El espinoso tema de los abusos sexuales

P. Eduardo Hayen

 

Los abusos sexuales a menores de edad han sido una realidad de todos los tiempos, en todos los ámbitos. Es una plaga que ocurre, principalmente, en el seno de nuestras familias, así como también en el ámbito escolar, artístico y deportivo. Por los escándalos difundidos en la prensa, la Iglesia Católica y las comunidades evangélicas no están exentas del problema, lo que hace que los abusos sean doblemente escandalosos para todos.

El silencio en que se manejaba el problema y las soluciones de los obispos para resolverlo, –como fue simplemente cambiar de parroquia a los sacerdotes acusados–, hoy nos parecen acciones equivocadas. En su tiempo parecía ser una solución. Había que proteger la buena fama de los sacerdotes, así como la honra del papá o del maestro en las familias y escuelas donde ocurriera el problema.

Con todo el dolor que los abusos sexuales por miembros del clero han traído a la Iglesia, hemos de agradecer a Dios por la labor que han hecho los medios de comunicación. Gracias a ellos, que no dejaron de cubrir las noticias –no importa si ha sido con objetividad o con malicia– la Iglesia despertó en este tema. A partir de ahí, la Santa Sede ha creado protocolos que deben aplicarse en todas las diócesis del mundo con el único propósito de evitar que ocurran abusos sexuales dentro de la Iglesia.

Ajustarse a los nuevos tiempos no ha sido fácil para nadie. Los obispos han tenido que asumir los protocolos dados desde Roma. En los últimos tres años se han aprobado e implementado líneas de acción para las diócesis de México. Existe un equipo nacional para la protección de menores por parte de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Este consejo auxilia a los obispos para el esclarecimiento de los casos, diciéndoles cómo iniciar el proceso cuando aparecen las víctimas y las denuncias, cómo hacer la investigación, la colaboración con la fiscalía, cómo brindar atención a las víctimas, qué acompañamiento debe darse al sacerdote y a la comunidad herida. Hoy existen únicamente 11 diócesis mexicanas que tienen comisiones para la atención a víctimas de abusos sexuales, y el objetivo es que, en los próximos años, no haya iglesia en México que no tenga la suya.

En esta nueva situación para evitar los abusos sexuales, los sacerdotes han quedado en la máxima indefensión. Del encubrimiento de los obispos para proteger su buena fama se ha pasado al extremo opuesto. Hoy un sacerdote acusado de abusador es suspendido inmediatamente de su ministerio mientras se realiza la investigación; queda en manos del ministerio público y no goza de ningún apoyo económico de la diócesis para pagar abogados.

Hoy la Iglesia Católica es la primera institución mundial que ha tomado más en serio el problema de los abusos, con protocolos muy definidos para su tratamiento y prevención. Pesa sobre la Iglesia el mandato de la caridad de Jesús «Dejen que los niños vengan a mí», pero también aquella de «Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. (Lc 17, 2-3).

 

 

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