Ana María Ibarra
Este domingo 27 de septiembre se conmemora la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado y uno de los retos que enfrenta Ciudad Juárez con esta población, es la atención médica.
Desde hace algunos años, cuando las caravanas de migrantes llegaron a la frontera, las organizaciones religiosas y civiles que apoyan a esta población, lidian con el grave problema de garantizar su derecho a la salud.
Intercongregacional
Las distintas organizaciones que se han gestado para apoyar a la comunidad migrante se enfrentan a la falta de sensibilidad de parte del sector público para atender la salud de los migrantes.
La Organización Sembrando Hoy, Cosechando Mañana, AC y la Comunidad Intecongregacional dan testimonio de que los migrantes llegan con mucha necesidad de salud física que requiere de una atención inmediata.
La hermana María Antonia Aranda, directora de SHCM e integrante de la Comunidad Intercongregacional compartió que han tenido diversos casos relacionados con la salud de los migrantes, desde lo más mínimo hasta situaciones críticas que requieren hospitalización y cirugías.
Como grupo intercongregacional, buscamos primero que los atienda salud pública, en este caso MediChihuahua y los llevamos a Todos Somos Mexicanos para que les den la atención que requieren con los médicos generales. Y si requieren atención especializada, los envían al edificio que está a un lado del Hospital de la Mujer.
Dijo que algunos estudios médicos no los realizan en los hospitales del sector público y se tiene que pagar por ellos en laboratorios privados.

Muchos migrantes no tienen dinero para pagar y lo cubrimos desde la asociación para que continúen con el seguimiento médico.
La religiosa contó que cuando se requieren cirugías, el tiempo de espera es de hasta ocho meses, por lo que son ellas quienes buscan cómo resolver la necesidad.
En uno de los casos (ver testimonio) se hizo un trabajo de red con Servicios Jesuitas y Refugiados, DHIA, HOPE, San Columbano con Cristina Coronado y la Iniciativa de Salud Humanitaria de la Frontera. Así se juntó el dinero para comprar medicamento. Eso nos ayudó a cubrir esa necesidad.
Apoyo Solidario
Pero en este fenómeno, aunque es mucha la necesidad que el Estado no resuelve, también existe el apoyo solidario de médicos y otros bienhechores.
La hermana Antonia recordó entre ellos al doctor Sergio Cuellar así como el apoyo que tienen para surtir medicamento, a través del dispensario de la capilla Santa Margarita María Alacoque, perteneciente a la parroquia La Virgen de la Luz que dirige el padre Luis Escudero.
Las religiosas de la Intercongregacional se han percatado de que no hay suficientes médicos ni insumos en el sector público para brindar atención adecuada y digna a las personas. Y lamentó:
No ofrecen un diagnóstico adecuado. Por parte de las esferas de gobierno, faltan recursos para que las instituciones médicas trabajen y den un buen servicio y una mejor atención. Hemos visto a los trabajadores que quieren dar lo mejor pero no pueden, porque no tienen los insumos necesarios y es una desesperación para ellos.
Lamentablemente, dijo, esto en algunos casos termina con la muerte de personas por negligencia, lo cual representa nuevos retos y más complicaciones.

Las personas se acercan a nosotras como Vida consagrada porque creen que vamos a poderles ayudar más rápidamente. Y quisiéramos hacerlo, pero los medios que tenemos y la situación social de las instituciones públicas no nos lo permiten.
No obstante, agradeció que aún en la carencia, las personas se sienten cobijadas y acompañadas por las religiosas.
También la salud mental
Para la hermana Antonia otro de los retos con la comunidad migrante y refugiada, es la atención a la salud mental.
Se requiere una sensibilidad humana específica para esta población. El reto es formar humanamente a psicólogos para que den una atención digna en necesidad de la movilidad humana.
Reiteró que se requiere más y mejor atención de parte de las autoridades, para que los recursos destinados a atender la salud de las personas, sean canalizados adecuadamente.
Juárez está creciendo mucho y se está viendo mucha deficiencia en la atención sanitaria. Están muriendo personas, y muchos son jóvenes de entre 20 y 35 años.
Lo hemos constatado en el HG, y es una pena que esas generaciones se estén yendo tan temprano. Tienen mucho que ver las políticas públicas de salud. Invito a la comunidad a visibilizar sin miedo cuando no reciban una adecuada atención sanitaria.
RECUADRO: El caso de Robinson, colombiano fallecido en Juárez

El fallecimiento del joven colombiano Robinson Aguilar Mosquera, acaecido el pasado 11 de junio, evidenció la falta de humanismo en el sector salud. Su historia, como tantas otras, estuvo marcada por el deseo de alcanzar el sueño americano, sin embargo, al no lograrlo, decidió establecerse en esta frontera donde albergó otros sueños, los cuales se vieron truncados por la falta de atención médica.
Gracias al acompañamiento del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), Robinson ingresó al Hospital General el 5 de mayo a causa de un dolor de cabeza,
Días después, tanto amigos del enfermo como el encargado de salud del SJR se comunicaron con las religiosas de la Comunidad Intecongregacional, conformado por cinco congregaciones que apoyan a migrantes.
De inmediato, se hicieron presentes Antonia Aranda, de la congregación Siervas del Inmaculado Corazón de María; y Mónica Olivas, de las Siervas de los Pobres.
Entramos a verlo. Él se quejaba mucho de dolor de cabeza, tenía hambre porque estaba en ayuno para hacerle exámenes médicos, pero vimos que no había mucha atención. En el hospital pensaban que el dolor de cabeza era algo leve. Insistimos en que le hicieran los estudios.
Robinson requería de un neurólogo y un radiólogo, pero el hospital no contaba con ellos. Las religiosas se ofrecieron a proporcionar los especialistas, pero el hospital se negó a recibirlos.
Les pedimos los exámenes médicos para llevarlos con los especialistas, pero nos dijeron que no se podía. Como organización tenemos contacto con médicos especializados que nos pueden apoyar. Hubiéramos podido aportar en eso, pero el hospital se vio hermético y en la postura de no permitir que se moviera nada.
Después de los reclamos que hicieron, el hospital negó a las religiosas toda información del enfermo y se puso en contacto vía telefónica con Oneida, hermana de Robinson, en Colombia.
Fuimos a la Comisión Estatal de Derechos Humanos y no nos aceptaron la queja aludiendo que no había argumentos. La abogada Paola Seañe nos apoyó gestionando un amparo y una demanda para pedir el informe médico y el diagnóstico. Pero se tardaron y apenas ahora, después de muerto, nos entregaron el informe.
El diagnostico fue ‘meningitis criptocócica’, y fue proporcionado por uan enfermera, no por el médico. La enfermera pidió un médicamento cuyo costo era de más de seis mil pesos por dosis, la cual debía ser aplicada diariamente por 21 días.
Compramos dos dosis, porque eran las únicas que tenían en Juárez; otras las tenían en Chihuahua y otras más en México. No pudimos costearlas. Hicimos una red de apoyo con SJR. Después le cambiaron a dos dosis al día y eso duplicó el costo. Una persona nos consiguió genéricos a mil pesos por ámpula y fue como logramos surtir el tratamiento.
A pesar del esfuerzo de las organizaciones y del deseo de vivir de Robinson, sus órganos internos estaban muy dañados y finalmente falleció.

































































