En entrevista, el padre Héctor Villa, coordinador general de la formación del clero en la diócesis, explica el trabajo para animar a los sacerdotes en su servicio y cómo los fieles podemos ayudar a tener mejores y más santos sacerdotes…

 

Blanca Alicia Martínez

Con la gran experiencia que le dejó participar en el equipo formador del Colegio Mexicano en Roma, instanacia de los obispos de México que recibe y acompaña a sacerdotes mexicanos que van a recibir especialización en universidades católicas de la capital de Italia, el padre Hector Xavier Villa Hernández asumió a su regreso de Roma el encargo de coordinar la formación permanente del clero de Ciudad Juárez, a petición del obispo don J. Guadalupe Torres Campos.

Para el padre Villa, anterior rector del Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, esta tarea nada fácil no corresponde solamente a los propios presbíteros, sino que es trabajo de toda la comunidad, en un gesto que además debe ser mutuo: ‘Los sacerdotes se forman para servir mejor, pero los fieles se forman también y ambos se ayudan en ese impulso al crecimiento personal desde diferentes aspectos, para asemejarse a Cristo’.

Sobre el trabajo que se desarrollará en la diócesis para tener mejores sacerdotes, el padre Villa habló a Periódico Presencia en la entrevista que aquí presentamos:

 

¿Cual es su misión como coordinador general de formación del clero?

Se trata de coordinar los esfuerzos de la comisión permanente en el presbiterio y en otras instancias que también trabajan en vistas al ministerio sacerdotal, como es el diaconado permanente, el Seminario en particular, la Casa Pedro de Jesús Maldonado y por supuesto el presbiterio. Es una preocupación actual de nuestra Iglesia, que tal vez se sensibilizara por las fragilidades que se han evidenciado cada vez más en la vida sacerdotal con los abusos, con los excesos, con las deserciones. Se habla pues de la Pastoral Presbiteral, o del acompañamiento de los sacerdotes, y también incluso gracias a personas que han trabajado mucho en la formación, entre ellos el padre Amedeo Cincine, se plantea la formación sacerdotal no como un momento que se inicia y un momento que se acaba en el Seminario, sino como algo que se inicia tal vez desde antes en la pastoral vocacional, y formalmente en el Seminario…pero todo esto no se concluye ni se puede decir que está acabado en el cuarto año de teología o con el momento de la formación.

¿Por qué están preocupados en la formación permanente del sacerdote?

San Pablo nos exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, y aunque la exhortación es para todos los cristianos, tiene un sabor o un matiz importante y más grave para el sacerdote. Nos exhorta diciendo que podamos alcanzar el ser hombres nuevos hasta llegar a la estatura de Cristo, entonces cuando uno se pone a reflexionar sobre estos planteamientos, te das cuenta que llegar a tener los sentimientos de Cristo o alcanzar la estatura de Cristo, no es posible decir que ya eso lo has alcanzado, aún con toda la santidad que se pueda vivir, sino que es un trabajo de toda la vida.

Yo creo que es una preocupación no solamente de nuestro obispo, sino que quiere responder también a los planteamientos que se hace el Episcopado Mexicano y ante todo a un planteamiento más amplio que viene del papa Francisco cuando nos invita a ser cada vez más auténticos, coherentes, serios. Y como él lo decía: pastores con olor a oveja.

 

¿Cómo se diferencia la formación en las diferentes formas del ministerio sacerdotal?

Hay expuestos diferentes niveles, tanto en los que se forman, los que van a ser diáconos permanentes o también en el Seminario, por supuesto, en las diferentes etapas de formación, en la Casa Pedro de Jesús Maldonado que busca como darle un toque final al tiempo formativo del Seminario. Y luego los esfuerzos de formación en el presbiterio. Por eso se habla de coordinar los esfuerzos de la formación, de los cuales no es posible que yo sea el responsable, sino más bien coordinar en compañía de los demás padres responsables en esos diferentes niveles, para que podamos realizar un trabajo común y el sujeto pueda llegar en verdad o aspirar a vivir en los sentimientos de Cristo.
Todo esto supone un trabajo permanente de todos los días que se busca abordar en diferentes dimensiones: la dimensión humana, la dimensión pastoral, la dimensión intelectual y la dimensión espiritual. En realidad esto es un aporte e insistencia que hizo Juan Pablo II en un documento muy importante para la vida sacerdotal como es “Pastores dabo vobis” y que él insiste en que estas cuatro dimensiones no se pretende sean divisiones de la vida humana, de nuestra vida sacerdotal, sino diferentes aspectos a trabajar y que puedan vivirse integralmente a fin de que puedan prestar un servicio cada vez más calificado a nuestro pueblo.

