Nuestras propias lepras

Mons. J. Guadalupe Torres Campos

Muy buen domingo, les saludo con mucho amor de padre y pastor. Estamos muy contentos porque Dios nos bendice, Dios nos colma con su amor, con su misericordia. Estamos en el domingo 28  del tiempo ordinario y nos prepararemos para la última etapa de este año litúrgico que culminará, Dios mediante, en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, en noviembre.

Hoy contemplamos a un Cristo lleno de compasión. Constantemente se dice: ‘se compadeció, los miró con compasión’ (a los niños, a los enfermos, a los pecadores). Hoy, camino  a Jerusalén, escuchamos en el evangelio de San Lucas que  se encuentra con diez leprosos.

El evangelista San Lucas  primero hace notar la distancia: ‘los cuales se detuvieron a lo lejos’; por ser leprosos eran excluídos, tenían una sección especial en la que vivían, no podían acercarse al resto de las personas, por eso dice que estaban lejos. Este ‘lejos’ es lejos físicamente, pero también lejos comunitariamente, por que eran segregados y despreciados descartados por su enfermedad, porque eran señalados como pecadores ‘eres pecador, por eso Dios te castigó con la lepra’. Muchos así los veían, por eso es significativo que Lucas dice que estaban lejos, y dice que vieron pasar a Jesús y gritaron. Jesús se detiene porque le gritan. Seguramente habían escuchado hablar de Jesús, de sus milagros, que curaba y hacia milagros, por eso se atreven a gritarle ‘Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’; es la necesidad: necesitamos sanar y es una fe que se expresa de esta manera: Jesús Maestro, creo en ti, ten compasión de mí.

Y Jesús, que es compasivo y misericordioso se detiene, los escucha, se acerca, dialoga con ellos, los ve y les da una indicación. Al verlos se detuvo, platicó con ellos y les dice ‘vayan a presentarse a los sacerdotes’, es la única indicación que les da. Y con esto indica Jesús que se reintegren a la comunidad, al pueblo, por que, dice ‘en el camino quedaron limpios de la lepra’.

Jesús, el buen samaritano, una vez más se compadece. Padece con su pueblo, padece con los enfermos, con los apartados y con los segregados, en este caso con los leprosos. Se compadeció significa ‘padece con’, entiende la enfermedad, los comprende y los sana.

Aplicado eso en nuestra vida: el pecado es una lepra que carcome nuestra alma, nuestro corazón, nuestra vida en lo personal  y en lo comunitario. ¿Descubro alguna lepra en mí?, ¿reconozco con sinceridad  alguna lepra en mi vida de fe, en mi vida personal?, seguramente que sí, grande o pequeña ahí está, y por eso me invita el evangelio a que me acerque a Jesús, que ahí va pasando. Acerquémonos a Cristo con gran fe y también digámosle, pero con mucha fe en Jesús: “Maestro, ten compasión de mi”, así en lo personal, ‘ten compasión de mi, estoy leproso, tengo esta debilidad, tengo este pecado, tócame, toca mi corazón. Haz que me arrepienta, que cambie, que sane, que sea mejor persona, mejor cristiano, mejor obispo, mejor sacerdote, mejor padre de familia. ¡Quítame esta lepra!

Jesús es compasivo, se detiene, platica conmigo, me toca y me reincorpora a la comunidad con su perdón.

Por eso desde la oración colecta le decimos ‘Señor, tu gracia, tu amor y cercanía continuamente nos disponga y nos acompañe’ y eso implica fe, creer, creer en Jesús, en su palabra, creer en el poder de Jesús. Creer en que Jesús me purifica, me sana y me libera de mis pecados.

Claro, eso implica corresponder a Dios positivamente. De  los diez leprosos que sanó, solamente uno regresa a darle gracias, los otros nueve no regresaron.  Pero Dios me cura, me sana siempre, me perdona, me ama.

Como primera respuesta está la gratitud, crezcamos en una espiritualidad de gratitud como aquel leproso -dice el evangelio que era un samaritano- que regresó, se postró a los pies de Jesús, dice el evangelio, alabando a Dios en voz alta. Se postró a los pies de Jesús con  gratitud. Así debemos volver al primer amor que es Dios, siempre volver a Cristo Buen Pastor, siempre volver a la Palabra de Dios, a la Eucaristía con un espíritu de gratitud. Eso implica virtudes de humildad, se requiere humildad para reconocer la gracia que Dios obra en mí; también admiración, no debemos dejar de admirar el gozo, la alegría, admirarnos del amor de Dios, de su poder y de su misericordia,  y tercero, la sencillez, ser sencillos.

Como escuchamos en la primera lectura, el sirio Naamán, general del ejército de Siria, una vez que se vio libre de su lepra regresó con el profeta y le ofreció regalos. El profeta no los recibe, pero le pide sacos de tierra para construirle a Dios un altar en gratitud, en admiración y reconocimiento.

¡Vamos a construirle a Dios un altar!, pero no un altar material sino el altar de tu vida, de tu corazón. Tú eres un altar. Ofrécele a Dios tu vida, regresa a Dios, agradécele, alábalo.

Por eso debemoshacer oración, ahora en octubre el rezo del Rosario en devoción a María, por eso la Eucaristía, la Confesión, confesarme seguido para experimentar ahí el perdón y participar siempre en Misa, al menos el domingo, con gozo de la Eucaristía.

El Señor nos invita a ser agradecidos, a reconocer su amor, a volvernos a Él, a creer en su palabra. ¿tengo alguna lepra? sí, seguramente tengo alguna o muchas lepras. Atrevernos a decir con fe ‘Señor, ten compasión de mí’, con la certeza de que me va a sanar, pero también con el compromiso de que al sanarme mi vida tiene que cambiar, voy a ser mejor,  voy acercarme más a Dios y servirle de todo corazón, sirviendo a cada uno de mis hermanos.

 

Invitación

Recuerda que el próximo sábado 19 de octubre tenemos nuestro Rosario Viviente ¡no faltes! los que puedan acompañarnos desde la procesión partiendo del Parque Borunda, a las 3 de la tarde los esperamos. Los que no puedan, los esperamos en el estadio. Ahí nos vemos. La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes. Buena semana, abrazos.

 

 

 

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