Olvidemos la migración, miremos a los migrantes

Felipe de J. Monroy

 

Un ser abandonado de todos vive protegido por el destino; mientras que otro, muy bien atendido, muere herido por el destino. V. Sharma

 

Primero hay que aclarar que un país tan inmenso y diverso como México jamás tendrá momentos de reposo; siempre habrá alguna crisis por atender e innumerables desafíos en donde muchas voluntades deben implicarse. Dicho esto, el fenómeno migratorio a lo largo y ancho del país es una realidad que puede o no devenir en crisis humanitaria, pero que no deja de ser un reto social e institucional permanente.

 

Es decir, si la migración resulta ser causa o efecto de dinámicas políticas, de presiones de grupo, de agenda económica o cualesquiera de las manipulaciones de poder posibles en este mundo globalizado es irrelevante hasta cierto punto. Por supuesto que es necesario comprender los activos que se juegan en el fenómeno migratorio global; pero si no somos capaces de mirar la condición humana sobre los pasos de esa larga marcha de dolores y esperanzas, entonces no sólo no podemos ser agentes de transformación, sino que formamos parte de ese activismo político o económico capaz de aniquilar a su semejante por confiar en una posición ideológica o, peor, por obedecer al fascio partidista.

 

Esto le ha ocurrido al religioso Alejandro Solalinde Guerra, otrora defensor de los migrantes. Su confianza casi ciega en las políticas del gobierno mexicano bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador refleja el olvido de la persona (del prójimo) y la fascinación por la política (las luchas por el poder).

 

Durante un año entero Solalinde defendió ignominiosamente la política de represión y de abandono a los migrantes; en su favor, las palabras del presidente distaban de la operación a ras de suelo e incluso, aún después de que el presidente norteamericano Donald Trump confirmara que México asume el muro antimigrante con la Guardia Nacional, las autoridades mexicanas siguen prometiendo bondades a los migrantes.

 

Pero quienes continúan atendiendo las heridas directas del fenómeno disienten; el obispo de Nuevo Laredo no ha dudado en decir que los gobiernos de ambas naciones padecen ‘trastorno bipolar’ por sus políticas migratorias.

 

Perder de vista a las personas provoca justo este trastorno. El 26 de enero, Solalinde decía al periódico El Universal que “los migrantes, por razones geopolíticas pretender reventar el gobierno de López Obrador”; menos de 48 horas más tarde y tras un nuevo planteamiento que impediría la visita humanitaria de ONG’s y asociaciones religiosas a Estaciones Migratorias del Estado Mexicano, Solalinde tuvo que defender su propia labor reclamando a las autoridades mexicanas por “la ineptitud y contradicciones en materia migratoria”.

 

Dice bien la religiosa escalabriniana, Leticia Gutiérrez, símbolo también de la humanización de la migración global: “La política migratoria del gobierno actual es represiva, agresiva, punitiva y violatoria, nada distante de anteriores gobiernos”. Defender a las personas en condición de migración y defender al gobierno al mismo tiempo sí produce comportamientos bipolares.

 

La humanidad tiene vocación hacia la migración, está en su naturaleza cuando las condiciones en las que viven las familias y los pueblos les obligan a peregrinar. Las fronteras naturales y las líneas imaginarias que separan a las personas por naciones, lenguajes y hasta por colores de piel sólo han facilitado la imagen mental del fenómeno; pero cuando las dinámicas de poder, los juegos económicos y ahora hasta los cambios ambientales condicionan el fenómeno y contaminan la mirada, es fácil anteponer las estructuras a las personas, defender al Estado frente prójimo, preferir el poder al servicio.

 

@monroyfelipe

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