 

¿En qué consiste cada una de estas dimensiones?

Podríamos decir que la dimensión espiritual busca formar al sacerdote no solamente en una espiritualidad, sino en algo más radical que es buscar vivir en el espíritu. Es el principio que funda toda la vida del discípulo, la vida sacerdotal. Sin embargo en “Pastores Dabo vobis” se dice que sin una formación humana adecuada, la formación presbiteral pierde todo su sustento, entonces no queremos que el sacerdote sea un hombre muy piadoso y muy bueno, sino que sea capaz también de conocerse en sus posibilidades y en sus límites, de trabajarse seriamente en todo aquello que es responsabilidad de él, sea por temperamento, sea por límites humanos, sea por defectos. A veces nos encontramos con sacerdotes o personas que son muy buenos para predicar, pero no siempre coherentes en el servicio y la atención a la gente; que son muy buenos para organizar a la gente y entusiasmarla, pero no siempre en el trato personal, o a veces incluso con defectos muy graves que se van acentuando. Es por eso esto es un trabajo que en realidad no se va a terminar nunca. Es como los esposos o los padres de familia ¿cuándo realmente pueden decir que ya cumplieron su misión como padres?…yo creo que la vocación a la santidad es la que nos impone una formación permanente o un esfuerzo permanente para lograr que esas diferentes expresiones o dimensiones de la vida sacerdotal puedan vivirse equilibradamente o en unidad.

El aspecto humano se refiere a no olvidar que el sacerdote es un sujeto humano, valga la redundancia, con límites, con posibilidades, con cualidades y con defectos particularmente con una historia de vida que procede de su familia, de su entorno, y entonces cuanto más un sujeto se conozca a sí mismo, podrá también trabajar sobre sí mismo a fin de alcanzar el ideal deseado. Es una máxima en filosofía: ‘conócete a ti mismo’, pero también es una constante que encontramos en los santos y santas…una persona que no se asume como tal, se manifiesta en inseguridad, en soberbia, en mucho negativismo, en mucha critica, en fin…entonces son estas diferentes dimensiones que idealmente se buscan vivir integralmente y formar integralmente.

 

¿Cómo será este acompañamiento? ¿cuál es el plan que hay para este año específicamente?

Junto con la mesa directiva nos hemos planteado un programa en donde estamos buscando cómo darle contenido a este trabajo de formación. En concreto somos cuatro responsables de las dimensiones: el padre Roberto Luna en la dimensión pastoral; el padre Roberto Ríos, en la dimensión humana y el padre Javier Gómez en la dimensión intelectual y yo en la dimensión espiritual. Una primera cosa que nos planteamos recientemente fue que el padre Roberto Luna, en octubre y yo en noviembre, presentamos la dimensión, pero más en clave de exhortación al presbiterio en una de las reuniones de martes para animarnos a trabajar esa dimensión y profundizarla. El padre Roberto Ríos presenta en el mes de enero la dimensión humana y el padre Javier Gómez lo hará en el mes de febrero para de esta manera, los cuatro, habiendo presentado lo que implica cada dimensión para nuestra vida sacerdotal, nos sintamos motivados y animados para trabajar hacia adelante. La intención es acompañarnos para ver cómo podemos servir mejor a nuestro presbiterio. Nos planteamos lo que va a ser la temática de los próximos retiros en el presbiterio, queremos hacer una relectura de la Carta Pastores Dabo Vobis en los próximos 6 meses, pero también nos compartimos materiales que nos pueden enriquecer en la dimensión espiritual desde nuestros decanatos.

 

¿Cuáles son las preocupaciones que surgen en torno a la formación permanente de los sacerdote?

