Mtro. Iván González/ Historiador
Son las dos de la mañana y una pareja entra a la capilla. Hace genuflexión y permanece de rodillas, con una reverencia que no busca testigos. No hay coro ni homilía ni nadie más: solo una custodia y una hora que alguien debe cubrir para que la cadena no se rompa. Lo que ahí ocurre no se fotografía: es solo un discreto intercambio de miradas. San Pablo pidió para los efesios algo que parece menor, pero que para la Iglesia lo es todo:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos (Ef 1,17-19).
El Apóstol no pide milagros ni señales, sino un espíritu de sabiduría que solo se recibe. Las tres realidades que enumera —esperanza, herencia, poder— ya están dadas: no hace falta que ocurran, hace falta verlas desde la perspectiva del Espíritu Santo. Por eso el verbo que usa es iluminar, y lo iluminado es el corazón, que en la Biblia no es solo sede del sentimiento, sino del entendimiento y la decisión. Pablo, entonces, no pide emoción: pide lucidez, porque el problema del creyente nunca fue la ausencia de Dios, sino la propia decisión de cegarse ante su presencia.
Esa ceguera ya tiene un precedente en el libro de los Números. Balaam va camino de maldecir a Israel y su burra se resiste tres veces: se desvía al campo, se aplasta contra el muro, termina echándose bajo él en mitad del camino. Balaam la golpea, sin comprender que el animal veía lo que él no: el ángel del Señor, con la espada desenvainada, atravesado en el sendero. Hasta que el Señor le abrió los ojos (Núm 22,31), el adivino fue el único ciego de la escena: la bestia habría visto mejor que el hombre contratado para ver.

La misma fórmula aparece otra vez en Génesis: cambia el rostro, pero no el gesto de Dios. Agar, expulsada con Ismael al desierto de Berseba, ve acabarse el agua del odre; aparta al niño bajo un arbusto para no verlo morir, y llora. Entonces el ángel de Dios la llama desde el cielo y le pide que no tema, porque Dios había escuchado sus lamentos. Y Dios le abrió los ojos, y vio el pozo de agua (Gén 21,19), el mismo pozo que ya estaba ahí. No hubo milagro: hubo visión y además promesa.
Ante el Santísimo pasa lo mismo. La Hostia es idéntica para quien pasa de largo como para quien se arrodilla; lo único que cambia es el ojo. El Catecismo lo explica retomando a santo Tomás: esa presencia «no se conoce por los sentidos […] sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios» (CEC, n. 1381; Summa Theologiae III, q. 75, a. 1). El propio teólogo lo canta en el Adoro te devote: «Visus, tactus, gustus in Te fallitur» —la vista, el tacto, el gusto se engañan contigo—. Quien se gobierna solo por los sentidos repite, sin saberlo, la ceguera de Balaam.
La Iglesia, de hecho, no inventó la adoración: la fue descubriendo, casi a tientas. El Catecismo recuerda que el Santísimo se reservó primero para los enfermos y los ausentes, y que fue al profundizar la fe en la presencia real cuando surgió la adoración silenciosa (CEC, n. 1379).
La tradición sitúa el punto de partida en Aviñón, en septiembre de 1226: ahí comenzó la primera exposición ininterrumpida, sostenida por los penitentes grises, cofradía laical que este 2026 cumple 800 años. Apenas cuatro décadas después, en 1264, el papa Urbano IV extendió el Corpus Christi a toda la Iglesia; y casi tres siglos más tarde, en 1551, Trento no hizo más que reconocer lo que el pueblo ya practicaba en silencio. Ya en nuestro tiempo, el 2 de diciembre de 1981, san Juan Pablo II retomó ese hilo e inauguró la adoración perpetua en la capilla del Santísimo de San Pedro.
Esa es la genealogía de la capilla que hoy nos espera abierta. En una época regida por la inmediatez, la vanidad y lo material, el Santísimo permanece en lo eterno y en lo real: ahí nada hay que aparentar ni nadie a quien impresionar, sino solo la alteridad de Jesús sacramentado. Entrar invierte el ejercicio: uno no va a mirar, va a dejarse mirar.
Quizá por eso las horas de madrugada son las más difíciles de cubrir y las que más sanan. El reto no es creer más, sino detenerse a tiempo: tomar una hora, arrodillarse y pedir que se nos iluminen los ojos del corazón. Porque el ángel siempre ha estado en medio del camino, y el Señor sigue ahí, vivo, a unos pasos de nuestra casa.

Para saber…
El 11 de septiembre de 1226, el rey Luis VII de Francia solicitó exponer el Santísimo Sacramento en la Capilla de la Santa Cruz para agradecer la victoria sobre los albigenses. Debido a la enorme afluencia de fieles que querían rezar, el obispo local decidió prolongar la adoración tanto de día como de noche de manera ininterrumpida, dando inicio formal a la tradición espiritual de la Adoración perpetua que hoy se practica en todo el mundo.
Dónde adorar al Santísimo en la Diócesis de Ciudad Juárez
Capillas de adoración perpetua (abiertas las 24 horas):
- El Señor de la Misericordia
- La Sagrada Familia
- Nuestra Señora de la Paz
- Jesucristo Sol de Justicia
- Todos los Santos
- María Reina del Universo
Otros lugares con exposición del Santísimo (horario limitado):
- María Madre de la Iglesia — 8:00 a 13:00 y 16:00 a 20:00
- Santa Cecilia — 10:00 a 19:00
- Jesús el Salvador — 8:00 a 21:00 entre semana; 24 horas los viernes
- San Martín Obispo
- Templo Expiatorio de La Divina Providencia
- Nuestra Señora de Guadalupe (Valle de Juárez)
- Jesús Príncipe de la Paz
Fuente: Periódico Presencia, periódico de la Diócesis de Ciudad Juárez, con datos confirmados por el autor.

































































