formación sacerdotal y de cómo cada una implica un proceso de transformación.
La vocación no consiste únicamente en adquirir conocimientos o cumplir obligaciones, sino en una configuración constante con Jesucristo, que debe traducirse en una vida que tenga sabor a Dios, una experiencia que se refleje en la manera de amar, servir y acompañar a los demás
resaltó el sacerdote.
Al recordar estos quince años, también hizo presente a su madre, cuya muerte representó uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida y de su proceso vocacional.
Pero reflexionó en esta convicción:
No son los méritos personales los que sostienen una vocación, sino la gracia de Dios
La celebración concluyó con un agradecimiento especial a los seminaristas, sacerdotes, formadores, familiares y amigos que han acompañado su ministerio.
Después de la Eucaristía, la comunidad del Seminario continuó el festejo con una cena, en un ambiente de fraternidad y gratitud por estos quince años de camino sacerdotal.

































