Una de las grandes preocupaciones para mí, y creo que por ahí vamos coincidiendo con otros, es que los sacerdotes tenemos el riesgo de conceptualizar mucho. A veces el defecto es que hemos recibido demasiada teoría. Estuvimos 7 u 8 años en el Seminario y si le agregan la preparatoria, ya son 11 años, entonces se requiere también en eso cualificar un poco más, porque a veces nosotros estamos a la espera de ¿quién va a dar un tema o quien nos va a enriquecer con eso? y yo creo que en la formación permanente una de las cuestiones importantes es lo que hemos llamado aquí la animación. Entre nosotros animarnos unos a otros, ayudarnos, impulsarnos unos a otros, y eso no siempre requiere de temas, sino requiere de cercanía, requiere de amistad, de fraternidad, de compartir con sencillez lo que estamos viviendo, lo que estamos buscando. Pero es también parte del concepto de la formación permanente.

Otro aspecto, si me permites, viene del planteamiento: ¿el ejercicio del ministerio puede ser fuente de espiritualidad sacerdotal?, que viene del cardenal Martini, para mí un excelente obispo cristiano que escribió mucho, y es muy válido porque a veces la espiritualidad la relacionamos con gestos o con actos puntuales como puede ser la Eucaristía o puede ser rezar en un momento dado ante el Santísimo, rezar el Rosario. El cardenal Carlo María Martini nos plantea que toda la vida del sacerdote, su día, puede ser una fuente de espiritualidad sacerdotal si buscamos vivirlo en un espíritu: por ejemplo la atención a la gente en la oficina, la Confesión, el momento de la Eucaristía, por ejemplo la etapa de vida en tal parroquia. Pero también él habla de la necesidad de dar un cierto equilibrio a la vida, una cierta complementariedad entre lo que se dice y lo que se hace; la acción y la contemplación. Este material concretamente podría ser muy útil porque, como decía, para mí lo más importante es el tema de la animación, que si nos atrevemos nosotros a animarnos mutuamente desde nuestros decanatos o en la amistad que vivimos, eso puede ser muy prometedor.

 

¿Cómo su experiencia en Roma le ayuda a este servicio que está prestando ahora en la diócesis?

Lo que pasa es que yo viví en Roma 4 años con una comunidad sacerdotal de 120 sacerdotes, fácilmente de 50 diócesis diferentes de nuestro país. Eso enriquecía y al mismo tiempo hacia complejo el servicio, porque el Colegio Mexicano en Roma es como un observatorio de lo que somos como sacerdotes, de lo que hemos recibido en el Seminario y de nuestra visión del ministerio, pero afortunadamente me tocó trabajar yo era parte de un equipo donde estaba el rector, el director espiritual, el ecónomo y yo como prefecto de estudios, en donde no quisimos sujetarnos solamente a la tarea estricta que nos correspondía, que era la relación con las universidades, el acompañamiento de los sacerdotes en la realización de su maestría, orientación, apoyo, etcétera, sino trabajar como equipo en la formación permanente. Una propuesta del obispo responsable cuando me enviaron, fue que ellos deseaban que la experiencia de formación en Roma, que suele ser de dos o tres años, pudiera ser una experiencia no sólo académica, sino que fuera una experiencia de crecimiento humano y espiritual. Decía uno de los obispos: ‘que puedan regresar más sacerdotes”, o sea, siendo más buenos sacerdotes. Claro que esto no fue fácil precisamente por la diversidad y la variedad de experiencias, de edades, de experiencias de ministerio y porque los sacerdotes no es raro que nos sintamos ya formados, o nos sintamos que ya no necesitamos mayor reflexión. Eso era un obstáculo. Otro obstáculo es que muchas veces se consagraban mucho al trabajo académico y no siempre era fácil darle tiempo a momentos de formación. No obstante buscamos realizar un programa en donde, por ejemplo, al inicio cuando llegaban los nuevos se les daba todo un tiempo de inducción, se les acompañaba para iniciar la experiencia en Roma. Después se hacía ofrecimiento de servicios para quién quisiera participar, por ejemplo por etapas, o también al final del año se ofrecía un retiro para los sacerdotes que estaban por regresar a México. Lo que quisimos nosotros con esta clave de la formación permanente era acompañar en los diferentes momentos y etapas a los sacerdotes y claro que eso me enriqueció mucho, me ayudó a situarme delante de esta necesidad que tenemos los sacerdotes, y ante todo me sugirieron bastantes ideas para ahora que regreso al presbiterio y tratar de buscar servicios en este sentido para los sacerdotes jóvenes o los sacerdotes de mediana edad o los sacerdotes ya en los cuarenta o cincuenta. Creo que la experiencia en Roma le favorece a uno mucho porque tiene uno muchos contactos de gente que después podremos invitar aquí a nuestra diócesis para que vengan a enriquecer.

 

¿Son diferentes los obstáculos que enfrentan allá para la formación permanente de los sacerdotes a los que se encuentran por ejemplo en una diócesis?

No, yo creo que hay mucha consonancia en el sentido de que un obstáculo puede ser cuando los sacerdotes nos resistimos a seguir aprendiendo a ser discípulos y sacerdotes de Jesucristo, pensando que ya lo sabemos todo y que no necesitamos ya crecer ni madurar. Otro obstáculo tiene relación un poquito con lo anterior, que iban sacerdotes de muchas experiencias, pero muchos de ellos habían sido párrocos, vicarios cercanos al obispo y entonces eso muchas veces hace pensar que ya no necesitas aprender porque tu experiencia te basta ¿no?. Una experiencia muy negativa también y que puede ser un obstáculo es la relación con la autoridad, porque normalmente todos los padres que van allá son enviados por los obispos, entonces ‘lo que me diga mi obispo sí lo obedezco, pero lo que me diga un sacerdote no siempre lo acojo con apertura’… hay un defecto muy fuerte entre nosotros sacerdotes, ya cuando somos ordenados no solamente ya no buscamos nutrir ni crecer como personas o sacerdotes, sino también terminamos ahí básicamente y si no me lo dice mi obispo, entonces no lo hago. A veces la relación con la autoridad (a propósito de la dimensión humana) es algo que tenemos qué trabajar. Yo creo que el mayor defecto es ese tal vez, pensar que ya estamos terminados, que nos gane la soberbia y que ya no es necesario situarnos como alumnos o aprendices en la escuela de la vida y en la escuela de la oración.

 

¿Cómo la comunidad puede contribuir a su proceso de formación permanente?

En realidad esta tarea yo creo que no se reduce a los sacerdotes, si bien es una responsabilidad que me corresponde a mi como sacerdote con el presbiterio, en realidad la formación permanente me parece que es una tarea para todos nosotros cristianos, que somos llamados a la santidad y todos somos invitados, por supuesto con la cabeza nuestros párrocos o nuestros líderes, a plantearnos cómo ayudarnos a crecer en Cristo a alcanzar o tener los sentimientos de Cristo y cómo favorecer en comunidades de nuestras parroquias para que crezcan hasta la estatura de Cristo. Es una tarea de todos, no es exclusiva de los curas. Por eso hay cursos de actualizaciones para doctores, para maestros, pero muchas veces ahí se reduce a lo académico. Aquí la novedad es cómo tratar de integrar las diferentes dimensiones de la vida sacerdotal.

Y no recuerdo los números, pero en el Documento de Aparecida se comenta que los laicos también están llamados a la formación en estas cuatro dimensiones. Pero es una novedad que el Documento Aparecida toma de Pastores Dabo Vobis lo que se propone para los seminaristas y lo toma para los laicos.

Para responder directamente a tu pregunta: no solamente el laico puede ayudar al sacerdote a seguirse formando, sino que ojalá que los sacerdotes le demos su lugar a los laicos y respetemos y escuchemos, porque a veces el sentido de la autoridad nosotros también lo tenemos un poquito medio desviado, pero también el sacerdote está comprometido a ayudar a sus laicos a seguir creciendo, o sea, es mutuo.

 

frase…

No queremos que el sacerdote sea un hombre muy piadoso y muy bueno, sino que sea capaz también de conocerse en sus posibilidades y en sus límites, de trabajarse seriamente en todo aquello que es responsabilidad de él, sea por temperamento, sea por límites humanos, sea por defectos.

Pbro. Héctor X. Villa.

 

 

Recuadro

Equipo Formación permanente del clero

Pbro. Roberto Luna- Dimensión pastoral

Pbro. Roberto Ríos- Dimensión humana

Pbro. Javier Gómez- Dimensión intelectual/

Pbro. Héctor X. Villa- Dimensión espiritual.